La letra pequeña de un Ibex en 20.000 puntos
El Ibex 35 se acerca a los 20.000 puntos y esta vez conviene no empezar con el gesto cansado del escéptico profesional. Es un hito histórico.
Lo es para la Bolsa española, para las empresas que han sostenido la subida y para un mercado que durante demasiados años vivió instalado en una especie de segunda divisiónSiempre obligado a justificar por qué no corrió como Alemania, por qué no brilló como Estados Unidos o por qué no encontró su propia historia más allá del dividendo.
Alcanzar los 20.000 puntos no convierte al Ibex en el Nasdaq, pero tampoco es una anécdota.
La subida también tiene un mérito que se aprecia mejor desde fuera que desde dentro. España no es una de las grandes decisiones naturales del inversor global.
En las billeteras internacionales, el dinero se distribuye primero entre Estados Unidos y el resto del mundo. España rara vez ocupa una plaza autónoma.
Alcanzar los 20.000 puntos no convierte al Ibex en el Nasdaq, pero tampoco es una anécdota.
Entrar dentro de Europa, dentro de los bancos, dentro de los dividendos, dentro de la periferia,
Por eso el Ibex en 20.000 no es sólo un número bonito. También es una prueba de que un mercado que no suele estar en el primer mapa de asignación global de activos ha conseguido volver al escaparate.. Por tanto, procede conceder este punto.
La bolsa española ha recobrado una fortaleza y una dignidad que no siempre fue reconocida.
El inversor que compró España cuando nadie quería ha tenido su recompensa. Quien apoyó a los bancos cuando los tipos eran una sentencia ha visto cómo se convierten en una fuerza impulsora. Cualquiera que haya soportado una década de frustración puede mirar la pantalla con cierta satisfacción.
Los récords se explican por los beneficios, la disciplina de capital, las recompras, los dividendos y por un entorno macroeconómico que, con todas sus imperfecciones, ha permitido a España crecer mejor de lo que muchos esperaban.
Según BME Six, Los inversores internacionales poseían el 48,7 por ciento del valor de mercado de las cotizadas españolas a cierre de 2024por debajo del pico del 50,3 por ciento alcanzado en 2022.
La presencia extranjera sigue siendo alta, pero no describe una reciente avalancha de capital global enamorado de España. Al mismo tiempo, élLos hogares han reducido su participación a niveles históricamente bajospor debajo del 16 por ciento. La foto es menos romántica que el titular.
El Ibex no sube porque el pequeño accionista español haya reconquistado la Bolsa ni porque Londres, Nueva York o Singapur hayan decidido que Madrid sea el nuevo gran relato europeo.
Según BME Six, los inversores internacionales poseían el 48,7 por ciento del valor de mercado de las cotizadas españolas a finales de 2024, por debajo del máximo del 50,3 por ciento alcanzado en 2022.
Sube, en gran parte, porque el dinero institucional y los productos bancarios han encontrado en el índice español una forma eficaz de captar una tendencia que ya estaba en marcha.
Ahí es donde aparece la primera letra pequeña. Cuando un gestor presume de rentabilidades de dos dígitos en un fondo ibérico, no siempre está contando una historia de valor.
Compró el mercado español, compró bancos, se benefició de la dirección del índice y luego lo vendió como gestión activa con comisión de gestión activa. No es un pecado. Es un negocio.
Pero conviene no confundir una exposición bien empaquetada con una lectura en profundidad del capitalismo bursátil.
El segundo matiz está en la comparación histórica. El Ibex superó por primera vez los 10.000 puntos en marzo de 1998. Casi tres décadas después, acercarse a los 20.000 parece una gran victoria, pero también nos recuerda lo difícil que ha sido para la bolsa española generar una trayectoria sostenida respecto a otros grandes mercados europeos.
El gráfico comparado desde 2000 lo muestra claramente. Alemania ha jugado en una liga diferente, Francia ha tenido una racha más sólida e incluso Italia, con todas sus fragilidades políticas y fiscales, ha ofrecido una lectura menos consciente de su mercado en los últimos años.
España llega a lo más alto, sí, pero llega después de mucho tiempo viendo cómo otros índices convertían la paciencia en capital.
La explicación no está sólo en la economía. Está en la composición. El Ibex es un índice estrecho y concentrado con una enorme dependencia de unos pocos sectores.
El Ibex es un índice estrecho y concentrado con una enorme dependencia de unos pocos sectores.
El banco ha sido decisivo. Según nuestros datos de mercado, el Ibex 35 Bancos muestra una correlación de rentabilidad con el Ibex 35 desde marzo de 2013 del 88 por ciento.
Es una cifra lo suficientemente elocuente como para no necesitar demasiada literatura. En España, vencer al Ibex sin bancos requiere casi actos heroicos.
Esto no perjudica a los bancos. De lo contrario. Han mejorado la rentabilidad, han reconstruido capital, han remunerado a los accionistas y han sabido aprovechar el ciclo de tipos de interés. La pregunta es otra.
Si el historial del Ibex depende excesivamente de los bancos, entonces el historial dice mucho de los bancos y mucho menos de España. Dice poco del tejido empresarial que sustenta el empleo, el turismo, los servicios, la hostelería, las pequeñas y medianas empresas exportadoras o la nueva economía que apenas aparece en el índice.
El turismo aportó el 12,6 por ciento del PIB español en 2024, según el INE, pero su traslación directa al mercado bursátil es mínima. La economía real que más se ve en las calles no es necesariamente la que más pesa en la pantalla.
Por eso conviene desconfiar de una frase muy repetida en el pasado, esa idea de que invertir en la Bolsa española era invertir en España. No exactamente.
Invertir en Ibex es invertir en una selección concreta de España. Una selección legítima, pero también concentrada, regulada, bancarizada y muy expuesta a la política.
Hay grandes empresas, sin duda. Inditex juega en otra dimensión. Pero alrededor hay eléctricas pendientes del regulador, concesionarias pendientes del ciclo público, bancos pendientes de tasas, impuestos y capital, y empresas estratégicas sujetas a injerencias políticas cada vez menos disimuladas.
Invertir en Ibex es invertir en una selección concreta de España. Una selección legítima, pero también concentrada, regulada, bancarizada y muy expuesta a la política.
Los 20.000 puntos merecen la portada. Sería injusto negarlo. Son el resultado de beneficios, dividendos, paciencia inversora y recuperación de valoraciones. Pero también merecen una advertencia.
El Ibex puede estar en su punto más alto y, aun así, no ser un espejo fiel de España. Puede celebrar un máximo histórico y seguir siendo un índice demasiado dependiente de los bancos.
Puede ofrecer una rentabilidad magnífica y, al mismo tiempo, dejar fuera a buena parte de la economía que explica el crecimiento del país.
Ésa es la paradoja. El Ibex vuelve a tener relevancia, y eso es una buena noticia. La milonga comienza cuando se pretende convertir esa relevancia en una demostración completa de fortaleza nacional.
Los 20.000 puntos son un éxito bursátil, no una absolución económica. Es recomendable celebrarlos, pero con la copa en una mano y la composición del dedo índice en la otra.
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí