Estoy convencida de que me iban a matar
El terror habitó durante cuatro meses en una vivienda a las afueras del barrio rural zaragozano de Garrapinillos. Una joven de 23 años lo vivió durante «cuatro meses que se hicieron eternos», secuestrada por miembros de su propia familia con los que se había ido a vivir voluntariamente tres meses antes. Esta casa, ubicada en un lugar apartado, se convirtió en una jaula de la que casi no sale con vida por las numerosas torturas y vejaciones a las que se vio sometida. Un «infierno» del que conserva cicatrices y quemaduras por todo su cuerpo, aunque ahora está a salvo, junto a su madre y sus tres hermanos.
[–>[–>[–>Y mientras, sus captores están en la calle, aunque cuatro de ellos fueron detenidos y están a la espera de juicio. Una situación que tanto ella como su abogada, Marina Ons, confían en que pueda cambiar después de que el titular del Juzgado de Instrucción número 7 de Zaragoza, que es el que ha asumido el caso al estar de guardia en el momento de la denuncia, los dejase en libertad tras prestar declaración.
[–> [–>[–>La historia de este cautiverio está plagada de innumerables muestras de violencia física. Tantas que cada uno de estos episodios agota los calificativos para definir la crueldad humana, el terror en estado puro. Doce días ha pasado en el hospital Clínico de Zaragoza y ahora, ya con el alta, ha dado el paso para contar su historia, «que se conozca y se sepa quiénes han hecho todo esto», mientras ella se recupera de sus heridas y el dolor, y convive, como ella misma reconoce, con el «miedo a las represalias porque están en la calle y pueden venir a por mí». Esta joven de 23 años detalla en una entrevista en exclusiva para EL PERIÓDICO DE ARAGÓN todos los pormenores de su macabro secuestro, el que cree que fue el detonante de la terrorífica convivencia con sus captores y cómo intentó escapar sin éxito de esa jaula.
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Lo hace junto a su madre, Trini, que fue la que el 30 de diciembre fue junto a sus otros tres hijos a sacarla de allí como fuera. Se enfrentó a Isabel, tía carnal de ella y tía abuela de la joven víctima de este cautiverio; y a la pareja de esta, Jaime, «aunque le llaman Yomé», dos de los cuatro detenidos, junto a Antonia, tía carnal de la joven secuestrada, y Yanira, su prima. Esta última fue, además, la razón por la que ella acabó en esta casa de los horrores de Garrapinillos. Tiene su misma edad y le pidió que se mudara a su casa «porque decía que se sentía sola».
[–>[–>[–>El detonante, un mensaje a su hermana
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La normalidad de los primeros meses no hacían presagiar lo que ocurrió después. La joven víctima ayudaba entonces con las tareas del hogar, aunque explica que «eran muy exigentes y cuando no hacía las cosas como querían algún guantazo me llevaba». Pero echando la vista atrás, el detonante que derivó en la barbarie posterior fue que le «pillaron un mensaje que le había escrito a mi hermana diciéndole que la echaba de menos». «Me tiraron al suelo y me golpearon, hasta se pusieron de pie sobre mi cabeza», detalla la joven en su relato. Antes «le quemaron en uno de sus pechos», añade su madre, Trini.
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A continuación, llegó todo lo demás, entre otras cosas, cuenta que «rompieron mi móvil» para que estuviera incomunicada y, a partir de ese momento, tuviera que hablar con su familia «solo con el teléfono de Yanira», otra de sus torturadoras durante el cautiverio. Y llegaron las brutales palizas «por cualquier motivo», hasta por «no dejar las sábanas de la cama bien estiradas o no poner las costuras de la almohada mirando hacia la pared, que era como les gustaba que lo hiciera».
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[–> [–>[–>[–>También ahora recuerda con sufrimiento el día que intentó escapar de esta casa de los horrores de Garrapinillos. «Cogí una llave y la escondí, pero se dieron cuenta de que faltaba y me pedían constantemente que la sacara o que me raparían. Yo negaba tenerla y pensaba que era broma la amenaza pero no, la acabaron encontrando y me raparon al cero», explica ella. La consecuencia de aquel intento fallido fue aún más cruel para ella: «me dieron la llave y me pidieron que pusiera la mano sobre la mesa, y empezaron a golpearme con un martillo», relata. «Le rompieron un dedo a martillazos y ya no va a poder recuperarlo porque luego estuvo dos meses sin curarlo y cuando llegó al hospital, cuando la sacamos de allí, ya no había nada que hacer para volver a ponerlo recto», añade su madre.
