Ushuaia, Tristán de Acuña y otros destinos en los confines del mundo | Lonely | El Viajero
Hay ciudades que rayan lo imposible y que funcionan como guardianas de las fronteras en los confines remotos, casi en el fin del mundo. Son lugares en los que resulta difícil imaginar que pueda vivir alguien. Pero viven. Y algunos son también destinos turísticos perfectos para buscadores de paisajes inéditos. Lugares como Ushuaia, en Tierra del Fuego; Coober Pedy, en el desierto de Australia Meridional; o la base antártica de McMurdo, entre otros, reclaman también su hueco en el mapa.
Ushuaia, la ciudad del fin del mundo (Argentina)
Hay muchas ciudades que ostentan la virtud o el riesgo de estar en el fin del mundo. Cada una tiene sus méritos. Ushuaia, en concreto, hace alarde de su latitud y presume de ser la ciudad más austral del mundo. Ha logrado ser un hito turístico de Argentina a pesar de estar más cerca de la Antártida (a 1.000 kilómetros) que de Buenos Aires (a 3.200). Tampoco es pequeña: casi 70.000 habitantes, que viven básicamente del turismo, aunque siempre fue una ciudad estratégica por su situación.
Para poblar este extremo del mundo, se construyó a principios del siglo XX, en el Canal Beagle, una cárcel y fueron los presos los que fueron creando la ciudad. Para llevarlos hasta allí se construyó la línea férrea más austral, un tren que se ha reconvertido en el turístico Tren del Fin del Mundo y que permite adentrarse en el parque nacional de Tierra del Fuego, paraíso para senderistas. Los que llegan hasta aquí lo hacen sobre todo para saltar a la Antártida, para navegar por el Canal Beagle o para cruzar este brazo de mar y alcanzar la isla Navarino y ver de cerca aves, lobos marinos, una enorme población de pingüinos de Magallanes y, si se tiene suerte, alguna ballena jorobada.

Sus vecinos chilenos dicen que Ushuaia no es realmente la ciudad más austral de la tierra, sino su Puerto Williams, en la orilla sur del Canal Beagle. Aunque esta población chilena es un asentamiento de unos 2.000 habitantes (a 100 kilómetros más al sur de Ushuaia), es considerada ciudad porque tiene servicios elementales y es la principal población de la zona. Hasta aquí llegan también turistas para lo mismo que a su vecina argentina: ver cómo se vive en la frontera antártica, contemplar paisajes extremos y salvajes, observar fauna y conocer las culturas primitivas de Tierra del Fuego, como los yaganes y selknam.
La base McMurdo: una ciudad de científicos en la Antártida
El fin del mundo realmente está en la Antártida, al menos geográficamente, aunque en algunos de sus puntos resulta un territorio mucho más activo de lo que cabría imaginar, con grupos de científicos que viven allí y con desembarcos de turistas ocasionales. Es el caso de la base americana McMurdo, en la isla de Ross (donde están también las tres famosas cabañas históricas de exploradores célebres, el monte Erebus y varias colonias de pingüinos). Es una de las instalaciones más grandes de la Antártida y también uno de los lugares habitados más curiosos del planeta.

En verano parece una bulliciosa localidad fronteriza, pero con helicópteros que van y vienen entre paisajes helados. Con el volcán activo del monte Erebus al fondo, McMurdo alberga a más de 1.100 personas en verano y a muchos investigadores internacionales de paso hacia sus campamentos o al Polo Sur. Hay más de un centenar de edificios sobre casi cuatro kilómetros cuadrados entre Hut Point y la colina de la Observación. El ajetreo de la base puede resultar incluso abrumador tras contemplar los paisajes de icebergs sin presencia humana.
Funciona desde 1956 y tiene hospital, iglesia, oficina de correos, biblioteca, dos parques de bomberos, barbería, varios cajeros automáticos, un par de clubes y un coffee house. Todo se completa con una cámara hiperbárica, un largo muelle de hielo y un enorme depósito de combustible que permite almacenar millones de litros. En verano publica incluso su periódico local, el Antarctic Sun, que es semanal. Los turistas solo pueden ver parte de la actividad de la base con visita guiada. En invierno, solo 250 personas permanecen en McMurdo en labores de mantenimiento y para prepararla para el verano.
Longyearbyen, una reserva en los confines árticos (Noruega)
Las islas Svalbard se han convertido en las últimas décadas en objetivo viajero para los amantes de los lugares extremos, pero estas han permanecido durante siglos aisladas e inaccesibles, en los confines árticos de Europa. Longyearbyen es su población más grande, con unos 2.000 residentes que están habituados a unas condiciones difíciles, ya que en este remoto rincón el sol se pone cada año el 25 de octubre y no vuelve a asomarse hasta el 8 de marzo. Es el gran día festivo de las islas, la Solfestuka, una fiesta popular que reúne a toda la ciudad a una hora concreta para esperar la llegada del sol.

