Venezuela sepultada bajo los escombros de un Estado fallido
Hay catástrofes que, además de cobrar vidas, revelan verdades. El doble terremoto que devastó el norte de Venezuela el 24 de junio…dos temblores separados de magnitud 7,2 y 7,5 durante apenas treinta y nueve segundos, los más violentos en más de un siglo, no sólo ha enterrado a miles de venezolanos bajo cemento: ha expuesto, con una crudeza insoportable, la absoluta incapacidad del régimen narcoterrorista castro-chavista. para construir un estado serio, es decir, un Estado capaz de garantizar a sus ciudadanos lo más básico: protección, servicios básicos y seguridad. La incompetencia, el robo y la fuga de talentos han destruido casi todas las capacidades del Estado.
Porque eso es exactamente lo que hoy brilla por su más absoluta ausencia. En las zonas devastadas no hay presencia del Estado venezolano, ni a nivel federal, ni a nivel estatal, ni siquiera en los municipios fuertemente dominados por el chavismo. Quienes excavan entre los escombros, quienes ayudan a los heridos, quienes rescatan a los atrapados, son los voluntarios, vecinos y algunos policías locales abandonados a su suerte. El dispositivo que durante años se proclamó “revolucionario” y “protector del pueblo” se ha evaporado en el preciso momento en que el pueblo más lo necesitaba, cuando se desata la furia de la naturaleza.
Cifras demoledoras
El epicentro estuvo en Yaracuy, pero la ola destructiva alcanzó de lleno el estado costero de La Guaira -declarado «zona de desastre»-, Caracas, Carabobo y Aragua, donde edificios enteros colapsaron sobre familias reunidas en un feriado. Se estima que hay decenas de miles de personas desaparecidas. Y me temo que esto no es más que una pálida sombra de lo que temen los cálculos de las agencias más reputadas. En las zonas más afectadas, con miles de viviendas mal construidas durante casi tres décadas de saqueos y derrumbadas como castillos de naipes, las víctimas mortales podrían contarse, cuando se levanten todos los escombros, por decenas de miles. Es una cifra impactante, y la opacidad sistémica del régimen probablemente nos impedirá conocer su magnitud real.
Esto no es sólo una fatalidad geológica. Es, sobre todo, la consecuencia previsible de un modelo. Durante años, este régimen despiadado despilfarró la inmensa riqueza de Venezuela no en hospitales, ni en viviendas dignas, ni en infraestructuras capaces de resistir, sino en enriquecer su liderazgo y en financiar una vasta red de corrupción internacional: sobornos a líderes extranjeros, lobbys comprados en medio mundo, financiación de partidos de extrema izquierda que se convirtieron en sus portavoces en España y otros países.
En definitiva, una operación de influencia y propaganda inmoral y, ante esta tragedia sin límites, repugnante, además de complicidades adquiridas con los petrodólares. mientras que los venezolanos comunes y corrientes carecían de las cosas más básicas. El dinero que debería haber protegido escuelas y reforzado edificios se utilizó para comprar testamentos en capitales ajenas. Hoy, el resultado de esa traición se mide en víctimas mortales.
La respuesta de la comunidad nacional
Ante tal orfandad, la comunidad internacional tiene una obligación moral inaplazable, y corresponde a Estados Unidos liderarla, tanto más cuanto que es Washington quien hoy apoya al gobierno interino de los hermanos Rodríguez, Delcy y Jorge. La Casa Blanca ha actuado rápidamente: equipos de búsqueda y rescate, activos de SOUTHCOM, flexibilización temporal de sanciones para permitir transacciones humanitarias y un compromiso financiero de ciento cincuenta millones de dólares -cien para la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU y otros cincuenta para operaciones sobre el terreno-. Otros países –Franciaque envió inmediatamente a sus socorristas a pesar de los daños sufridos por su embajada; México; las propias Naciones Unidas—se han sumado a sus esfuerzos. Es una respuesta generosa, ciertamente, y digna de aplauso cuando la política norteamericana se deja guiar por el sentido común; pero, ante una tragedia de esta magnitud, es claramente insuficiente.
Y si la generosidad de los demás se queda corta, La actitud de España es sencillamente inaceptable. Un gobierno que durante años ha hecho del trato complaciente con el chavismo una seña de identidad de su política exterior, que ha mirado para otro lado ante la deriva criminal de Caracas, no puede ahora despachar con gestos tardíos y tibios la mayor catástrofe humanitaria del continente. El envío de la UME y ERICAM -que es bienvenido- pero es incomparable con lo que hicimos en el caso de Nepal, operación que coordiné a petición del consejo de ministros con 150 miembros de la UME, una unidad de salvamento en montaña de la Guardia Civil y 10 miembros de la embajada de España en Nueva Delhi (estábamos acreditados en Nepal, Bután, Sri Lanka y Maldivas, además de India) permanentemente en suelo nepalí durante más de un mes conmigo al mando.
El pueblo venezolano es, doblemente, víctima: primero de esta devastadora catástrofe, segundo de una tiranía que primero les robó el futuro y ahora los deja abandonados ante la catástrofe. A él toda nuestra solidaridad, amor fraternal, asistencia sin reservas y sin demora. ¡Venezuela en el corazón!
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