Venezuela, del desconsuelo a la esperanza y la incertidumbre
Si el mundo quedó conmocionado recién estrenado este 2026 por el ataque en Venezuela con la excusa trumpista de capturar «por narcotráfico» al cuestionado presidente Nicolás Maduro, en España el impacto es mayor por diferentes motivos. Porque en la obligada diáspora venezolana en España hay, según estadísticas, medio millón. Porque Venezuela ha sido destino de muchos españoles, unos 140.000 ahora y tres millones de ascendencia española, de una «emigración económica» que en las décadas de 1940 y 1950 fue numerosísima, aunque no fuera destino preferente del exilio republicano, en el que si hubo quienes allí se refugiaron, como recordaba estos días Iñaki Anasagasti, nacido en Cumaná. Además, la política reciente venezolana, marcada por los gobiernos Chavez- Maduro, tuvo y tiene repercusiones en España muy marcadas. Y algo que pesa más de lo que creemos: que hablamos la misma lengua y tenemos una secular historia compartida. El pasado está más presente de lo que queremos.
[–>[–>[–>Empecemos por lo actual. Hubo un punto de inflexión en la reciente historia política del gran País Caribeño cuando el teniente coronel paracaidista Hugo Chávez dio un golpe, convirtiéndose en un hito del antiimperialismo, contra el presidente Carlos Andrés Pérez en 1992. Tras el fracaso, prisión y posterior excarcelación, triunfó. Desde su aplastante victoria en las elecciones de 1998 Hugo Rafael Chávez Frías (1954) fue la esperanza de un país aquejado de corrupción, pobreza y desigualdad. Su «Revolución Bolivariana» se mantuvo victoriosa en todas las votaciones hasta su muerte el 5 de marzo de 2013, llevando como emblema la marca del «Libertador» Simón Bolívar (1783-1830), el rico criollo caraqueño educado en España alzado contra el Imperio Español para liberar su patria. Este fue el recurso ideológico histórico antiimperialista de Chávez, esperanza un tiempo de parte importante de la izquierda occidental y no solo hispanoamericana, ayuna de héroes carismáticos. Su largo mandato se fue deteriorando y se radicalizó, siendo acusado de represión contra políticos opositores y empresarios. Su bandera derivó en un populismo nacionalista y casi indigenista. Las relaciones hispano-venezolanas se deterioraron durante el gobierno de Aznar por motivos político- económicos. Y sus gestos no dejaban lugar a dudas de su personalismo, como cuando en la XVII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, en el año 2007, ante sus reiteradas interrupciones a la intervención del presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, el rey Juan Carlos le dirigió aquel «¿por qué no te callas?» que él vendió como reminiscencia «colonial». Luego, el «carácter campechano» del Rey y el no menos vehemente de Chávez, recondujeron en un encuentro privado el desencuentro público. Pero la tensión se reprodujo en el 2010 cuando desde la Audiencia Nacional de España se divulgaron las presuntas relaciones entre Venezuela ETA y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) lo que derivó en incidentes diplomáticos y acusaciones al juez de imperialismo. Pero España y Venezuela, anudadas por lazos económicos, no podían deshacer su relación ni aún con el «chavismo».
[–> [–>[–>El relevo de Nicolás Maduro, el elegido de Chávez para seguir su revolución, se produjo en el 2013 y pese a las crisis, el exilio de millones de venezolanos y fraudulentas elecciones, ahí seguía hasta que el imprevisible Trump lo puso en su punto de mira «por narcotráficante» y ordenó una «operación relámpago» de captura que dejó a medio mundo «pasmado» incluyendo a propios y opositores, tal vez porque todos esperaban otra cosa de ese golpe que el derecho internacional declara a todas luces ilegal, ¿y a Él qué? El caído Maduro había ido de hierro en hierro. La desafección aumentó con una crisis económica y humanitaria sin precedentes. Se calcula que el exilio afecta a casi 9 millones. En el 2014 hubo olas de protesta múltiples; en el 2017 el opositor Leopoldo López y su mujer Lilián Tintori, junto con la oposición venezolana, recibieron el apoyo del Congreso de los Diputados de España; tras su encarcelamiento él permaneció largo tiempo en la Embajada Española en Caracas; su familia fue traída a Madrid en el 2015, ahí se reencontraron hace pocos años.
