Una vez aquí, nunca llegamos a ejercer nuestra profesión
«Todos no podemos avanzar si la mitad de la humanidad va por detrás», decía la activista paquistaní Malala Yousafzai. Una frase que resume en gran parte la desigualdad global en cuanto a derechos de las mujeres se refiere.
[–>[–>[–>Y es que la lucha feminista no ha avanzado aún en países de Asia, África u Oriente, donde las dictaduras imperan y borran del mapa cualquier atisbo de libertad y derecho que tenga que ver con las mujeres.
[–> [–>[–>Con los recientes bombardeos de Estados Unidos e Israel a Irán, el país vuelve a estar en el foco. ¿Cuál será su futuro? ¿Qué pasará ahora, una vez que ha caído el régimen de Alí Jameneí?
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Pero este reportaje cambia la lupa y la fija en ellas. Las mujeres iraníes que tuvieron que abandonar su hogar por el simple hecho de ser mujeres que decidieron decir que no a ciertas normas. Mujeres que escaparon del machismo en busca de una nueva vida, pero que se encontraron con otro muro: ser mujer extranjera en un país desconocido.
[–>[–>[–>A Sara Farouki aún le cuesta hablar sin emocionarse de su huida y llegada a Europa. Aunque han pasado 40 años, lo rememora como si hubiese pasado hace días: «Era enfermera, pero tuve que huir tras las revueltas de 1979 por razones políticas». Farouki decidió en aquel Irán del 79 que no iba a ponerse velo, norma que implantó el régimen chiíta de Jameneí una vez en el poder.
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«Yo nunca acepté taparme. Entonces comenzamos a rebelarnos. Teníamos un grupo feminista que apoyaba a las mujeres bajo el lema de ‘Mujeres, vida y libertad’, pero eso nos trajo problemas y represalias políticas. Podríamos entrar a la cárcel, así que decidí junto a mi hermana huir de Irán».
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[–>Con apenas veintipocos años, Sara lo dejó todo en busca de la libertad, pero ser mujer y extranjera en los 80 no iba a ser fácil: «Nunca llegué a ejercer de enfermera, me tuve que dedicar a otras cosas. No me entendían, no hablaba español muy bien en aquella época y tuve que empezar de cero».
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Minu, al igual que Sara, decidió plantarse y no «taparse»: «Yo no era creyente, porque en Irán no había una religión, era un estado laico. Y cuando vino el Islam yo me negué. Comencé a ir a las revueltas de 1979 y a rebelarme contra el sistema. Además, fui una de las primeras mujeres en pertenecer al Ministerio de Educación, así que rebelarme supuso ir alguna que otra vez al calabozo, así que decidí que no podía seguir viviendo en mi país y huí».
[–>[–>[–>Su primer destino no fue España, sino Alemania, donde se instaló un par de años hasta que se mudó a Benalmádena.
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Una nueva vida
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Minu cambió la tiza por los fogones, porque nunca más pudo ejercer la profesión que tanto amaba: «No pude trabajar de profesora de nada que tuviera que ver con la enseñanza. Me tocó como a todos los inmigrantes buscarme la vida. Trabajé en restaurantes, talleres. La vida no fue fácil, la integración fue muy complicada. Pero tenía una familia que sacar adelante y eso fue lo que hice».
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A esta historia se suma el relato de Pat Brown. Ella es hija de inmigrantes iraníes, aunque mantiene leves recuerdos de aquel Irán en el que creció: «Me fui de Irán poco después de la revolución, al comienzo de la guerra con Irak, así que todavía tengo recuerdos muy vivos de cómo era la vida antes de la revolución. Nos fuimos porque mi padre estaba siendo perseguido por ser considerado un partidario del antiguo régimen, y desde entonces hemos vivido en el exilio», declara.
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En cuanto a su integración en España, explica: «Mi género influyó menos en mi integración que mi nacionalidad, ya que era diferente a los demás y siempre luché con las dos identidades que han marcado mi juventud y mi vida adulta».
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Sin embargo, destaca que su adaptación fue más fácil debido a ciertos factores: «Fue más fácil para mí porque destaqué al dominar el idioma, abrazar la cultura y perderme en la música. Pero fue muy difícil para mi madre, que no pudo integrarse fácilmente».
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Sara, Minu y Pat confiesan que aún es difícil ser mujer extranjera en un país donde los derechos amparan a las mujeres, pero donde el racismo crece: «Todas aprendimos a lidiar con el racismo, ya fuera sutil o extremo».
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Las tres siguen con la esperanza de poder volver a un Irán libre y repiten un mantra común: «Mujeres, vida y libertad. Ese es nuestro lema y lo seguirá siendo hasta que veamos un Irán con mujeres libres de verdad».
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