Una Justicia devaluada
La Administración de Justicia despacha cada año en España un número de asuntos cercano a los ocho millones. Pero en estas fechas se acumulan en la mesa de los jueces unos cuantos casos, que afectan todos a la legalidad del comportamiento de políticos y han causado un fuerte impacto en la opinión pública. La mayoría de los españoles considera que la política, y en particular la corrupción que detecta en ese ámbito, es el primer problema de nuestro país y manifiesta su insatisfacción con el funcionamiento de nuestra democracia. Resulta llamativo el contraste que se observa entre las evaluaciones que clasifican al sistema político español en el grupo de las democracias plenas y, por otro lado, el descontento mostrado reiteradamente por los españoles y las deficiencias apuntadas con la misma constancia por instituciones y expertos.
[–>[–>[–>Según un informe que acaba de publicar la OCDE, los españoles no somos de los europeos que más confianza tienen en su sistema judicial. Tres encuestas dadas a conocer recientemente respaldan este dato. A los vicios seculares que achacan a los órganos judiciales, como la lentitud y la desigualdad de trato en la aplicación de la ley, sobre todo cuando hay cargos públicos por medio, suman ahora la interferencia de la política en la Justicia. Una mayoría percibe a algunos jueces haciendo política con sus diligencias, autos y sentencias, y ve a los políticos entrometidos en el terreno de la Justicia. El 65 por ciento, votantes de izquierdas y de derechas, aprecia práctica de «lawfare» y casi un 40 por ciento opina que ningún partido respeta las decisiones judiciales. La mitad de los españoles, votantes de izquierdas en su mayor parte, declara que su confianza en la Justicia ha decaído en el último lustro.
[–> [–>[–>En resumen, la Justicia, junto con Hacienda, obtiene un suspenso. Aún así, de las diez instituciones que somete el CIS a examen, es la que consigue mejor nota, por detrás de las Fuerzas Armadas y el conjunto de los gobiernos autonómicos. No obstante, los porcentajes de las encuestas reflejan un hecho más significativo, cual es la división de la opinión pública por una línea que separa a los votantes de la derecha y la izquierda. La polarización ha producido su efecto en las actitudes hacia el poder judicial, que se alinean disciplinadamente según el encuestado esté posicionado al lado de uno u otro partido. No parece casual, ni el resultado de una evaluación hecha con un criterio neutral, que hoy sean los votantes del PP, en particular, y los de Vox quienes exhiban su confianza en la Justicia, mientras los de izquierdas, los radicales de manera más expeditiva, carguen sus juicios de recelos y condenas.
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Habría que preguntarse qué ha ocurrido en la Justicia española. El sociólogo José Juan Toharia es el que mejor la conoce. Ha dedicado medio siglo a su estudio. En 2025 publicó un libro, «El juez español», en el que resume sus investigaciones. Aunque concluye admitiendo un riesgo creciente de politización, su visión panorámica es muy distinta de la que se dibuja en las encuestas citadas. Al ser preguntados por las medidas que en su opinión contribuirían a mejorar nuestra democracia, los españoles comparten en general la idea de aumentar la eficacia en la lucha contra la corrupción, lo que supone la puesta en acción de controles más rigurosos alrededor de las agencias públicas. Pero a continuación, la filiación partidista vuelve a dividir a los encuestados a la hora de establecer prioridades. Los votantes del PP sorprenden proponiendo cambios en el sistema electoral. Los de Vox abogan en primer lugar por sustituir al personal político de los partidos por tecnócratas. Y los del PSOE y Sumar optan por una reforma del sistema judicial que garantice la división de poderes.
[–>[–>[–>El Gobierno ha propuesto algunas iniciativas, respecto a la organización de los juzgados, el acceso a la carrera judicial o los procedimientos, con desigual suerte. Hay mucha tarea pendiente en estos y otros aspectos, como el diseño y desempeño de algunas instituciones, la Fiscalía por citar una, y la elaboración de las leyes, que competen al Parlamento. Pero hasta que se hagan las cosas que debieran hacerse, convendría respetar de forma inequívoca al poder judicial y no atizar fuegos que abrasan. Para sujetar el ímpetu, es recomendable reparar en la experiencia de gobiernos populistas. Estados Unidos brinda el ejemplo más aleccionador. Estamos en un punto crítico. El Estado de Eerecho es el último bastión de la democracia. Y en España necesita especial protección.
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