En Longyearbyen viven del turismo: su primer hotel se construyó en el siglo XIX, concretamente en 1897, aunque fue más tarde cerrado. Su gran atractivo sigue siendo la naturaleza salvaje: casi dos tercios de la superficie del archipiélago Svalbard están protegidos. En las Svalbarg hay tres reservas naturales, seis parques nacionales, 15 santuarios de aves y una zona protegida de especial de interés medioambiental. Y también algunas otras cosas curiosas, como el bar de sushi más al norte del planeta y la prohibición (desde hace 70 años) de enterrar a sus fallecidos debido al permafrost. Tienen que llevarlos a Noruega continental porque en las islas se conservarían hasta la eternidad sin descomponer.
Alert, la última aldea habitada del planeta (Canadá)
Aunque no suele figurar en los mapas, técnicamente Alert es el lugar más septentrional permanentemente habitado por humanos. Es una pequeña localidad de la costa septentrional de la isla de Ellesmere, en el territorio de Nunavut (Canadá). Se trata de una base militar y estación meteorológica no muy lejos de Iqaluit, otro lugar también extremo y de récord: es la más pequeña de las capitales provinciales de Canadá con unos 7.000 habitantes, la mayoría esquimales nativos, pero bastante cómoda y con servicios para quienes la tomen como punto de partida para descubrir la naturaleza salvaje del norte del país.

A esta remota aldea se llega por una carretera de seis kilómetros desde el aeropuerto de Alert. Solo viven militares ocupados en la vigilancia con radares de tierra de la inmensidad deshabitada que es el extremo norte de Canadá, para asegurar la soberanía sobre este territorio que ha sido en muchas ocasiones punto de partida de los intentos de alcanzar el Polo Norte.
Ittoqqortoormiit, los más aislados del mundo (Groenlandia)
Es difícil pronunciar y recordar el nombre de Ittoqqortoormiit, una población en la costa oriental de Groenlandia que está considerada como la más aislada del mundo. Está a 70º de latitud norte. En realidad, tiene muchos competidores, pero es cierto que no resulta fácil vivir en este lugar que apenas cuenta con 500 residentes y un par de tiendas. Sin embargo, recibe bastantes visitantes que llegan para conocer cómo viven los inuits en medio de una naturaleza completamente salvaje. Tanto la población local como los turistas se mueven en trineos o en sus piraguas y todo está dedicado a este tipo de turismo de aventura. Los locales siguen a lo suyo: la caza y la pesca.

Ittoqqortoormiit está situada en el Scoresby Sund, el sistema de fiordos más grande del mundo, con 350 kilómetros de extensión y una profundidad de 1.500 metros. Pero por aquí solo se puede navegar en el corto verano groenlandés: dos meses, de junio a julio, cuando también se pueden contemplar espectaculares auroras boreales a principios y a finales del verano.
Incluso en un lugar tan remoto puede quedar tiempo para la cultura y para ver una exposición: los interesados en la cultura inuit pueden acercarse a sus rituales de caza y rutinas diarias en la exposición Rostros de Scoresby Sund, que presenta una amplia colección de retratos tomadas en la década de los setenta por el biólogo holandés Ko de Korte mientras terminaba su tesis doctoral.
Coober Pedy, sobrevivir en el calor más extremo (Australia)
¿Quién escoge vivir a 50ºC en verano, en medio de un desierto implacable, con enjambres de moscas, ningún árbol y coches oxidados en los patios? Coober Pedy parece un lugar apocalíptico. En esta población perdida del Outback australiano, al norte del estado de Australia Meridional, conviven hasta 44 nacionalidades, incluidas los aborígenes kokatha y arabana. Es un desierto seco, árido e inhabitable, que si tiene población permanente es solo por los ópalos que la convirtieron desde 1915 en una meca minera. El desierto de los alrededores es especialmente desolado y por ello aquí se han rodado películas como Mad Max, Alerta nuclear o Priscilla, reina del desierto. Está a nueve horas desde Adelaida por el desierto (845 kilómetros), pero la interminable carretera está en muy buenas condiciones. También hay varios vuelos a la semana y es fácil alquilar coches.

