Xaréu Nel Ñeru» vuelve a la «fantasía
Cuando el calendario del Antroxu se estrecha, el ritmo de la charanga «Xaréu Nel Ñeru» se vuelve frenético y la creatividad no conoce límites. La formación, que este año celebra con orgullo sus 31 años de vida, ha decidido esta edición volver a la «fantasía clásica» carnavalera, después de las apuestas diferentes de años previos y, además, salir para «dejar huella». «Si no, es como los fuegos artificiales si suenan y no te deja volcado; es como que sí, las luces son muy guapas, pero falta ese estruendo que nosotros buscamos en los ritmos y en la explosión del baile», advierte Alfonso Pita, presidente de la charanga.
[–>[–>[–>A la izquierda, Yaiza Morán, Adelaida Élez, Carolina González y Marcos Morán. | MARCOS LEÓN
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Esa búsqueda de la perfección visual y sonora comenzó en el mes de mayo, cuando los primeros diseños, que este año se antojan incluso más ambiciosos que los de 2025. «Toca apretarse los machos», confiesa Pita, que coordina a un equipo que ha hecho de la artesanía su bandera. Una de las señas de identidad innegociables de «Xaréu Nel Ñeru» es que todo, absolutamente todo, se hace en casa. «Hacemos el trabajo de cabo a rabo. No delegamos en ninguna empresa exterior ni en modistas; lo hacemos nosotros por nosotros mismos», explica con orgullo el presidente.
[–> [–>[–>[–>[–>[–>Esta filosofía ha llevado a la charanga a convertirse en un auténtico taller de alta costura popular. Para esta edición, han reforzado su sección de confección con la compra de mejores materiales y máquinas de coser profesionales, aprovechando el «fichaje» de una nueva integrante que domina el arte de la costura.
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El reto a superar no es pequeño: el vestuario de este año rompe la barrera de las 30.000 piezas que manufacturaron para su actuación de hace doce meses. «La cosa siempre se complica, porque decimos que vamos a hacer algo sencillo, pero luego el diseño pide un detalle más, y ese detalle lo multiplicas por 62 personas y es una locura», admite Pita. Es un trabajo de chinos donde han «dado la chapa» de forma literal y se han «enrollado» —en referencia a la temática— hasta lograr el efecto visual que buscan para impactar en el Jovellanos y en las calles de Gijón.
[–>[–>[–>Con 62 integrantes, la charanga ha alcanzado su límite técnico, según se desprende de lo que explica el presidente, que es realista respecto a la capacidad de coordinación y espacio. «Por logística y por la elaboración de los trajes, nos es inviable aumentar más el grupo, aunque nos gustaría», señala. No obstante, ese volumen humano es el que permite crear el «muro de sonido» que les caracteriza.
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De cara a la competición, en «Xaréu» no se ponen techos, pero tampoco se obsesionan con el jurado, aunque han cosechado varios primeros puestos y muchos pódiums en los últimos certámenes. «Cada uno tiene una opinión y nunca sabes si va a gustar, pero nosotros desfilamos para la gente de Gijón», afirma Pita.
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[–>¿El objetivo? Que los gijoneses «flipen» con los ritmos y las coreografías que ensayan casi las 24 horas desde hace meses. Esa «diversión» que salen a buscar los charangueros cada Antroxu es otra de las metas y tiene recompensa. «Notamos el cariño de la ciudadanía cada año y eso empuja mucho», agradece Pita, con ganas de salir de nuevo al asfalto y las tablas para gusto propio y de todos los públicos.
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El estrecho lazo de ser «una familia dentro otra familia»… antroxera
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En la familia de Marcos Morán y Carolina González el Antroxu no es una opción, es una forma de vida. La historia comenzó en 2002, cuando Carolina fue «engañada», como se dice coloquialmente, para entrar en la charanga en un momento en que la formación necesitaba savia nueva. No pasó ni un año cuando ella aplicó la misma estrategia con Marcos, su pareja. «Y mira, hasta hoy», relata Marcos con una sonrisa.
[–>[–>[–>El relevo generacional llegó de forma natural en 2008 con el nacimiento de su hija, Yaiza. «Desde bebé ya tenía su traje y subía al escenario; la verdad es que no tuvo otra opción», bromea su padre. Lo que empezó como una imposición familiar se ha convertido, 18 años después, en una ilusión juvenil que tira de sus padres cuando el cansancio de los quehaceres diarios hace mella. La familia se completa con la abuela, Adelaida Élez, quien se sumó a la aventura en 2004 y es también una de las charangueras con más pedigrí de «Xaréu Nel Ñeru».
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Juntos, representan las tres generaciones que conviven en el local de ensayo, donde no solo hay costuras y trabajo, sino compadreo y «sidras».
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Para los Morán-González, la charanga es mucho más que música y disfraces, es el espacio donde comparten cenas, anécdotas y un «buen rollo» que los mantiene unidos los 365 días del año. «Es una familia dentro de otra familia», concluyen con la alegría de quien sabe que posee algo valioso.
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