Amor a China en las redes sociales
Si tu aspiración vital es un cigarro rubio, cerveza fría y hamburguesa, una guitarra y un descapotable, eres un ‘boomeri irremediable. Lo ‘cool, trendy y fashion’ es trasegar té de jazmín, desentumecer los huesos con taichí en ayunas, descalzarse en casa, pescar tus viandas en ollas calientes y cocinar empanadillas en Año Nuevo. La ‘American way of life’ ha muerto, larga vida a la era china. Las redes sociales en Occidente, y especialmente en Estados Unidos, certifican el cambio de paradigma. Los internautas cuelgan sus experiencias iniciáticas con etiquetas como “Me has conocido en una etapa muy china de mi vida” o “he sido diagnosticado como chino”. Lo resume Sherry Zhu, sinoamericana veinteañera, quien desde New Jersey aceita la transición de sus 800.000 seguidores de Tiktok a “chinos malotes”: “Mañana te conviertes en chino. Sé que suena inquietante, pero no tiene sentido resistirse”.
[–>[–>[–>El penúltimo fenómeno viral se llama ‘Chinamaxxing’, algo así como la sinización entusiasta y sin bridas. No es nuevo el orientalismo. Antes ya se admiraron los rituales milenarios y el epatante futurismo de Japón. El K-pop, el cine, las series televisivas y la cosmética pusieron en el mapa a Corea del Sur. Pero China es una dictadura que le discute la primacía global a Estados Unidos como décadas atrás lo hizo la Unión Soviética. Y, sin embargo, las simpatías se disparan entre la juventud. Los menores estadounidenses de 34 años tienen una opinión mucho más favorable de China que los mayores de 50 años, según un estudio del instituto New Pew Research.
[–> [–>[–>Aterriza el ‘Chinamaxxxing’ tras una de las épocas más sombrías. La pandemia del coronavirus desató la sinofobia latente en Occidente. La prensa y Donald Trump, que habló del virus’ kung-flu’, contribuyeron a las agresiones de asiáticos en Estados Unidos. Las amenazas de bloquear Tiktok catalizaron el cambio el pasado año. Miles de internautas migraron a Xiaohongshu, la principal plataforma china, y el fin de los compartimentos estancos acercó a los continentes. Ayudó también la visita a China el pasado año de IShowSpeed, con 50 millones de seguidores en Youtube, quien desbrozó la senda al gremio de ‘influencers’ occidentales. Poco después levantó Pekín la exigencia de visado a ciudadanos de buena parte del planeta.
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Turistas e internautas han descubierto una China insospechada. Chongqing, la macrourbe ciberpunk de miles de alturas y trenes que atraviesan edificios de viviendas. Shenzhen, una aldea de pescadores cuarenta años atrás y cuna de la robótica y la inteligencia artificial chinas. Ciudades futuristas con androides sirviendo comida y drones repartiendo paquetes. Es inevitable sentir el futuro en un tren bala que une las ciudades del país en un suspiro si vives en la primera potencia del mundo y careces de un solo kilómetro de alta velocidad. Se maravillan los internautas caminando por calles limpias, ordenadas y seguras a cualquier hora, llenando bolsas en el supermercado a precios irrisorios, descubriendo lo barata que es la educación y la sanidad o que el 90 % de los chinos tiene su vivienda en propiedad. En los elogios hacia China en las redes sociales transpiran las crítica a Estados Unidos.
[–>[–>[–>Admiración versus desafección
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Sostienen los sociólogos que en el fenómeno convergen la admiración a una y la desafección a otra. La hostilidad contra la migración, la violencia, las tensiones raciales y las desigualdades sociales arruinan la imagen del que fuera el faro global. Tampoco ayuda un presidente que viola el derecho internacional, niega el cambio climático y fríe a los aliados con aranceles.
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De un país largamente asociado a las manufacturas baratas y las falsificaciones salen ahora vibrantes gigantes tecnológicos como BYD, Huawei o Xiaomi. Celebridades de Hollywood son fotografiados con peluches Labubu, zapatillas maoístas Feiyue o la cazadora Adidas con botonadura de la dinastía Tang. Los internautas hierven manzanas y copian otros remedios tradicionales para la salud. No lamenta China la apropiación cultural sino que aplaude la súbita atracción. En el poder blando, definido por el politólogo Joseph Nye como la capacidad de un país para que el resto desee lo que tiene, China ha dado un gran salto adelante. La asfixiante censura le impide aún producir aún una película de consumo masivo pero entre sus grietas se filtra el género propio de los microdramas. Son grabaciones de uno o dos minutos en vertical, idóneos para los móviles y la IA. La plataforma china Reelshort rondaba las 370 millones de descargas en Google Play el pasado año.
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[–>Tan simplistas y fragmentados son los entusiastas retratos de los ‘influencers’ como aquel de una atroz dictadura consumida por la contaminación y siempre al borde del colapso. La juventud china sufre un desempleo del 16 %, el doble que el estadounidense, y la ansiedad por las obligaciones sociales y laborales. En algún lugar entre la utopía de Thomas More y el infierno de Dante está China. Sirve este Chinamaxxxing para que el mundo conozca una cultura milenaria, vasta y, al menos, tan atractiva como la estadounidense.
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