¿Quién es el responsable de los trenes?
Adamuz no es un caso exclusivo a la hora de asumir irresponsabilidades. La política que se practica en nuestros días ha decidido que la responsabilidad es un concepto laxo y decorativo. «Lo estoy haciendo muy bien», ha dicho el ministro Óscar Puente con la convicción de quien confunde el movimiento con el rumbo. La suya no es una declaración inconsciente. Gobernar hoy consiste en ocupar el espacio, no en despejar incógnitas, y pocas incógnitas más graves que las que rodean a un siniestro ferroviario con víctimas. Del accidente de Adamuz sabemos que ocurrió, que hubo muertos, y, porque así se ha ido filtrando, conocemos además que la causa probable fue un fallo de soldadura en las vías. Lo que ignoramos, y las víctimas tienen derecho a saber, es por qué sucedió, quién falló antes de que cediera el metal y quién se hace cargo de las consecuencias más allá de las condolencias de rigor.
[–>[–>[–>No es lógico salvo para sacar pecho en una circunstancia en la que convendría ser algo más humilde que el ministro diga que lo está haciendo muy bien. Pero tampoco hay que exagerar, él no es culpable. Conviene tenerlo en cuenta para no confundir términos ni rebajar el debate. No estaba allí, no soldó las vías, no dio la orden concreta que provocó el fallo. Pero sí es responsable político del estado de las infraestructuras ferroviarias. La responsabilidad no exige dolo; reclama competencia, previsión y control. Y, llegado el caso, aclaraciones. La rendición de cuentas consiste, por ahora, en mantener que se llegará hasta el final. Sánchez, que nombró a Puente no tanto para gestionar como para fajarse, ha prometido a las víctimas que se sabrá la verdad. Es una frase solemne, aunque también peligrosa. Porque la verdad no es un hito comunicativo que se activa cuando conviene. Es un proceso incómodo que revela carencias estructurales, decisiones aplazadas y prioridades mal ordenadas.
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