La geología en la visita de Trump a Xi Jinping
A buen seguro, el viaje del presidente de Estados Unidos a China realizado recientemente tiene múltiples propósitos geopolíticos, entre los que se encuentran la enquistada guerra de Irán o el desbloqueo del estrecho de Ormuz a la navegación petrolera, adornados con algún tipo de triunfo escenográfico del magnate norteamericano, pues en el fondo subyace pasar página de una larga etapa de creciente rivalidad estratégica, además de maquillar la estruendosa guerra arancelaria ―derrotada por la capacidad coercitiva china mediante las restricciones a la importación de «tierras raras»― hasta encubrir la cadena de estrepitosos fracasos internacionales trumpistas. Bajo la aparente cordialidad mostrada entre ambos líderes, la cumbre se desarrolló bajo el peso de profundos desacuerdos estructurales: aranceles elevados, restricciones y tensiones tecnológicas y una desvinculación comercial bilateral muy friccionada. No obstante, entre los fines propuestos ocupó un lugar prominente la geología, pues el emergente país oriental domina el comercio de minerales críticos imprescindibles para hacer sobresalir a la nación americana en el ámbito ingenieril.
[–>[–>[–>En efecto, el presidente de la República de China desde hace 13 años, un flemático e imperturbable ingeniero químico llamado Xi Jinping, es el máximo responsable de la explotación de las «tierras raras» (un 70%) y de su refinado y procesamiento (más del 90 %). Tal grupo de elementos químicos, esenciales para las tecnologías modernas, se convertirán casi seguro en un recurso decisivo comparable a los hidrocarburos en la actualidad. Constituyen una materia prima esencial para muchas aplicaciones estratégicas: turbinas eólicas, telefonía móvil, informática, coches eléctricos, radares, misiles y otras industrias militares.
[–> [–>[–>Desde los años 80 del pasado siglo, China está intensificando las actividades mineras y metalúrgicas de estas materias, hasta desarrollar un dominio competitivo, no exento de altísimos impactos ambientales. De las 130-160 millones de toneladas de las reservas de óxidos de tierras raras que el Servicio Geológico de EE.UU. estima que existen, unos 44 millones pertenecen a China ―con una producción de 270.000 toneladas anuales (de un total de 390.000 toneladas mundiales), estado que domina gran parte del refino, la separación química y la fabricación de imanes y otros componentes tecnológicos. Los yanquis se encuentran en un escalón muy inferior, con unas reservas de 1,9 millones de toneladas y una producción de unas 51.000 t/año, lo que solo representa un 13 % del suministro global, es decir, insuficiente para sus necesidades, por lo que prosigue su dependencia de Pekín.
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El yacimiento más destacable en China ―el mayor existente a escala mundial― se encuentra en Mongolia Interior («distrito minero de Bayan Obo»). Es rico en el fosfato monacita (con cerio, lantano y neodimio) y el fluorocarbonato bastnasita (con cerio, lantano e itrio), considerados como una de las principales menas de las tierras raras; representa una de las áreas más contaminadas del mundo. Otro depósito importante es el ubicado en la provincia Sichuan («mina de Maoniuping»), el segundo más grande de las tan demandadas sustancias.
[–>[–>[–>Estados Unidos explota el yacimiento de «Mountain Pass» en California (rico en bastnasita, con lantano, cerio, neodimio y europio) y «Round Top» en Texas (incluye todas las tierras raras pesadas, además de metales esenciales), donde se han realizado importantes inversiones federales para reforzar la producción, con el incentivo de asegurar un regular suministro interno. Sin embargo, disponer de mineral en el subsuelo no es suficiente, se precisa convertirlo en materiales útiles e imanes permanentes y ahí radica la descomunal ventaja asiática.
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En resumen, los mandamases de la Casa Blanca están sometidos al dominio del mercado mandarín dada su dependencia de determinados elementos minerales de primera necesidad técnica. China controla la cadena industrial de las tierras raras, con una diferencia abismal respecto al resto de países, lo que representa un pilar primordial del poder geopolítico y económico que ostenta hoy día.
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