Economia

Un país empeñado hasta las trancas

Un país empeñado hasta las trancas
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  • Publishedjulio 6, 2026




En un reino lejano, el rey Presupuesto salía cada viernes al balcón con una sonrisa cansada y una carpeta llena de promesas en forma de ayudas, bonificaciones, cheques, derechos y sacrificios siempre aplazados. Desde un camino para los impacientes, hasta una ayuda para los enfadados, un subsidio para los nostálgicos, un pago para los que habían trabajado toda la vida y otro para los que aún no habían empezado. La gente aplaudió, porque todo era gratis.

En el sótano del palacio vivía la señora Deuda, que al principio era pequeña, casi doméstica, dormía en un rincón, vivía de modestos déficits y no molestaba a nadie, pero luego creció hasta ocupar una habitación, luego un pasillo y finalmente un piso entero. Los ministros lo llamaron “escudo social”, pero un día el relojero del pueblo, un hombre flaco llamado Señor Sentido Común, se atrevió a preguntar quién pagaría eso y alguien indignado por la pregunta gritó que serían los ricos y Europa y otro dijo que lo haría el crecimiento futuro.

Mientras tanto, en la parte alta del pueblo, en una casa humilde, vivía Julián, un jubilado que había trabajado cuarenta años, no pedía lujos, pedía cobrar su pensión, encender la calefacción en invierno y comprarle un cuento a su nieta Clara cuando venía a verlo los domingos, tenía ocho años y una alcancía. Un día ella le preguntó cuál era la deuda pública y Julián, en silencio, miró la alcancía de la niña y pensó que aquel país llevaba años metiendo la mano en la alcancía de Clara sin pedirle permiso y sin que ella lo supiera.

Mientras tanto, en televisión, un ministro hablaba pausadamente, con esa solemnidad de quien nunca ha pagado una factura con su propio miedo y explicaba que todo estaba garantizado, que las pensiones eran intocables, que el futuro estaba asegurado y que la deuda era sostenible. Nadie preguntó hasta cuándo ni a costa de quién porque esa era la gran mentira del reino, hacer creer a los mayores que defender sus pensiones consistía en negar los números, y hacer creer a los jóvenes que aún había tiempo. Y ese era el verdadero drama, no que un jubilado cobrara su pensión, sino que un país entero hubiera decidido financiar su tranquilidad actual empeñándose en la infancia de sus nietos.

En lo que va de año, la deuda pública ha aumentado en 40.000 millones de euros y la Seguridad Social recibió más de 50.000 millones en 2025 por transferencias del Estado cada vez más endeudado, pese a lo cual sigue teniendo un déficit actual de más de 7.387 millones y un déficit estructural de 60.000 millones, lo que apunta a futuros recortes en las pensiones y endurecimiento de las condiciones de jubilación.

Muchos jóvenes piensan que no tendrán una pensión digna cuando se jubilen y muchos expertos piensan que el sistema de pensiones es deficitario porque las prestaciones son muy altas, pero la realidad es que las pensiones no están en peligro porque los jubilados ganen demasiado, sino porque los gobernantes han preferido vender la tranquilidad presente antes que construir solvencia futura. El verdadero enemigo de las pensiones no es el pensionista, sino la deuda convertida en hábito, el déficit convertido en anestesia y la cobardía política disfrazada de escudo social.

No podemos proteger las pensiones aumentando el importe de la deuda pública, destruyendo el futuro de quienes tendrán que pagarlas, ni podemos confundir derechos con magia ni llamar a la justicia social a gastar hoy lo que otros tendrán que devolver mañana con intereses.

La tragedia no es que los mayores reciban una pensión, sino que nadie quiere decirles que el sistema, para ser sostenible, necesita empleo, productividad, natalidad y cuentas serias, no pancartas, decretos y discursos con música de violín. Defender las pensiones no consiste en prometer subirlas, sino financiarlas mejor, pero eso requiere valentía, algo que cuesta poco en política.



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