A tiros con la ordinalidad
El cine de acción es la esencia del séptimo arte. Se trata de un género que abarrota salas y que es capaz de hacernos pasar dos horas como si nada, mientras devoramos unas buenas palomitas. Sabemos que lo que ocurre en la sala pertenece al reino de la ficción, y que al salir del cine alguno de los muertos por disparos en el salón pueden estar tomando una cerveza en una cafetería cercana.
[–>[–>[–>Sin embargo, cuando los tiros se producen en la realidad, las palomitas ya no son tan fáciles de tragar. Y, por lo común, acaban dejando un regusto amargo en la garganta, sobre todo cuando pasamos del lejano Far West al cercano oeste de la política.
[–> [–>[–>Ejemplos hay de sobra todos los días. Basta con abrir los ojos sin rubor o con asomarse a cualquier medio de comunicación. No faltan nunca protagonistas o secundarios que no quieren perderse su aparición en los títulos de crédito. Si bien, no en todos los casos se asoman del mismo modo a la pantalla, dado que hay quienes aprovechan la institucionalización y mercantilización del arte en esta sociedad capitalista, sin importarles nada la verosimilitud de cada parte del guion.
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Estos días sigue abarrotando las salas la cinta que trata sobre la ordinalidad, un tema que bien trabajado puede producir unos ingresos importantes en taquilla. «F for Fake» (1973), de Orson Welles, es un ensayo cinematográfico que reflexiona sobre lo verdadero y lo falso, así como el concepto de autenticidad en diversos campos, y que bien pudiera trasladarse a la cinta que mencionamos sobre la financiación territorial..
[–>[–>[–>De una parte, existe una verdad que, nos guste más o menos, tiene una corporeidad cierta, y que presta a los actores un papel real. Así, hay quienes creen que el único motivo por el que han llegado a un pacto Sánchez y Junqueras, se debe al deseo del presidente del Gobierno de no perder aliados para poder seguir manteniéndose en el poder y, del mismo modo, en esta pelea no falta quienes vuelven a desenfundar su vieja artillería anticatalana para evitar que sigan sangrando a la patria. En todo caso, estas y otras consideraciones forman parte de papeles que se corresponden con los circuitos democráticos.
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Lo que ya queda en los márgenes de la pantalla es el uso de tretas o de trampas para intentar engañar a los espectadores. Sobre todo, cuando se quiere hacer pasar gato por liebre, o dicho de otro modo, falsificar los verdaderos contornos del metraje. Leía estos días unas declaraciones en prensa de un diputado de Vox donde calificaba de auténtica vergüenza que los que más aportan reciban más. Cabría preguntarse qué tiene de malo —más bien todo lo contrario, pienso— siempre que no perjudique a los demás. Pues de eso se trata, de que el orden inicial entre comunidades se siga manteniendo tras la redistribución. Pocas dudas hay de que todos los territorios tienen una población diferente por diversos motivos: edad, renta, desempleo… y, por lo mismo, debiera verse como algo lógico que se distribuyan equitativamente los niveles de reparto y recepción. ¿Acaso el diputado de Vox ha protestado alguna vez cuando a un ayuntamiento u organismo público de X habitantes (por poner uno de tantos ejemplos como se podrían citar) le corresponde menos dinero del estado que a uno de X multiplicado por cien? ¿Acaso las necesidades a satisfacer son las mismas en uno que en otro caso? ¿Cómo se puede afirmar entonces que se vulneran los principios de solidaridad?
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[–>Cuándo empezar un plano y cuándo terminarlo, en eso consiste la esencia del buen cine. A pesar de que para algunos políticos lo más importante sea seguir pegando tiros hasta dejar la calle sembrada de cadáveres.
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