«Vienes a por ella o la recibirás en pedazos”
Aquella mañana del 6 de marzo de 2023 Veronika Vlasova pensó que su odisea había finalmente terminado. Todo estaba listo para que su abuela viniera a recogerla de un centro de refugiados para llevársela de vuelta a Ucrania, después de haber pasado un año atrapada en Rusia y lejos de su madre. Pero la celebración no tardó en dejar paso al miedo. A las 11 de la noche se presentaron en el centro tres agentes del FSB ruso para investigar una violación de la que supuestamente había sido víctima. “A mí nadie me había hecho nada, pero la capitana se me acercó y me dijo: ‘o aceptas lo que decimos o te haremos sufrir’”, cuenta ahora a EL PERIÓDICO desde la capital ucraniana. No sabía entonces que durante los dos próximos meses sería interrogada, sometida a exámenes médicos, internada en un hospital psiquiátrico y confinada en un orfanato. Tenía solo 13 años.
[–>[–>[–>Veronika vive ahora en Kiev. Ha cumplido los 16 años y cuenta su historia con una madurez impropia de su edad, sin dramatismo y puntuándola con risas a destiempo. “Cuando estoy nerviosa, me río. Los rusos no lo entendían, les sacaba de sus casillas”, dice levantando la barbilla. Veronika es uno de los 2.000 niños ucranianos que han logrado regresar a casa tras haber sido forzosamente transferidos a Rusia desde los territorios ocupados por los militares del Kremlin o tras quedar empantanados allí por diversas circunstancias, como es su caso. Todo ello con el propósito de ‘reeducarlos’ para borrar su identidad ucraniana, reclutarlos como militares o entragarlos en adopción a familia rusas, según denuncia Kiev y las organizaciones de derechos humanos.
[–> [–>[–>Al menos 20.000 niños ucranianos siguen en Rusia, según diversas estimaciones. “Este es probablemente el mayor secuestro de niños en una guerra desde la Segunda Guerra Mundial, comparable a la germanificación de los niños polacos por los nazis”, ha dicho Nathaniel Raymond, el director del Laboratorio de Investigación Humanitaria de Yale, que ha investigado la cuestión. Tanto Vladímir Putin como Maria Lvova-Belova, la Comisionada para los Derechos del Niño en Rusia, han sido acusados de crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional por su responsabilidad en esta campaña. Desde 2023 pesa sobre ambos una orden de arresto internacional.
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Huida a Rusia
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El interminable viaje de Veronika comenzó el 23 de febrero de 2023, cuando se despidió de su madre en Járkov para pasar la noche en casa de sus tíos y sus tres primos en Borisovka, una aldea ucraniana pegada a la frontera rusa. Aquella madrugada la despertaron las explosiones: Rusia acababa de invadir Ucrania. “En la aldea no había refugios, tuvimos que escondernos en un agujero bajo tierra para las tuberías del agua. Cuando las bombas cesaron, había varios muertos y muchos heridos”, cuenta la niña. Veronika estuvo en contacto con su madre aquellos primeros días, pero no pudieron reunirse. Su madre, que trabajaba como militar en el Ejército desde 2013, había sido movilizada para defender al país.
[–>[–>[–>Sin luz ni agua en la aldea y con las reservas de comida bajo mínimos, sus tíos adoptaron una decision desesperada: ponerse a salvo en el lado ruso de la frontera. “Nos enteramos de que soldados chechenos iban casa por casa interrogando a la gente en busca de familiares de militares ucranianos. Aquello nos convenció para huir”, relata Veronika. A su madre no volvería a verla durante los próximos 13 meses, pero será una pieza clave en este rompecabezas. Si Rusia trató de retenerla en su territorio fue —según ella— para obligar a su madre a viajar hasta allí y detenerla al entrar en el país. El castigo a los soldados ucranianos que luchan contra las tropas rusas desde 2014 ha sido una obsesión constante para los generales del Kremlin. Y una prioridad en las cacerías iniciales de la invasion.