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En el 2017, la Unión Europea impuso sanciones contra el país y restringió viajes, además de congelar activos económicos por violaciones de los derechos humanos. El expresidente Felipe González manifestó su apoyo a los opositores. La crisis venezolana entraba de lleno en la escena política española. Y ahí sigue. Según la crónica más negra, el país caribeño se vaciaba y sus cárceles se llenaban. El último desafuero fueron las elecciones de 2024, reconocidas solo por los incondicionales del régimen venezolano de la zona, por algunos partidos o por interés geopolítico. España dio amparo al «reconocido vencedor» Edmundo González Urrutia, sumándose éste a la lista de los políticos exiliados ya instalados en España. En casi el final está la concesión del Premio Nobel de la Paz a la combativa María Corina Machado y la intervención de la administración Trump en los movimientos finales hasta llegar al más audaz: la captura de Nicolás Maduro. Siguió a las celebraciones de los exiliados el pasmo por mantener, por deseo de Trump, la estructura del país con la segunda de Maduro en un poder vigilado; la Delcy Rodríguez de la escala en Barajas en el 2020, pese a la sanción europea, y las implicaciones de Ábalos. Sin duda el sorprendente presidente USA no quiera azuzar un avispero interno, sino controlar una parte del «patio trasero» norteamericano que es Hispanoamérica y para eso, de momento, le sirve lo que queda. De la acción del gobierno de España, de las misiones ante un Maduro desacreditado del expresidente Zapatero, de los intereses económicos y los asuntos bajo sospecha irresueltos se seguirá sabiendo; y de las posiciones de los partidos políticos o de las consideraciones de la Unión Europea, aún descolocada, también. A ver a los venezolanos cómo les va porque, ante este capítulo de su historia similar al de otros vecinos extinguidos o en proceso de extinción, uno se pregunta: ¿qué les pasa a los autoproclamados salvadores de los pueblos para acabar tan desquiciados cuando el poder absoluto les ciega?
[–>[–>[–>Sea cual sea la respuesta hay mucho de herencia vital española en Venezuela. Ese país, entre las Guayanas, Honduras, Colombia o Cuba en el bello Caribe, tiene una dimensión territorial de casi 890.000 kilómetros cuadrados y una población que ronda los 29 millones de habitantes. Está dividida en 24 unidades federativas muy desiguales, con nombres de tan sonora raigambre histórica como Bolívar, Mérida, Trujillo o Sucre por citar algunas; o capitales tan familiares como Valencia, La Asunción, Barcelona, San Fernando o Puerto Ayacucho. Por si uno niega la historia, la historia se empeña en hacerse presente. En el siglo XVI los dominios españoles se extendían desde California hasta el cabo de Hornos a excepción de Brasil y las Guayanas. Ocupaba unos 13 millones de kilométros cuadrados. Vivían 11 millones de habitantes de diferentes costumbres, blancos, indios y mestizos que se entendían en castellano regidos por leyes españolas. En los virreinatos se crearon capitanías generales y cabildos municipales de gran autonomía. La Capitanía General de Venezuela era rica y poderosa. Una élite de criollos, comerciantes y terratenientes enviaba a estudiar a Europa, a España sobre todo, a sus vástagos. Fueron esas élites las que proclamaron la independencia, cuando España libraba su propia guerra contra la invasión napoleónica. Venezuela conmemora la Declaración del 5 de julio de 1811. La batalla de Ayacucho en 1824 fue el remate.
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El venezolano Simón Bolívar fue el artífice carismático. Quiso hacer una Gran Colombia multirregional, pero fracasó. Su figura sirvió de excusa a los últimos gobiernos indigenistas para resucitar una leyenda imperial menos negra de lo que se dice cuando de tapar las vergüenzas propias se trata. Así lo sufrió Felipe VI en la toma de posesión del colombiano Gustavo Petro en 2024 por no levantarse ante el paso de la espada del Libertador. Un gesto sacado de contexto, pues ni era preceptivo ni el gesto la ofensa de un Jefe de Estado que siempre demostró un respeto exquisito en todos los actos. España, dolida, fue reconociendo naciones y estrechando lazos con la histórica Hispanoamérica a lo largo del XIX. La estatua ecuestre de Simón Bolívar en Madrid, sable en mano, es también un símbolo. El epílogo de Cuba y Filipinas en 1898 acabó haciendo de Estados Unidos algo más que el árbitro de la política en todo el continente. Y en esas estamos. Frenar la deriva totalitaria del comerciante «guardián del mundo» pasa por reforzar la democracia y sus resortes. Algo tendrá que decir la Vieja Europa cuna de la Democracia misma.
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