Salud

Ana Mombiedro, neuroarquitecta: "No hace falta tener una casa perfecta para empezar a vivir mejor en ella"

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  • Publishedjunio 3, 2026

La luz, los sonidos, las texturas, el orden o las formas repercuten directamente en tus emociones, tu descanso, tu concentración y tu salud, y Ana Mombiedro aborda cómo crear un espacio más adecuado a las propias necesidades fisiológicas, cognitivas y emocionales…

Hablamos con ella para que nos explicara cómo mirar con otros ojos el espacio que habitas y transformarlo en un refugio que apoye tu bienestar físico, mental y emocional.

P. En su libro dice que su casa no es un espacio neutro, es un órgano de bienestar. ¿Explicarnos esta relación?

A. Digo esto porque el hogar no es un trasfondo pasivo de nuestras vidas. No es simplemente “el lugar donde suceden las cosas”. La casa participa activamente en las dinámicas sociales que definen nuestras vidas.
Por ejemplo, una casa puede ayudarnos a regularnos o mantenernos alerta. Sus sonidos, sus olores, sus transiciones, la calidad del aire, la entrada de luz natural, o incluso la disposición de los objetos… Puede invitar a la conversación, al silencio, al movimiento o al aislamiento. Y aunque esto ocurre principalmente a nivel psicológico, también ocurre en el cuerpo.

Los parámetros de los que hablo en el libro (luz, temperatura, acústica, ventilación, texturas, escala de espacios, etc.) son estímulos que nuestro sistema nervioso lee constantemente. A veces no somos conscientes de ello, pero el cuerpo lo nota.

En mi trabajo hablo de La casa como órgano de bienestar. porque, así como cuidamos nuestra alimentación o nuestro sueño, también debemos cuidar el entorno en el que vivimos cada día. No por obsesión por tener una casa perfecta, sino desde un punto de vista más sensible e informado.

La casa es un órgano de bienestar porque nos afecta. a la salud y la mente.

P. También explica que la casa es un reflejo del espíritu.

A. Todos hemos tenido momentos en los que nuestra casa parecía expresar exactamente quiénes éramos por dentro: una mesa llena de tareas pendientes, una habitación que no podíamos organizar, un rincón que evitamos, una luz o un sonido que nos cansaba. Pero también ocurre al revés: cuando intervenimos en el espacio, aunque sea de forma muy pequeña, algo cambia en nuestra experiencia interna. Cuidar la casa puede ser altamente terapéutico.

Hace años dije que “si una persona está deprimida, el mejor hogar es el que tiene un buen psicólogo”. La casa acompaña y nos habla de los hábitos, cansancios, deseos, rutinas y conexiones de las personas que allí viven. Pero, al menos hoy en día, no tenemos las herramientas para diagnosticar lo que sucede en la mente.

P. Compartamos lo que has aprendido sobre la felicidad con Laurie Santos, experta en felicidad de Harvard.

A. En el libro la felicidad aparece muy ligada a algo cotidiano: la posibilidad de cultivar el bienestar en los espacios que habitamos. No hablo de la felicidad como una idea abstracta, ni como una lista de cosas por hacer, sino como una una experiencia que también se construye en pequeños gestos. Creo que esto es lo más relevante que aprendí de Laurie. Observar el cuerpo, apreciar lo que ya está ahí, mantener una mesa, ajustar la luz, reducir el ruido, mejorar el aire o crear un rincón tranquilo. Invierte tiempo y energía en las experiencias y en lo que se queda grabado en tu memoria.

P. Habla del hogar como fuente de felicidad. ¿Qué elemento destacarías en este sentido?

A. Si tuviera que destacar uno quizás diría la posibilidad de sentirme seguro. Él hogar como refugio.
El lugar donde tenemos nuestra seguridad más íntima: sentimos que hay un lugar donde podemos bajar la guardia y el cuerpo entiende que puede descansar. Y lo bonito es que esta descripción no proporciona un manual, porque para cada persona puede ser diferente.

Por ejemplo, para algunas personas es una cocina llena de vida, de ajetreo. Otros encuentran refugio en un mullido sillón junto a una ventana. Para los adolescentes, una habitación con carteles y objetos que cuentan la historia de su momento en la vida… Si se mira con atención, el vínculo entre felicidad y hogar cambia a medida que la persona evoluciona.

P. Cuéntanos sobre el concepto de refugio sensorial, ¿por dónde empezar?

A. Exactamente lo que te decía, un refugio sensorial es un lugar que permite al cuerpo bajar su intensidad. Deja que el sistema nervioso parasimpático funcione. No es necesario que sea una pieza completa. Puede ser un rincón, una silla, una lámpara, una textura, una forma de cerrar una puerta. El lugar donde tomarías una siesta. después de comer arroz.

¿Por dónde empezar? Normalmente empiezo observando cuándo y dónde se cansa el cuerpo en casa. ¿Hay demasiado ruido? ¿Demasiada luz? ¿Puedo encontrar un lugar para retirarme sin desaparecer por completo?

Tu hogar es tu refugio, un lugar donde te sientes seguro.

Luego elegía un pequeño lugar de la casa y empezaba a reducir los estímulos. Luz más cálida, menos objetos, una textura agradable, una posición cómoda, quizá una planta, quizá algo de silencio. Como si estuvieras preparando un plato de la cocina japonesa, cuando ya no puedas sacar ningún ingrediente, el rincón estará listo. El refugio sensorial no es un espacio espectacular, es un lugar donde el sistema nervioso deja de defenderse. Algo muy necesario en estos días donde vivimos pegados a la tecnología, bombardeados de información…

P. Respirar calma en casa, disfrutar del silencio, alejar el estrés… ¿una propuesta básica más universal?

A. Esta es la pregunta más repetida. Y aunque esto me preocupa, porque las recetas superficiales y universales son fruto del reduccionismo, me atrevo a responder porque urge actualizar nuestra perspectiva. La propuesta más universal, para mí, sería empezar con tres cosas: luz, aire y ruido.

  1. Primero, la luz. Trate de obtener luz natural durante el día y reduzca las luces intensas o frías durante la noche. Esto suena muy básico, pero tiene un gran impacto en cómo el cuerpo organiza sus ritmos. Somos seres circadianos, si puedes despertarte con la luz del sol, acostarte con el atardecer.
  2. En segundo lugar, el aire.. Ventila, cuida los olores, evita ambientes congestionados y desodorantes químicos. La calidad del aire modifica enormemente la percepción de un espacio y el rendimiento cognitivo.
  3. Y tercero, el ruido.. No siempre podemos vivir en silencio, pero podemos suavizar el ruido de una casa: textiles, cortinas, alfombras, libros, tapizados, poner en la casa materiales que reduzcan el eco.

Todos estos cambios son casi de sentido común, pero la naturaleza agitada de nuestras vidas a veces no nos deja verlo. Por eso el libro sugiere ante todo detenerse a ver no sólo con los ojos, sino con todo el cuerpo.

P. ¿Cómo nos afectan los olores en casa?

A. El olfato es uno de los estímulos más potentes y, al mismo tiempo, uno de los más olvidados a la hora de pensar en diseño. La corta distancia entre el bulbo olfatorio, el hipocampo (memoria) y la amígdala (emociones) hace que un olor pueda traernos de repente un recuerdo e inmediatamente después lo coloreemos con una emoción. Un olor puede generar rechazo, calma, hambre, vigilancia o nostalgia.. Y siempre sucede antes de que podamos explicarlo racionalmente.
En casa, además, los olores hablan de ventilación, limpieza, materiales, cocina, humedad, vida. No se trata de perfumarlo todo, sino de cuidar la calidad olfativa del espacio. Lo mejor que puede oler una casa es el aire limpio.

P. Un último comentario para nuestros lectores.

R. Me gustaría decirte que no es necesario tener una casa perfecta para empezar a vivir mejor en ella, ni tener muchos metros cuadrados ni objetos decorativos muy caros. En mi trabajo veo que gran parte de las oportunidades de mejora en las viviendas (y en las escuelas, ya que trabajo principalmente en arquitectura educativa) es hacer limpieza y almacenamiento. Quitar elementos que no utilizamos, rotos o en mal estado para que podamos ver claramente qué hay y qué necesitamos.



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