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Adoctrinamiento en la escuela
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Veronika y la familia de sus tíos entraron en Rusia escoltados por los militares de Putin. Hicieron tránsito en Belgorod y de allí fueron transferidos junto a otros desplazados ucranianos hasta un “sanatorio infantil” en la región de Lipetsk, en el suroeste de Rusia, donde pasarían los próximo seis meses. “En el colegio había mucha propaganda. Repetían que Ucrania es parte de Rusia, nos hacían cantar el himno y cuadrarnos frente a la bandera tricolor”, recuerda ahora. “Pero en gran medida nos ignoraban. Fue peor en el siguiente colegio, que tenía más alumnos rusos. Allí nos hacían escribirles cartas a los soldados rusos y nos llamaban ‘banderas‘”, el término equivalente en la jerga rusa a “nazis”, derivado del nombre de un dirigente ultranacionalista ucraniano de la primera mitad del siglo XX,.
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[–>Durante aquellos meses Veronika apenas pudo hablar con su madre. Solo de tanto en tanto lograban comunicarse a través del chat de un videojuego al que solían jugar juntas en tiempos de paz. “Sabíamos que a ella la arrestarían si venía, así que mandó a mi abuela”.
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— ¿Y tus tíos, por qué no te sacaron?
[–>[–>[–>— Yo no lo sabía entonces, pero el FSB —sucesor del KGB— se había puesto en contacto con ellos. A mí tío se lo llevaron al bosque y le dieron una paliza.
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La misión de la abuela fracasó cuando el espionaje acusó falsamente a Veronika de haber sido víctima de una violación. Legalmente ya no podía salir del país, al ser parte de un caso penal abierto. Veronika dice que nunca firmó la declaración reconociendo haber sido víctima del supuesto crimen, pero sí permitió que la examinara un médico y, durante las semanas siguientes, fue repetidamente interrogada y coaccionada en comisaría. “Una vez estuve allí siete horas, pero no me preguntaban sobre la presunta violación, sino sobre mi madre”, recuerda.
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Hospital psiquiátrico
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Frustrados por la escasa cooperación de la niña, Veronika fue enviada a un hospital psiquiátrico durante algo más de dos meses en la primavera de 2023. Acababa de cumplir 14 años. “En las entrevistas con los psicólogos y los psiquiatras me di cuenta de que lo sabían casi todo de mi biografía, pero su verdadero interés seguía siendo mi madre”.
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El 19 de abril llegó la policía acompañada de unos trabajadores sociales y se la llevaron a uno de los temidos orfanatos rusos. Durante las dos semanas que estuvo allí, una la pasó en aislamiento, sin poder salir de la habitación excepto para ir al baño. “Creo que me llevaron allí para que mi madre se asustara, viniera a recogerme y así poder arrestarla”. Para entonces, sostiene, el FSB ya había contactado con su progenitora: “le dijeron que venía a por mí o me recibiría en pedazos”.
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Pero entonces todo dio un giro inesperado. El 28 de abril la madre de Veronika declaró en una sesión informal del Consejo de Seguridad de la ONU para abordar la deportación ilegal de los niños ucranianos. “Mi hija Veronika está retenida como rehén en la Federación rusa”, dijo su madre, Nina Vlasova. “La comunidad internacional debe detener hoy mismo el abuso de una niña de 14 años”. Solo unos días antes la CPI había emitido la orden de arresto contra Putin y Lvova-Belova y su declaración fue ampliamente recogida por los medios rusos.
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Ahora sí el Kremlin estaba dispuesto a aflojar y a dejarla marchar. No sin antes tratar de darle la vuelta a la historia, en una de esas manipulaciones marca de la casa. “Hoy es un día feliz”, escribió Lvova-Belova en su canal de Telegram el 19 de mayo de 2023 tras recibir a Veronika y su abuela en Moscú, poco antes de su repatriación. “Una nueva familia ha sido reunida”, apostilló la mujer acusada de coordinar la campaña de secuestros de los niños ucranianos.
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