Con tal de no leer el Quijote, cualquier cosa vale
El Gobierno español creó en 1991 el Instituto Cervantes con el objetivo de promover universalmente la enseñanza, el estudio y el uso del español, y contribuir a la difusión de las culturas hispánicas en el exterior. Como soy un avaro que vigila adónde van los dineros de sus impuestos, entré en la web de la Institución, topé con un artículo informativo destacadísimo y observé asombrado de qué manera se promueven universalmente la enseñanza, el estudio y el uso del español. A juzgar por cómo lo usan, quienes allí escriben ni lo estudian ni lo saben: cómo lo enseñarán.
[–>[–>[–>La entrada antedicha describía el «Proyecto Aeolia». Esperen ustedes a temblar tras haber leído. Se trata de una muestra «inspirada en el poder simbólico del viento de La Mancha». Nuestro Instituto estrena con ella la Banca Cervantes, «un laboratorio de arte, pensamiento, lengua y cultura digital, destinado a acoger proyectos que integren creación contemporánea, lengua y tecnología (…)». «Es por ello que ‘Aeolia’ inaugura ese nuevo territorio: un espacio donde el arte se convierte en lenguaje y el lenguaje en energía, explorando los vínculos entre naturaleza, inteligencia artificial y conciencia humana».
[–> [–>[–>¿Han entendido ustedes algo? Resulta que el viento manchego tiene «poder simbólico», sea eso lo que sea. Resulta también que el propio Miguel de Cervantes, la Fundéu de la RAE, la Ortografía de la RAE y la RAE toda dictan que ha de escribirse «la Mancha», con minúscula inicial en el artículo. Resulta, asimismo, que no aparecen por parte alguna enseñanza, estudio, uso del español, ni difusión de las culturas hispánicas. Pero ¿qué demonios sabremos nosotros –esa patulea que incluye al autor del Quijote– sobre vínculos, arte, lenguaje, inteligencia, conciencia, naturaleza? Quien lo sabe es el redactor o redactora o leches del Instituto Cervantes, capaz de seguir expeliendo galicismos inútiles como «es por ello que».
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Al lío: «‘Aeolia’ presenta una escultura interactiva de gran formato que convierte el aire en palabras: un aerogenerador de textos que ‘reescribe’ el Quijote mediante un sistema de inteligencia artificial». Eso es grandeza, eso es tronío, he ahí el imperio del idioma español, bien vestido de bordados adjetivos y desasosegantes calzas y jubones sustantivados por el Instituto Cervantes. Nada de leer el Quijote: reescribirlo con esculturas interactivas, convertir el aire en verbo, IA, aerogeneradores que aerogeneren… Así, la cosa «produce variaciones del clásico desde perspectivas ecológicas, de género o filosóficas». Pero ojo, no se alarmen ustedes: «El proyecto no revisa el texto original, sino que lo reinterpreta como metáfora del pensamiento humano frente a la máquina, planteando una reflexión sobre la autoría, la memoria y la sostenibilidad futura». Ole, ole y ole: eso es redactar, y lo demás, fruslerías.
[–>[–>[–>También se vende «un libro de artista que alberga un Quijote 2.0 codificado en ADN sintético. Su estructura se ha diseñado a partir de la representación tridimensional que el artista realiza de la red de aerogeneradores distribuida por todo el territorio de Castilla-La Mancha, desde donde hizo una captura de ocho metros cúbicos de ese aire de la mancha [sic, todo minúsculas, Dios no los perdone]el cual presenta en un compresor de aire, junto con el documental del proceso artístico del proyecto.»
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En la cama –ya tranquilo al saber cómo el Cervantes promueve universalmente la enseñanza, el estudio y el uso del español–, aguardando el sueño, recordé un cuento de «El conde Lucanor», aquel en que tres estafadores venden un tan carísimo como inexistente traje al rey, y para protegerse de las críticas sostienen que solo podrán ver tal paño quienes fueran «hijos de quienes todos creían su padre». Cortesanos y pueblo alababan temerosos la supuesta belleza de la tela. Salvo un palafrenero, que no tenía honra que perder y dijo al monarca: «Señor, a mí me da lo mismo que me tengáis por hijo de mi padre o de otro cualquiera, y por eso os digo que o yo soy ciego, o vais desnudo». En «Aeolia» picada.
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