Una ruta por Tlatelolco, la memoria ancestral y revolucionaria en el centro de Ciudad de México | El Viajero
La historia, con mayúscula, seguramente atrapará a cualquier desprevenido que se aventure en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en pleno centro de la Ciudad de México. Es en este mismo lugar donde se desarrolló uno de los centros comerciales más grandes y mejor organizados del mundo indígena. Hoy en día, reconstruir este entorno que cambia rápidamente requiere un ejercicio de imaginación. Basta dar unos pasos y contemplar el foso cercano donde aún se alzan una sucesión de estructuras misteriosas: allí se pueden ver, tal vez, los templos ceremoniales, allí los altares y palacios mexicanos que habrían dominado este paisaje. Hoy sólo queda el silencio. Y los muros de tezontle, esta piedra volcánica de color rojizo o negruzco, característica de la época prehispánica.
El arquitecto Rodrigo Torres vive en Tlatelolco y dirige el centro creativo Mirador. Dice que el gran mercado funcionaba como un mercado de pulgas, con una estructura de materiales efímeros: «En el Museo del Templo Mayor, contiguo al Zócalo, se encontraron restos de alimentos, como crustáceos o mariscos, y no se explica cómo llegaron a Tenochtitlán. La respuesta parece indicar que hubo un intercambio comercial entre los dos grupos locales. La aguda mirada de Torres descubre también los contornos de lo que aparentemente era un espacio ceremonial».
“Podemos ver el basamento piramidal, como en otras estructuras arqueológicas mesoamericanas”, explica. Pero lo que es obvio para el arquitecto, para el turista, difícilmente constituye el rumor de un posible boceto. Datos básicos indican que la Iglesia de Santiago Tlatelolco, junto a las ruinas y la plaza que sirve de eje de visita, fue inaugurada en 1610 por la orden franciscana. Para su construcción, de hecho, se utilizaron bloques de piedra procedentes de los templos enterrados en la zona arqueológica. En el interior, el artista germano-polaco Mathias Goeritz instaló una serie de vidrieras que merecen una visita.

De esta manera, se comienzan a entrelazar capas y capas de la historia de tres Méxicos diferentes. Todo depende de cuánto tiempo tengas para investigar. Porque es allí donde aparece un enorme conjunto popular de gran valor arquitectónico, diseñado a mediados del siglo pasado: la unidad habitacional Nonoalco-Tlatelolco. «La idea de insertar estos bloques de viviendas en un barrio histórico fue un proceso difícil de entender. De hecho, para el resto de la ciudad vivir en Tlatelolco todavía es visto como algo negativo», explica el arquitecto. Se refiere a la masacre, por parte de la policía y el ejército mexicano, de un número aún desconocido de estudiantes que se manifestaban contra la opresión gubernamental y por un país más democrático en la Plaza de las Tres Culturas, el 2 de octubre de 1968, apenas unos días después de la inauguración de los Juegos Olímpicos en la capital. Las cifras oficiales hablan de una treintena de muertos. Un informe académico independiente cifra la cifra en 350.

«Cuatro años después de su inauguración, en 1964, se produjo la masacre y muchos vecinos abandonaron el barrio. Luego, con el terremoto de 1985, quedó casi vacío. Y en las últimas décadas, el deterioro de la seguridad ha marcado la percepción ciudadana sobre este espacio», concede Torres. El cerebro detrás del diseño, el famoso arquitecto y urbanista Mario Pani, nunca habló sobre el proyecto una vez completado. «Es curioso, porque aquí sintetiza todas sus ideas anteriores sobre la arquitectura como herramienta de convivencia y progreso. Su preocupación se centró precisamente en la forma de ocupar los espacios públicos y para ello diseñó una serie de unidades cuyo corazón está en la organización del barrio», explica Torres.
Se trataba de una idea revolucionaria, marcada por la estética industrial del racionalismo moderno: tres enormes tramos de torres residenciales para albergar a miles de familias, espaciados por espacios verdes y servicios como guarderías o centros deportivos y sociales. Aún se puede sentir algo de este espíritu popular al caminar por los pasillos cubiertos que conectan el complejo. Las huertas del barrio y la exuberancia de los jardines reflejan claramente los pilares de una arquitectura abierta a la ciudad y dotada de un enorme sentido colectivo.

Al este de la Plaza de las Tres Culturas, en el Paseo de la Reforma, hay una pequeña sala escondida que parece una capilla. David Alfaro Siqueiros (México, 1896-1974) instaló allí, a mediados del siglo XX, un fresco titulado Cuauhtémoc contra el mito (1944). Se trata de un espacio de libre acceso donde el artista representa desde un ángulo político la resistencia del último emperador azteca frente a la conquista española. «Es un ejemplo de una técnica que él llama escultura-pintura, en la que precisamente incorpora a la composición volúmenes de madera, relieves. Más allá de sus ideas comunistas, lo fascinante es su vocación de acercar el arte, de incorporarlo, a la vida pública», afirma Torres.
Hoy, algunos artistas y escritores vuelven a interesarse por Tlatelolco. En ocasiones instalan allí sus talleres. Otros se atreven a vivir en el barrio. El arquitecto y guía reconoce que ya se respira un aire de presión inmobiliaria. Y dice: «Siempre ha sido un barrio obrero. Por su cercanía a la estación de Buenavista, lamentablemente transformada en centro comercial, había una presencia muy fuerte del sindicato de trabajadores ferroviarios. Hay que recordar también que con los cambios demográficos de los años 50, quienes llegaban a la capital en tren se asentaban cerca de los límites de estos terrenos entonces baldíos».

Para concluir la crónica de la jornada, conviene visitar el Museo Memorial ’68. Otra exposición gratuita que rastrea el conflicto social y el germen del movimiento estudiantil: la protesta contra la estructura de poder en México del todopoderoso PRI. Carlos Monsiváis, uno de los grandes cronistas del país, escribió: “El 2 de octubre, en la Plaza de las Tres Culturas, tuvo lugar otro hecho supuestamente rutinario al que asistieron alrededor de cinco mil personas. Luego se hizo el silencio. Y sobrevino el terror. Tlatelolco fue testigo de todo. Un rincón lleno de memoria y esperanza en el centro de la Ciudad de México.
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