Barça y Atlético empatan en una noche de época
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En el fútbol la memoria es necesaria, porque esto, en realidad, va recuerdos. Los equipos, las generaciones, las épocas necesitaron siempre episodios muy concretos y cargados de épica que sirvieran para confeccionar un relato que perdurara por siempre. El Barça de Flick, de Pedri, de Cubarsí, de Lamine, de Raphinha y de tantos otros encontró el suyo en la ida de las semifinales de la Copa. Pero también Simeone, Julián Álvarez o el azote Sorloth. Y todo gracias a un monumental partido en el que el maravilloso Barcelona remontó para después ceder un empate en el añadido. Remitió el 4-4 a aquellas noches noventeras de manantiales etílicos de goles y juego canalla en que con Romario, Caminero, Pantic o Pizzi todo parecía posible.
«¿Estaba Dios en todas partes y no sentado en el cielo mirando hacia abajo?». Eso le dio por escribir a Kerouac en ‘La ciudad pequeña, la gran ciudad’. Era su primera novela, pero convenía ya definir el camino hacia la cumbre. Simeone debió ver un sinfín de dioses adolescentes en Montjuïc, todos ellos convencidos de que ni siquiera un Atlético que había marcado dos goles en los primeros cinco minutos podría resistir a su rabia juvenil.
El primer gol como profesional de Cubarsí
No hubo más que ver cómo Pau Cubarsí celebró su primer gol como profesional tras aprovechar la mala noche colchonera en las marcas a balón parado. Cubarsí buscó el escudo y le estampó cuantos besos pudo, con la bella inocencia y los nervios de la primera vez. Lamine Yamal, loco de alegría, le dio un empujón. Qué más da. Cubarsí pudo así revolcarse sobre la pradera de Montjuïc.
No hace tanto, un Atlético como este que se trae entre manos Simeone hubiera desintegrado al Barça con un amanecer tan furioso como el protagonizado en la noche cerrada de Barcelona. Tardó 20 segundos Julián Álvarez en forzar un córner; un minuto en marcar un gol de pillo sin que nadie reparara en su presencia; y seis minutos en aprovechar un error de Koundé y ofrecer el 0-2 a Griezmann, que venía de ser su asistente.
Pero el Barça, que amagó con acusar los golpes, que no se explicaba cómo Ferran Torres, que había dejado a Lewandowski en el banco, fallaba un gol cantado, se levantó con una furia tal que el Atlético se sintió de repente diminuto. No hay ahora centrocampista en Europa con la incidencia en el tiempo y el espacio de Pedri. No contento con ello, el canario fue quien coronó la acción que abría la remontada. Lo hizo después de que Koundé y Lamine Yamal entendieran que Javi Galán y Gallagher vivirían en Babia.
Tardó un par de minutos el Barça en empatar el partido. En pleno éxtasis, y con el Atlético desconcertado, Raphinha enroscó el balón en un córner para que Cubarsí descubriera lo pura que puede ser la felicidad. Para ello, antes, tuvo que agigantarse ante Barrios.
El péndulo de Pedri
Tan desconfigurado estaba el Atlético entonces que volvió a perder su esencia defensiva con otro error grosero, otra vez en un córner botado por Raphinha. Marcos Llorente se quedó clavado ante una pantalla de Cubarsí. Iñigo Martínez debió verse como aquel farero del cuento de Poe: «Es extraño que nunca observara hasta este momento qué monótono sonido tiene esa palabra… ‘Solo’». Nadie persiguió al bravo central en el 3-2, a un suspiro del descanso y con un segundo acto en el que Pedri sacó el péndulo y Lamine Yamal dio las bofetadas de genio ante Juan Musso, que no veía el momento de que aquello acabara. Qué cosas.
Lamine enloqueció a Reinildo y tiró un caño a Lenglet para que el recién salido Lewandowski marcara. Pero nadie podrá negar nunca al Atlético sus ejercicios de fe, aliviado primero con el tanto de Marcos Llorente y fascinado después al ver cómo Koundé resbalaba y Sorloth, el mismo que frustró a los azulgrana en su última derrota en diciembre, atrapara el empate definitivo.
Barça y Atlético, extasiados, ofrecieron un bonito homenaje a un deporte tan poco cuerdo como el fútbol.
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