nuevas reglas para la batalla por el suelo de la ciudad eterna
Roma es desde hace décadas —sino siglos— una trinchera invisible donde el pasado y la especulación se disputan cada metro cuadrado de adoquín. Vivir hoy en sus calles, esquivando el infierno estancado del tráfico, legiones de motos y las trampas lunares de las aceras, es el suplicio cotidiano de 2,7 millones de habitantes. Una ciudad que recibe cada año cerca de 50 millones de turistas y que, sin embargo, no ha sabido resolver las contradicciones que la asfixian desde dentro: la lotería de transporte público, la proliferación de pisos turísticos y una burocracia que a menudo convierte cualquier papeleo en una expedición al Ártico. Por eso, el anuncio de esta semana de que la Junta de la capital italiana ha aprobado el paquete de medidas para diseñar las nuevas Normas Técnicas de Actuación (NTA) del Plan Regulador General de la ciudad no es un mero trámite de ventanilla.
[–>[–>[–>Será, si todo sale bien, el primer paso hacia el fin de casi dos décadas en las que la capital ha cambiado de piel, vicios y alcaldes —de Walter Veltroni a Gianni Alemanno, de Ignazio Marino a Virginia Raggi y al actual Roberto Gualtieri—, pero cuyas reglas del juego parecían momificadas. Desde 2008, el mapa sobre el que se dibuja el destino inmobiliario de esta maqueta caótica no se tocaba. El objetivo es que ya no sea así.
[–> [–>[–>El dique
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El texto aprobado, que ahora inicia su lento peregrinaje por los 15 distritos (Municipi) y la Comisión Urbanística antes de encallarse o florecer en el Aula Giulio Cesare para la aprobación definitiva, pretende funcionar como un dique. En Roma, el suelo agrícola de la periferia ha sido siempre una tentación perenne para el cemento y la especulación. La capital italiana tiene una de las densidades urbanísticas más bajas entre las grandes metrópolis europeas —apenas 2.200 habitantes por kilómetro cuadrado, frente a los más de 20.000 de París intramuros—, lo que durante décadas ha alimentado la expansión horizontal, el sprawl descontrolado de urbanizaciones que engullen el Agro Romano sin red de metro ni autobús que las conecte con el centro.
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Atardecer en el barrio de Trastevere de Roma, con alquiler de scooters y bicicletas en una acera. / LAURA PUIG
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Por ello, la reforma proclama ahora con solemnidad el «bloqueo del consumo de suelo», una declaración que en la práctica busca obligar a los constructores a mirar hacia dentro: a la herida abierta de los polígonos abandonados, los depósitos obsoletos y los esqueletos de hormigón que jalonan el anillo de circunvalación. Rigenerazione urbana, lo llaman en los despachos romanos, una palabra fetiche que suena limpia pero que implica meter el bisturí en intereses muy asentados. Solo en el cuadrante oriental de la ciudad, entre Tor Cervara y Pietralata, se contabilizan decenas de hectáreas de suelo industrial en desuso que llevan años esperando una reconversión que nunca termina de llegar.
[–>[–>[–>Patrimonio de la Humanidad
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Por su parte, el centro histórico —declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1980 junto con las propiedades extraterritoriales de la Santa Sede— se ha convertido en los últimos años en un decorado temático. Un parque de atracciones vaciado de romanos por la presión del turismo masivo y los alquileres de corta estancia. Plataformas como Airbnb gestionan en la ciudad más de 30.000 anuncios activos, según estimaciones del sector, concentrados en gran medida en los rioni históricos de Trastevere, Monti y el entorno del Panteón, donde el precio medio del alquiler residencial se dispara hasta los 25-30 euros por metro cuadrado al mes, cifras que hace 10 años resultaban impensables. También ese frente ha sido puesto en el punto de mira. Las nuevas normas aseguran que intentarán forzar el camino de vuelta: favorecer la «residencialidad» y el desarrollo de vivienda pública o social (housing sociale). La música suena bien, pero cualquiera que sufra los servicios mínimos de la ciudad sabe que la distancia entre la norma y el asfalto la miden los tribunales y los recursos. Será uno de los obstáculos más duros a superar. Pero no el único.
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Moverse por Roma exige hoy una resignación de fondo. El sistema de metro cuenta con apenas tres líneas para una ciudad de 1.285 kilómetros cuadrados —la mayor en extensión de la Unión Europea—, y las obras de la línea C, inaugurada parcialmente en 2014, acumulan retrasos y sobrecostes que ya superan varias veces el presupuesto inicial. En ese vacío se han colado los 400.000 motorini (scooters y motocicletas), que convierten cualquier semáforo en una negociación tácita y los carriles bici, donde los hay, en una ruleta rusa. A ellos se suman los miles de patinetes y bicicletas de alquiler que proliferaron tras la pandemia y que yacen ahora volcados sobre las aceras como restos de un naufragio urbano mal gestionado.
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Una calle empinada en el barrio de Monteverde de Roma. / LAURA PUIG
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Avalancha de enmiendas
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Quizá por eso, para armar este blindaje normativo, los técnicos municipales han tenido que digerir una avalancha de 1.075 observaciones presentadas por comités vecinales, colegios profesionales, partidos de la oposición y ciudadanos de a pie. Todos querían su pedazo de enmienda en el mapa. El punto de partida no es bueno, ni una percepción exagerada: el último balance socioeconómico de la prestigiosa clasificación Qualità della vita del diario económico Il Sole 24 Ore sitúa a la capital en una mediocre posición media a nivel nacional, hundida de forma dramática en el furgón de cola —el puesto 98 de 107 provincias— cuando se mide específicamente el bienestar y las oportunidades de sus ciudadanos jóvenes.
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Aún así, ante el escepticismo de la calle, las autoridades se han dicho convencidas de su decisión. Así lo ha explicado el alcalde, Roberto Gualtieri. «Hemos construido un proyecto estratégico capaz de conciliar el desarrollo económico, la inclusión social y la sostenibilidad ambiental. Roma dispondrá de más herramientas urbanísticas para regenerarse«, ha dicho. Con más pompa aún, el concejal de Urbanismo, Maurizio Veloccia, ha enviado el mismo mensaje asegurando que se da «un paso decisivo para aprobar las nuevas reglas del desarrollo urbano». Es, según él, «el resultado de un trabajo largo, complejo y fructífero para demostrar que es posible conjugar el desarrollo de la ciudad con la protección de su inestimable patrimonio histórico, paisajístico y arqueológico». Habrá que ver si los romanos también esta vez sobreviven a los baches.
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