Coober Pedy es especialmente famosa porque la mayoría de los residentes viven bajo tierra, sobre todo en viejas minas rehabilitadas, para protegerse de las altas temperaturas. Su nombre deriva del término local aborigen kupa-piti, que significa “agujero del hombre blanco”. También las iglesias son subterráneas, desde la católica de San Pedro y San Pablo, a la anglicana, que es un sencillo búnker con muchos bancos, o la iglesia ortodoxa serbia, el templo más grande e impresionante de la ciudad.
Ghadames, la ciudad del desierto (Libia)

Vivir en el límite del gran desierto es todo un reto. Es el caso de Ghadames, una ciudad histórica del Sáhara que no se parece a ninguna otra del mundo. Antigua y tradicional, evoca la magia de una idílica ciudad de caravanas saharianas: un oasis bordeado por palmeras y asombrosas casas tradicionales de adobe y encaladas, apiñadas para hacerse compañía (y sombra) en la inmensidad del Sáhara , bajo el sol inmisericorde. Abandonada, pero increíblemente bien conservada, recuerda que fue uno de los principales centros comerciales del Sáhara, donde se almacenaban y distribuían productos de toda África. Porque más al sur ya solo hay arena, arena y más arena. Lo bueno de Ghadames es que las callejuelas cubiertas dependen enteramente de la luz natural y hay claraboyas uniformemente espaciadas para dar luz al interior de la ciudad, que así se conserva asombrosamente fresca. La vida cotidiana se mueve a dos niveles: abajo, se mueven los hombres; por las azoteas, las mujeres. Conocida como “la perla del desierto”, es una de las más antiguas ciudades presaharianas y constituye un ejemplo notable de asentamiento humano tradicional, motivos por los que su ciudad viaje fue declarada patrimonio mundial de la Unesco en 1986.
La Rinconada (Perú), la ciudad más alta del mundo

Tampoco es fácil vivir permanentemente a gran altitud, un elemento que ejerce como una verdadera frontera. Lo hacen, por ejemplo, los habitantes de La Rinconada, en Perú, la población a mayor altitud del planeta (a 5.099 metros), en la que viven más de 6.000 personas al pie del Nevado Ananea Grande, en la provincia de Puno. La temperatura media está cerca de la congelación y las condiciones de montaña hacen complicado vivir aquí. La mayor parte de la población vive por debajo del umbral de la pobreza y en situaciones precarias. Pero las minas de oro mantienen activa la ciudad en un lugar que parece marciano y al que solo llegan de vez en cuando aficionados al esquí, el montañismo y el trekking.
Islas Pitcairn, en los remotos Mares del Sur
Es realmente complicado llegar hasta este territorio británico de ultramar del Pacífico Sur, en la Polinesia. Aquí recalaron los amotinados del Bounty y los tahitianos que los acompañaron y aquí se quedaron en 1790. Los de hoy son sus descendientes, herederos de los nueve amotinados. Presume de ser el territorio habitado menos poblado del mundo, con unos 50 vecinos, que mantienen un gobierno local y, de vez en cuando, reciben algún visitante picado por la curiosidad del famoso motín. Solo está habitada una de las cinco islas del archipiélago (la llamada también Pitcairn).

Adamstown está considerada la capital oficial más pequeña del mundo; la isla no tiene aeropuerto ni hoteles, pero quienes la visitan pueden alojarse con alguna de las familias locales. Pero no se han quedado atrás, e incluso son pioneros en algunas cosas: en 1838 las islas fueron el primer territorio del mundo donde se aprobó el sufragio femenino idéntico al de los hombres. En estas islas se dan muchas curiosidades. Por ejemplo, Adamstown tiene una única calle que se llama The Hill of Difficulty (en español: la colina de la dificultad). Y en su escuela hablan cinco idiomas: español, inglés, francés, alemán y el pitcairnés-norfolkense, lo que le convierte en uno de los colegios más multilingües de Oceanía. La isla más remota de las Pitcairn es el atolón de Ducie, que es uno de los límites del Polo de inaccesibilidad del Pacífico (el lugar más alejado de cualquier tierra firme).
Tristán de Acuña, el lugar habitado más remoto de la tierra
Entre las ciudades con el nombre más evocador, sin duda se lleva la palma la capital de la isla de Tristán de Acuña: Edimburgo de los Siete Mares. En esta isla de dependencia británica, a más de 2.700 kilómetros de la costa sudafricana, viven menos de 300 personas, todas procedentes de siete familias que se asentaron en 1816. No hay semáforos ni restaurantes, pero sí un campo de golf. Aislada y lejana a todo, ha servido de inspiración para novelas de aventuras, como Los hijos del capitán Grant y Un capitán de quince años, de Julio Verne, o El rey del aire, de Emilio Salgari.

Depende administrativamente de la isla de Santa Elena, el lugar habitado más cercano: a 1.273 kilómetros al norte, lo que le da el récord del lugar habitado más alejado de cualquier otro lugar habitado. Es difícil llegar hasta aquí: no hay aeropuerto y solo se puede llegar al puerto en barco, pero también es difícil atracar, ya que está rodeada por acantilados de más de 600 metros de altitud. Quiene llega es que realmente es un gran viajero, de esos que no se quiere perder ningún rincón del mundo.
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