vamos a un mundo donde la tensión no estalla, pero tampoco desaparece
Paula Álvarez Tamés, aunque madrileña de nacimiento, es asturiana de familia llanisca y también de corazón. Cada verano regresa, sin falta, a la casa familiar en Asturias. Vive en Estados Unidos. Es Secretaria del Consejo de Españoles Residentes en el Exterior del consulado de Nueva York. Trabaja como directora de programas internacionales en el Ursinus College de Pensilvania (EE.UU.). Es máster en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, licenciada en Derecho Internacional Privado por la Universidad Complutense de Madrid y máster en Marketing Internacional por la Confederación Empresarial de Madrid.
[–>[–>[–>
Por primera vez en décadas, la estabilidad global no depende de evitar una gran guerra, sino de gestionar varias crisis a la vez.
[–>[–>[–>Durante años, el estrecho de Taiwán se ha analizado como un tablero aislado, una pieza más – aunque decisiva – en la rivalidad entre China y Estados Unidos. Pero el mundo que emerge en 2026 obliga a abandonar ese marco. Lo que está en juego ya no es un conflicto regional, sino la interacción de múltiples focos de tensión que empiezan a reforzarse entre sí. Taiwán no es solo un problema asiático: es el punto donde se cruzan las líneas de fractura del nuevo orden global.
[–> [–>[–>La reciente escalada en torno a Irán lo ha puesto de manifiesto con una claridad incómoda. El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de un 20% del petróleo mundial, ha demostrado hasta qué punto la economía global depende de unos pocos corredores estratégicos. Bastaron semanas de tensión para disparar los precios energéticos, alterar rutas comerciales y recordar que la interdependencia es, también, una vulnerabilidad.
[–>[–>[–>
La lección es inmediata: en el siglo XXI, el control de un “cuello de botella” vale más que la ocupación de territorio.
[–>[–>[–>Y ahí es donde Taiwán adquiere una dimensión distinta. Si Ormuz es el chokepoint de la energía, el estrecho de Taiwán lo es de la tecnología. La isla produce más del 60% de los semiconductores del mundo y más del 90% de los chips avanzados, esenciales los destinados a teléfonos móviles hasta aquellos para sistemas militares. No es una exageración afirmar que una disrupción prolongada en Taiwán tendría un impacto económico superior al de cualquier conflicto reciente.
[–>[–>[–>
Pero el paralelismo con Irán no se limita a la geografía. También es estratégico.
[–>[–>
[–>Lo que estamos viendo en Oriente Medio es la eficacia de una forma de conflicto que evita la guerra total: ataques selectivos, presión sostenida sobre infraestructuras críticas, uso intensivo de drones y capacidad de generar efectos globales sin necesidad de invasión. Es una guerra de costes, no de conquistas.
[–>[–>[–>
Ese modelo encaja inquietantemente bien con las opciones de China en Taiwán.
[–>[–>[–>Una invasión anfibia sigue siendo, por su complejidad, el escenario menos probable a corto plazo. Pero un bloqueo parcial, una campaña de presión sostenida o la interrupción de rutas clave son alternativas mucho más plausibles. Y, como ha demostrado la crisis con Irán, no hace falta cruzar el umbral de la guerra para provocar una crisis global.
[–>[–>[–>
A esto se suma un factor que rara vez se analiza con suficiente claridad: la capacidad de Estados Unidos para gestionar varias crisis simultáneamente. Un conflicto prolongado en Oriente Medio implica recursos militares desplegados, atención política fragmentada y un margen de maniobra más estrecho. En ese contexto, la disuasión en el Indo-Pacífico no desaparece, pero se vuelve más compleja.
[–>[–>[–>
La historia ofrece un patrón recurrente: los momentos de sobreextensión de una potencia son también momentos de oportunidad para sus competidores. No se trata necesariamente de decisiones abruptas, sino de movimientos graduales que prueban límites, redefinen líneas rojas y, poco a poco, cambian el equilibrio.
[–>[–>[–>
Así, el riesgo en Taiwán no es tanto una invasión inminente como una acumulación de presiones en un contexto internacional cada vez más tenso. Incursiones aéreas, maniobras navales, ciberataques y aislamiento diplomático forman parte de una estrategia de desgaste que busca alterar el statu quo sin provocar una respuesta directa.
[–>[–>[–>
El problema es que este tipo de estrategia introduce un elemento especialmente peligroso: el error.
[–>[–>[–>
Cuando múltiples actores operan en entornos altamente militarizados, cuando las señales son ambiguas y cuando cada movimiento se interpreta bajo sospecha, la probabilidad de un incidente no intencionado aumenta. Y en un sistema global interconectado, un incidente local puede tener consecuencias desproporcionadas.
[–>[–>[–>
Por eso, el verdadero cambio de época no es el aumento de la tensión en un punto concreto, sino la aparición de un sistema de crisis interdependientes.
[–>[–>[–>
Irán presiona el mercado energético.
[–>[–>[–>
Rusia mantiene la inestabilidad en Europa.
[–>[–>[–>
China incrementa la presión en el Indo-Pacífico.
[–>[–>[–>
Cada uno de estos focos sería manejable por separado. Juntos, generan un entorno en el que la estabilidad deja de ser la norma y pasa a ser la excepción.
[–>[–>[–>
En este contexto, el escenario más probable no es una gran guerra global, sino algo más difuso y, en muchos sentidos, más difícil de gestionar: múltiples crisis simultáneas, escaladas parciales, interrupciones económicas encadenadas. Un mundo donde la tensión no estalla, pero tampoco desaparece.
[–>[–>[–>
Taiwán, en ese mapa, no es necesariamente el detonante. Es el multiplicador.
[–>[–>[–>
Porque si el estrecho de Ormuz puede sacudir el precio del petróleo, una crisis en Taiwán puede paralizar la infraestructura tecnológica sobre la que se sostiene la economía contemporánea. No sería solo una crisis regional ni sectorial. Sería sistémica.
[–>[–>[–>
De ahí que la pregunta relevante no sea si habrá guerra en Taiwán, sino bajo qué condiciones una crisis allí dejaría de ser contenible. Y la respuesta depende cada vez menos de Taiwán en sí mismo y más del estado general del sistema internacional.
[–>[–>[–>
La lección que deja Oriente Medio es clara: el mundo ha entrado en una fase donde los conflictos ya no se desarrollan en compartimentos estancos. Se superponen, se alimentan y, en ocasiones, se aceleran mutuamente. En ese mundo, la estabilidad no se pierde de golpe. Se erosiona. Y Taiwán, más que ningún otro lugar, es hoy el punto donde esa erosión puede hacerse irreversible.
[–>[–>[–>
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí