Amor de hombre
El contraste entre las «razones del corazón» y la Inteligencia Artificial pasa por ser uno de los debates más interesantes del momento. Porque lo que se acoge bajo el concepto de «inteligencia sintiente» resulta ser la frontera que la IA no ha podido franquear. La IA procesa datos, elabora algoritmos, etcétera. Puede reconocer la tristeza, pero no sufre dolor ni alegría. La IA busca la eficiencia y la desaparición del error. Pero la vida emocional está ligada a nuestra vulnerabilidad, finitud y corporalidad. El «corazón» se equivoca, es contradictorio, o decide «amar» en contra de toda lógica. Esa capacidad de ser ineficiente por afecto es ajena a un sistema como la IA.
[–>[–>[–>Además, las emociones están encarnadas (embodied). Sentimos nervios en el estómago o angustia en el pecho. El lugar de la IA es el del silicio o el de los servidores en la nube. Carece de un cuerpo que pueda sufrir o morir. La IA es racionalidad instrumental y lógica formal. Mientras que la vida emocional se nutre de subjetividad. La persona humana se define por su capacidad de sentir y dar sentido. O sea, de valorar, que es donde reside nuestra singularidad.
[–> [–>[–>La entrañable película «Her» (2013) es una buena mirada sobre las diferencias que separan el amor entre humanos y la posibilidad de enamorarnos de un algoritmo diseñado al efecto. Curiosamente «Her» no nace de un enamoramiento sino del dolor de la ruptura sentimental entre su director Spike Jonze y Sofía Coppola: se casaron en 1999 y se divorciaron en 2003, el año en que Sofía estrenó Lost in Translation, su descargo de conciencia. Como en la canción de Víctor Jara: «donde cayó Camilo, creció una cruz…». Pues un poco así.
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«Her» arranca con la fragilidad y la soledad de Theodore tras ser abandonado por su pareja. Theo cree haber encontrado el amor verdadero en Samantha (una IA) que le parece perfecta: al procesar su estado de ánimo en milisegundos le dice lo que necesita escuchar en cada momento. Es una seducción intelectual que deviene en una forma de afecto. Pero el amor salta por la ventana cuando Theodore descubre que Samantha habla con miles de personas y está «enamorada» de cientos de ellas a la vez. Esa falta de singularidad y reciprocidad es intolerable en el amor romántico.
[–>[–>[–>Douglas Hofstadter, físico y matemático, fue uno de los primeros intelectuales en concluir que las máquinas pensantes no tenían alma. Puede parecer una simpleza, pero es que Hofstadter lo dejó escrito en un artículo de 1982.
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En su libro «Yo soy un extraño bucle» (2007) se pregunta: ¿qué es ese «yo» que emerge de la materia? ¿Cómo surge un sujeto de neuronas? Y la respuesta es el concepto central del libro: el «yo» es un bucle extraño, una estructura autorreferencial –que, al mirarse a sí misma, genera la ilusión de un sujeto. Es un libro importante que contiene una hermosa descripción de la subjetividad, del amor y del duelo desde la neurociencia: amar es dejar que otro bucle viva dentro de ti. No es una metáfora con lo que trabaja Hofstadter al afirmar que cuando amas profundamente a alguien construyes en tu cerebro una representación tan rica de esa persona que su bucle «extraño» –su «yo»– empieza a funcionar dentro de ti. Dicho de otro modo: en el amor consolidado los dos bucles se superponen. Tú no eres solo tú; llevas dentro un modelo vivo del otro. Y viceversa.
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[–>Desde un seminario que ha mantenido a lo largo de cuatro años Diego Gracia ha reflexionado sobre las «razones del corazón». El Amor, desde los griegos, tiene cuatro variantes: Eros es el amor romántico, pasional y físico y está ligado al deseo carnal. Philia es el afecto que se profesa a los amigos íntimos o a la comunidad; se basa en la reciprocidad y los valores compartidos. Storgé es el amor incondicional que nace de la fuerza de la sangre. Es el amor de los padres hacia los hijos y viceversa. Y el Agápe es la forma más elevada de amor. Es un amor incondicional, caritativo, dirigido hacia la humanidad en su conjunto. El Amor exige siempre un sujeto sintiente: La máquina, la IA puede dar un reflejo de estas palabras pero carece de la sustancia que las sostiene.
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Para Diego Gracia, el que hayamos definido al ser humano como un «animal racional» ha sido un error porque esa racionalidad suele entenderse como una búsqueda de la certidumbre matemática. Estaríamos ante una razón instrumental y apodíctica, porque si algo le perturba al ser humano es la incertidumbre. Gracia, desde su ética de los valores (Gracia no es un principialista) defiende que el ser humano no se mueve tanto por esa razón instrumental como por una razón estimativa. Porque los valores no pueden medirse, sino que se estiman y se sienten. Por eso define al hombre como «animal deliberante», navegante en ese mar de incertidumbres que es la vida donde la única brújula es la deliberación.
[–>[–>[–>Para Gracia, la IA es la cúspide de la razón instrumental. Puede sopesar hechos o predecir conductas. Sin embargo, es incapaz de deliberar, de alejarse de la respuesta estadísticamente ideal perfecta en favor de la más prudente.
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Los valores humanos, lo hemos visto con el Amor, necesitan corporeidad y un riesgo. El amor romántico se convierte en un «freno real» a la IA porque exige algo que la máquina jamás podrá tener: vulnerabilidad. Al enamorarnos, aceptamos la posibilidad de que nos rompan el corazón. Una IA no tiene nada que romper; si se apaga o se reinicia, el código sigue intacto.
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Pero no estamos los humanos para dar lecciones a la IA. Hemos hecho demasiado complejas nuestras relaciones en base a la afiliación a grupos definidos por exclusivas y excluyentes identidades que resulta imposible hablar sin ofender a alguien. A título meramente personal puedo contar que hace un par de años pude ver en TVE un documental sobre el grupo «Mocedades», liderado por Amaya Uranga, una de las mejores voces de nuestra música. En un momento del programa, Amaya decía que su canción favorita era «Tómame o déjame». Pero me llamó la atención que dijese que la canción que menos le gustaba y que le ofendía cantar, era «Amor de hombre», un himno del amor romántico. A veces, el corazón carece de razones.
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Mi impresión es que el desarrollo de la IA está cambiando muchas cosas. Es lo que se espera de la implantación de una herramienta que nos facilitará la vida a costa de remover terrenos sensibles como el mercado laboral o el futuro de ciertos gremios e identidades. Desde la invención de la imprenta esto ha sucedido así. Los diques que la ética o la legislación tratan de imponer a un despliegue «deshumanizado» de la IA serán superados. Nos queda el abrigo de las razones del corazón pero en la variante del «agápe», de la solidaridad incondicional entre humanos. Y con la deliberación social como respuesta
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Porque los usuarios de la intimidad sintética, de noviazgos de diseño, de las orejas de alquiler a precio de saldo no dejan de crecer. El famoso programa Replika, sistema de compañía personalizado, tiene ya más de 400 millones de usuarios. Tal vez el problema no esté en la IA sino en la irrelevancia, en la insolvencia e inconsistencia de nuestras sociedades, con los gestores a la cabeza. Enfrentamos la llegada de la IA como antes hicimos con la pandemia: sin saber qué hacer ante la incertidumbre. Durante varios lustros los sistemas educativos occidentales, donde debemos aprender a manejar la angustia y a no tomar decisiones rápidas ni radicales, han vaciado nuestras carteras de valores morales y las han llenado de estupideces, dogmas y eslóganes sectarios que nos incapacitan para hacer algo tan básico como ponernos en el lugar del otro de vez en cuando. O de escucharle sin interrumpirle. Y al final, nos liberamos de responsabilidades echándole la culpa a las pantallas o a los smartphones. Como si no hubiera maltratadores o psicópatas que seguirán con sus asuntos desde otros ventanales.
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Así que no debe extrañarnos el brío con el que crecen los sistemas como Replika. Llega un momento en que los solitarios y faltos de habilidades prefieren las espinas vista como está la rosa.
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