El feo de Argentina
Los partidos de fútbol, toda competición reñida, en realidad, lleva las emociones al límite y con la intensidad del momento a más de uno se le escapa un mal gesto, una pierna, un insulto. Las tarjetas rojas y amarillas de los árbitros dan fe de las malas conductas en el campo, también algunas tácticas sucias para desconcentrar al rival. La final del Mundial entre España y Argentina puede haber dado grandes satisfacciones a los aficionados al fútbol, entusiasmo máximo para unos y desconsuelo para otros, pero lo que más se recordará del encuentro, amén del gol de Rodri y el último gran partido que no pudo ganar Messi, es es la violencia desatada durante el juego, merecedora de reproches internacionales, el feo al final del encuentro del futbolista argentino Leandro Paredes, en una rabieta impropia que tomó como diana a Gavi tras el pitido final y que acabó en tangana. No es solo testosterona mal gestionada de lo que hablo, como lo demuestra el último desdén de la escuadra argentina, que dio la espalda ostentosamente a la justa ganadora en el momento de la foto oficial.
[–>[–>[–>El fútbol, sobre todo determinadas escuelas de fútbol y muy singularmente algunos jugadores, deberían hacerse mirar lo del comportamiento antideportivo en tiempos en que las audiencias son masivas, la proyección del deporte supera el precio del resultado en el marcador. No tiene ningún sentido en una competición que cada vez es más un negocio, sí, pero que se esfuerza en preservar unos valores con plena conciencia del impacto que tiene en una sociedad cada vez más global que amplifica mensajes a través de redes sociales.
[–> [–>[–>Por eso, chirría tanto el contraste de este domingo. ¿Qué sentido tiene una alianza de la FIFA con la ONG Global Citizen para recaudar fondos benéficos, si ese mensaje viene envuelto en 90 minutos poco ejemplares? ¿Cómo se sostiene una media parte excepcional, con niños sobre el césped y estrellas como Madonna o BTS rebajando caché por una causa solidaria, si el rival derrotado opta por exhibir sin pudor su mal perder?
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El show integral del Mundial debería mover conciencias. Porque si el fútbol quiere de verdad ser altavoz de justicia social, no basta con un entretiempo benéfico: hay que empezar por exigir ejemplaridad en los 90 minutos que de verdad importan.
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