Viajar de la mano del maestro
Oviedo ha sido capaz de reforzar, año tras año, un tejido musical de primer nivel. Si observamos, por ejemplo, el ciclo «Conciertos del Auditorio» que organiza la Fundación Municipal de Cultura nos daremos cuenta de la relevancia que la capital del Principado ha adquirido en los circuitos internacionales para, en apenas dos semanas, ser capaz de incluir –en una temporada repleta de atractivos artísticos– el «Giulio Cesare in Egitto» protagonizado por Orlinski y Devieilhe, seguramente el último paso de una leyenda como Zubin Mehta por la región (dos citas que tan sólo se pudieron disfrutar en Madrid, Barcelona y Oviedo) o el concierto del pasado domingo a cargo de Pinchas Zukerman, otra leyenda viva del universo musical. A sus 77 años, Zukerman demostró una vitalidad excepcional, enfrentando un programa nada sencillo en el que ejerció de violinista, violista y director, evidenciando una versatilidad y pasión por la música igual que la del público ovetense, lejos de toda duda.
[–>[–>[–>La velada se inició mediante el «Concierto para dos violines en Re menor» de Johann Sebastian Bach. Pinchas Zukerman y Fumiaki Miura ejercieron como solistas en esta pieza ante una plantilla reducida de la «Sinfonia Varsovia», dialogando con una gran naturalidad a través de pasajes luminosos gracias al esmaltado timbre de sus respectivos «Guarneri del Gesù», impecables en este repertorio gracias a una carnosidad que la orquesta, en segundo plano, supo respetar de principio a fin.
[–> [–>[–>Como buena embajadora de su tierra, la «Sinfonia Varsovia» acostumbra a interpretar piezas de compositores polacos, dentro de un sentimiento de orgullo y compromiso hacia el valor patrimonial nacional que no practicamos en España tanto como deberíamos. De ahí «Orawa» de Wojciech Kilar, uno de los grandes autores polacos de bandas sonoras que, a partir de una pequeña célula temática, desarrolla una obra interesante, de estilo minimalista, donde concentra la atención en parámetros como los cambios de tempi e intensidad pero que contiene, asimismo, compases de cierto efectismo que la agrupación de cuerda supo ejecutar aportando una sensación inquietante y dinámica que convenció a los asistentes.
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En un año de doble efeméride mozartiana, no podía faltar una pieza del genial salzburgués, en este caso, en forma de «Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en Mi bemol mayor». Zukerman, ahora a la viola, formó un tándem exquisito con Miura engarzando cada melodía con una delicadeza portentosa y desplegando en las cadenzas todo su virtuosismo, eso sí, bien controlado y al servicio de la musicalidad de la pieza, sin alardes innecesarios. Los dos artistas manejaron con pulcritud las entradas y los ataques y se recrearon en la tímbrica de sus instrumentos: la brillantez del violín de Miura y el timbre, algo más opaco, de la viola de Zukerman empastaron a las mil maravillas ante una «Sinfonia Varsovia» que dejaba hacer y arropaba con mucho celo a los dos músicos, aumentando el volumen en algunos tutti bien equilibrados.
[–>[–>[–>Cerraba el concierto la «Sinfonía número 8 en Sol mayor» de Antonín Dvorák, una de las obras, de gran envergadura, más refinadas del compositor checo. Sin el habitual pódium, Zukerman se puso al frente de una orquesta mucho más nutrida para acometer la interpretación de la única pieza Romántica que figuraba en el programa. El maestro israelí se mostró muy atento a los matices, dejando cierta libertad a las diferentes secciones de la formación en el desarrollo de las distintas melodías que vertebran esta emblemática partitura, pero midiendo en todo momento el volumen y ajustando los fraseos, otorgando protagonismo a varias resoluciones armónicas que añadieron mayor atractivo a la ejecución. Sus tempi fueron precisos y, aunque optó por una versión elegante (en todos los elementos que articulan el discurso musical), no renunció a los pasajes de mayor dramatismo conferidos por unos metales bien timbrados y una percusión sobresaliente. Sin duda, un estupendo viaje musical de la mano de Pinchas Zukerman.
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