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Esta fue solo una muestra de todas las violentas agresiones que sufrió y que detalló a los médicos cuando le trataron por fin de todas sus heridas. Igual que su abogada, Marina Ons, ha defendido en todas las instancias judiciales y policiales durante la investigación. Le clavaron tijeras, le quemaron con planchas del pelo y con utensilios de cocina que previamente calentaban en el fuego hasta ponerlos incandescentes, le golpearon hasta la saciedad. Llegaron a obligarle a dormir en el suelo, solo con dos mantas, como explicó a los agentes cuando fueron a denunciar, o solo podía alimentarse con vasos de agua durante días… Las torturas y las vejaciones eran interminables durante esos cuatro meses, en una casa en la que, según expone la joven y su madre, llegó a haber hasta ocho personas, además de ella, aunque solo cuatro fueron detenidas por los hechos. «En esa casa viven cinco mayores de edad, dos menores y una tía que les visitaba de vez en cuando», aseguran.
[–>[–>[–>El día que amenazó con matarle
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La violencia era extrema y caprichosa a veces. «Un día quemaron mis partes íntimas con un soplete. Él (Jaime) lo encendió, se lo dio a ella (Isabel) y se sentó en una silla porque dijo que quería ver el espectáculo. Al día siguiente me preguntó si me escocía», relata la joven secuestrada con evidente tensión en la voz. Fueron momentos muy dolorosos pero es que llegó a temer muchas veces por su vida en esa terrorífica estancia en la casa del Camino de la Almenareta de Garrapinillos. «Un día se dirigió a mí para decirme que él cualquier día me mataba, me echaría al pozo y echaría sosa cáustica», explica la joven. «Si no me saca mi familia de allí, no llego a cumplir los 24 años, y eso que mi cumpleaños es en marzo», remarca la víctima. «Intenté escapar porque vi que iban a matarme, vi la muerte muy cerca muchas veces durante cuatro meses, sabía que no iban a parar», afirma la joven secuestrada.
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Ni siquiera poder hablar con su familia era una posible vía de escape, porque cuando era por mensaje ellos mismos respondían a las palabras de su madre o sus hermanos, «nos decían que estaba bien y que le dejáramos tranquila, que no quería volver o vernos», recuerda la madre. Y cuando hacían una llamada, «era yo la que descolgaba pero ellos se quedaban alrededor de ella con varas advirtiendo de lo que le esperaba si no decían lo que querían».
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Los palos eran un arma habitual en sus palizas y torturas. De hecho, la joven secuestrada relata cómo uno de los días una de las detenidas le decía a la otra «no le pegues con las manos que te puedes hacer daño, mejor con la vara». También las quemaduras eran una constante. «Un día me quemaron la cara con una cuchara que habían puesto antes al fuego y luego me echaron quitaesmalte sobre las heridas. Y por la alergia me dio un ataque de asma. Creía que me ahogaba y entonces una de ellas me empezó a dar puñetazos para que volviera a respirar. Cuando logré reponerme me dijo que me había salvado para que su hermana no se convirtiera en una asesina, no porque yo o mi vida le importaran lo más mínimo», relata. Y ese desprecio se notaba hasta con cómo la trataban los menores de edad de la casa: «Las pequeñas venían y me pisaba y me decían jódete, que no te está mal empleado lo que te pasa».
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La crueldad era tal que, según explica la joven, nunca le ayudaron a curarse de ninguna de las heridas que le infringieron con sus torturas y agresiones. Aparte de la del dedo a martillazos, tenía brechas abiertas por su cuerpo, algunas causadas con objetos punzantes de todo tipo. No solo no le socorrieron sino que le infringieron más daño porque al supurar y estar tanto tiempo así, les molestaba el mal olor. «Una de ellas me llegó a rociar con amoníaco por encima para que no olieran mal las heridas que tenía», detalla la joven.
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Otra de las cuestiones importantes es por qué su madre no fue en estos cuatro meses a sacarla de allí o ni siquiera sospechó lo que estaba ocurriendo. «No sabía que la tenían amenazada, yo hablaba con ella y me decía siempre que no quería venir», explica. Hasta que estas Navidades, una de las mujeres que estaban en esta casa por las celebraciones familiares típicas les dio la voz de alarma: «Me dijo, Trini a tu hija le han rapado, le están haciendo algo», recuerda.
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Del rescate a vivir «con miedo a las represalias»
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Eso motivó que se plantara en la casa de Garrapinillos «a exigir que saliera mi hija», acompañada de sus otros tres hijos, de 28, 23 y 20 años respectivamente. «Nunca me olvidaré de cómo me la encontré, estaba en shock y con la mirada perdida». Ahora la tiene en casa y pelea con ella por que sus heridas cicatricen, las físicas y las emocionales. «Tengo mucho miedo, vivo con miedo a las represalias porque ellos están en la calle y pueden venir a por mí», explica la joven secuestrada.
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Por eso quieren que su abogada, Marina Ons, le pida al juez que les envíe a prisión. En el momento de la denuncia, asumió la investigación el Juzgado de Instrucción número 7 de Zaragoza, que ese día estaba de guardia, y las pruebas que obran en su poder son numerosas y contundentes, consideran tanto la víctima como su familia y la letrada, pero sorprendentemente, a pesar de todas las atrocidades puestas en su conocimiento y de la investigación, los dejó en libertad tras prestar declaración, añadiendo más dolor al sufrimiento que vivió durante cuatro meses en ese «infierno» en Garrapinillos.
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