Nos salvan los productos de temporada, bonito o bocarte, que son más económicos
El consumo de pescado en España lleva más de una década en descenso. Según los últimos datos expuestos por la Federación Nacional de Asociaciones Provinciales de Empresarios Detallistas de Pescados y Productos Congelados (Fedepesca), en Asturias se ha pasado de consumir casi 30 kilos de pescado por persona y año a apenas 22, una caída del 26% en los últimos doce años. Ante esta circunstancia, en las pescaderías asturianas conviven dos realidades. Hay quienes aseguran que el descenso del consumo se percibe claramente desde hace años y otros, especialmente en las zonas más pegadas a la costa, donde la demanda apenas ha cambiado y el pescado fresco sigue teniendo una clientela fiel.
[–>[–>[–>El bonito y el bocarte salvan la principal plaza pesquera de la región
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Es el caso de Pescados Juanín, en Avilés, la principal plaza pesquera de Asturias, el descenso es evidente: «Ha disminuido bastante«. Eso sí, matizan, el comportamiento del mercado depende mucho de la temporada. Ahora, por ejemplo, el bonito y el bocarte atraviesan uno de sus mejores momentos y las ventas responden porque «están de temporada y son más económicos». Aun así, aseguran que el volumen de trabajo ya no es el de hace unos años: «Antes casi se podía coger vacaciones; ahora da igual cuándo las cojas porque apenas hay trabajo».
[–> [–>[–>Una visión muy distinta tiene Samuel Guillén, de Casapesca, también en Avilés. Él asegura que, al menos en su negocio, no ha notado esa caída del consumo. «No estoy de acuerdo con lo que dice Fedepesca», afirma. A su juicio, el hecho de trabajar en una zona costera marca la diferencia y hace que el pescado siga ocupando un lugar habitual en la cesta de la compra.
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Donde sí encuentra consenso el sector es en otro problema: el cierre de pescaderías. Asturias ha perdido cerca de la mitad de estos establecimientos desde 2015 y, aunque a corto plazo eso puede beneficiar a quienes permanecen abiertos, los propios profesionales advierten de que el impacto a largo plazo es negativo. «Al final te beneficia porque vendes más a nivel individual, pero es peor porque cada vez hay menos pescaderos y es más difícil encontrar gente para trabajar«, señala Guillén, que pone el foco en la falta de relevo generacional.
[–>[–>[–>Precios elevados y competencia
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Desde Pescados Paco, en Oviedo, la percepción es más cercana a la de Fedepesca. Uno de sus empleados confirma que el consumo ha bajado, aunque algunas especies tradicionales siguen manteniendo una demanda estable. «La merluza resiste bastante, igual que el bocarte o la parrocha», explica.
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En su opinión, detrás de esa pérdida de consumo pesa, sobre todo, el bolsillo. «Subió un poco el precio del pescado y eso se nota», asegura. A esa circunstancia añade la competencia de las grandes superficies. Recuerda que las pescaderías de barrio soportan unos costes que un supermercado no tiene en la misma medida. «Nosotros tenemos que ir a la rula, comprar el pescado, traerlo… La frescura es diferente y eso también hay que pagarlo«, resume. Sobre el cierre de establecimientos, considera que la cifra de una reducción del 45% en la última década es «perfectamente posible».
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[–>Una posición intermedia aporta Germán Riesgo, de Pescados y Mariscos Noyger, en Gijón. En su caso, reconoce que el descenso general del consumo existe, aunque asegura que en su negocio apenas lo han percibido. «Nosotros no lo hemos notado porque trabajamos con un producto bastante elitista», explica. Y reconoce que el cierre de pescaderías sí tiene un efecto directo sobre los negocios que continúan abiertos. «Al final, cuando una pescadería cierra, esa clientela se reubica entre las que siguen abiertas», explica.
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Riesgo cree que detrás de la caída del consumo hay una combinación de factores económicos y sociales. «El tema económico es importante, pero también han cambiado las costumbres y las prioridades de la gente», sostiene. En ese sentido, rechaza que el precio sea la única explicación. «Pescados hay caros y baratos, hay especies muy económicas. El problema es que comer bien y variado ya no es una prioridad para mucha gente», concluye.
[–>[–>[–>Un cambio de hábitos con consecuencias para la salud
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Más allá de su impacto en el comercio, el descenso del consumo preocupa también desde el punto de vista de la salud. El dietista-nutricionista Ramón de Cangas recuerda que el pescado constituye la principal fuente de ácidos grasos omega-3 de cadena larga, especialmente DHA (ácido docosahexaenoico) y EPA (ácido eicosapentaenoico), nutrientes estrechamente relacionados con la salud cardiovascular, el funcionamiento del cerebro y el metabolismo.
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«Cuando disminuye el consumo de pescado también disminuye la ingesta de estos ácidos grasos y, por tanto, perdemos las ventajas que aporta su consumo habitual», explica. Esa reducción añade, puede traducirse en un mayor riesgo de deterioro cognitivo y favorecer la aparición de determinadas patologías.
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Cangas subraya que los beneficios no se limitan al pescado azul. Aunque este concentra una mayor cantidad de omega-3, recuerda que el pescado blanco también tiene un papel importante dentro de una alimentación equilibrada. «Es una excelente fuente de proteínas de alta calidad, además de aportar vitaminas y minerales, con un aporte calórico relativamente bajo«, señala.
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El especialista advierte además de un efecto indirecto que suele pasar desapercibido. «Cuando se come menos pescado, normalmente ese consumo se desplaza hacia la carne«. Y, aunque insiste en que la carne «no es un alimento malo«, sí recuerda que un consumo elevado puede asociarse a determinados riesgos para la salud.
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Por ello, defiende recuperar el patrón de alimentación que tradicionalmente ha caracterizado a España. «La dieta mediterránea, que sigue siendo nuestro modelo de referencia, recomienda consumir pescado con mayor frecuencia que carne a lo largo de la semana», concluye.
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