Un viaje sonoro para cerrar la temporada
La OSPA clausuró el pasado viernes su temporada 2025-2026 con una atrevida propuesta que, intuimos, corresponde a su tradicional concierto extraordinario en torno a San Juan. En esta ocasión, en sábado -hecho que motivó una gran asistencia- a través de un programa ideado por Abraham Cupeiro. Concebido como una celebración de la diversidad cultural y del patrimonio musical de la humanidad, «Pangea» evidenció que el multiinstrumentista gallego ha encontrado una fórmula singular para acercar la música sinfónica a públicos muy diversos. Lejos de plantear un simple concierto de exhibición de instrumentos antiguos o exóticos, Cupeiro propone un auténtico recorrido narrativo donde cada continente adquiere una identidad sonora propia gracias a la combinación de aerófonos ancestrales, una cuidada escritura orquestal y un eficaz planteamiento escénico.
[–>[–>[–>Desde los primeros compases quedó patente el carácter inmersivo del espectáculo. La evocación de Oceanía mediante el sonido de una gran caracola y pequeñas conchas transportó inmediatamente al espectador a un paisaje primigenio, casi atemporal. La amplificación, perfectamente ajustada, nunca ocultó el sonido natural de los instrumentos, sino que contribuyó a integrarlos dentro del tejido orquestal, todo ello reforzado por una tenue iluminación, constantemente modulada mediante cambios cromáticos, construyendo una atmósfera de evidente inspiración cinematográfica.
[–> [–>[–>El recorrido continuó por oriente con la presencia de varias flautas y del hulusi. Cupeiro volvió a demostrar su extraordinaria capacidad para extraer de cada instrumento todas sus posibilidades expresivas, dibujando largas melodías cargadas de melismas que se fundían con naturalidad en el acompañamiento orquestal. Precisamente, uno de los aspectos más admirables del concierto fue comprobar la enorme versatilidad de Cupeiro como intérprete. Más allá de su condición de investigador y constructor de instrumentos históricos, el músico posee un dominio técnico extraordinario sobre una amplia familia de aerófonos muy diversos que permitieron apreciar una refinada variedad tímbrica. La OSPA, dirigida con notable habilidad por Dimas Ruiz, ofreció un sonido compacto y homogéneo, especialmente brillante en la sección de metales y en una percusión precisa. La cuerda respondió con una sonoridad sedosa y equilibrada, si bien tanto ésta como las maderas quedaron, en general, parcialmente eclipsadas por el empuje de los planos más contundentes de la orquesta.
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El tránsito hacia América se inició con la sencilla flauta ceremonial de los indios hopi, cuya austeridad sonora encontró un eficaz contrapunto en el progresivo desarrollo hacia ritmos inspirados en el folclore andino. La orquesta respondió con notable flexibilidad, adaptándose con naturalidad a un lenguaje que alternaba la contemplación con episodios de marcado impulso rítmico. África aportó algunos de los momentos más sugerentes del programa a través de un gran cuerno sahariano (ejecutando melodías de marcada resonancia oriental), de la flauta marroquí y la delicada flauta peule de los pueblos fulani, añadiendo un carácter arcaizante que reforzaba el hilo conductor del espectáculo: la recuperación de sonidos ancestrales como patrimonio común de la humanidad.
[–>[–>[–>El viaje prosiguió por Armenia mediante el inconfundible sonido melancólico del duduk, auténtico símbolo del diálogo entre culturas, antes de detenerse en Bulgaria con la interpretación de la gaita tradicional acompañada por una orquestación rica en percusión. Especialmente emotiva resultó la llegada a la costa atlántica. La corna, uno de los instrumentos cuya recuperación ha impulsado el propio Cupeiro, dio voz al primer tema compuesto por el músico gallego, dedicado a quienes hicieron posible el progreso de la humanidad. La velada culminó con el sobrecogedor sonido del karnyx celta, cuyo lamento puso un cierre de notable intensidad emocional a este itinerario musical.
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El desenlace dejó además una escena curiosa. Cupeiro preguntó a los asistentes cuántos asistían por primera vez a un concierto sinfónico, una cuestión que suele formular habitualmente durante las representaciones de «Pangea» y que normalmente obtiene numerosas respuestas afirmativas. Sin embargo, en esta ocasión nadie levantó la mano. La reacción del músico fue tan espontánea como elocuente: «Claro, estamos en Oviedo». La frase, pronunciada entre risas, sintetiza su admiración y reconocimiento hacia una ciudad cuya intensa vida musical ha convertido la asistencia a conciertos sinfónicos en una práctica totalmente normalizada.
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