Bolivia, el gran destino de Sudamérica para espíritus aventureros | Lonely | El Viajero
Bolivia es uno de los pocos países de Sudamérica que no tiene costa. Andino por los cuatro costados, aquí las costumbres indígenas se superpusieron a las de los colonizadores, y nunca fueron reemplazadas. Con pocos turistas, en tierras bolivianas queda mucho margen para sentirse como un aventurero, incluso en sus rincones más famosos, como el impresionante salar de Uyuni, las misiones jesuíticas, el lago Titicaca, el parque nacional Torotoro de aspecto casi lunar o el trozo de selva amazónica que le corresponde.
Para el viajero, Bolivia es, sobre todo, naturaleza en estado puro. Apenas recorrida por los trenes y con un servicio de aviones que solo conecta los principales puntos de tránsito, la aventura comienza ya en las carreteras, a veces sin asfaltar y sin que aparezcan en los mapas. Aunque no es la única forma de descubrir el país: un crucero en barco por el Amazonas, una ruta en bici de montaña (hay que aferrarse al manillar para descender los valles desde La Paz en el famoso y extremo reto ciclista de la carretera de la Muerte) o conducir por el Camino de los Jesuitas son algunas ideas para recorrer el país. Para quienes no se hayan sentido impresionados con la carretera de la Muerte, conducir o caminar por el Angosto de Tarija, con desniveles de 400 metros y sin guardarraíles, debería hacer efecto. Otra carretera espeluznante es la de Chulumani: basta con tomar un autobús desde La Paz a Chulumani, en los Yungas, para vivir verdaderas emociones.
La naturaleza es la excusa para adentrarse hacia rutas salvajes, desde la cima de las montañas hasta la selva, con paisajes tan increíbles como la escarpada cordillera andina cubierta de nieve, las extrañas agujas en forma de estalactitas de los valles de la Luna y de las Ánimas, las interminables salinas con lagos resplandecientes de Uyuni y las magníficas carreteras excavadas en las laderas y cañones donde resuena el grito de los cóndores.
Bolivia tiene, además, numerosos parques nacionales y zonas naturales protegidas, desde el enorme Madidi, la joya del país, hasta el diminuto Torotoro. Sin olvidar la montaña: 12 picos bolivianos superan los 6.000 metros de altura y tres alcanzan los 6.400 metros: el Sajama, el Illimani y el Ancohuma. Impresionan, pero son factibles (aunque todo un reto).
Más información en la nueva guía de Bolivia de Lonely Planet y en la web lonelyplanet.es.
Salar de Uyuni, un gran espejo
La imagen más conocida del país (aparte de sus cholitas con bombín negro y voluminosas faldas de colores) es el impresionante salar de Uyuni, el desierto de sal continuo más grande del mundo. Hay que acostumbrar los ojos para contemplar un lugar desconcertante e inimaginable, donde la vista se pierde en el horizonte infinito. Con más de 10.500 kilómetros cuadrados, este descomunal paisaje de tierra mineralizada brilla bajo la luz del sol y de la luna, y crece a un ritmo de 50 kilómetros anuales. En una época en la que muchas de las maravillas naturales desaparecen, el salar de Uyuni se expande.

Uno se siente atrapado entre el cielo y la tierra; recorrer el salar es como flotar en un espejo que refleja montañas y maquinaria. Aquí es donde se reinventó el Rally Dakar con los aires de Sudamérica, y donde los viajeros acuden en tropel para captar las fotografías más memorables del viaje a Bolivia. De diciembre a marzo, la temporada de lluvias cubre el salar con una capa superficial de agua, creando un espejo que se ha convertido en la principal atracción turística boliviana. Entonces, el suelo y el cielo se fusionan gracias a la fina capa de agua que convierte el salar en un espejo gigante. El efecto espejo es maravilloso a cualquier hora del día, pero resulta mucho más espectacular al ocaso.
Al caer el sol, el mundo grisáceo del salar se transforma en un caleidoscopio de tonos púrpuras, rojos y plateados que llegan hasta la línea del horizonte. Merece la pena quedarse después y observar el cielo nocturno del Altiplano. A más de 3.600 metros de altura, la atmósfera es tenue; el aire, puro. Y en las noches sin luna, la Vía Láctea abraza el salar de un horizonte a otro y los cristales de sal brillan a la luz de las estrellas. A veces, el crujido de la sal bajo los zapatos hace que uno se sienta como si caminara entre estrellas.
El lago Titicaca, la isla del Sol y Tiwanaku

Situado a 3.812 metros, el Titicaca, refugio de leyendas incas, es el lago navegable más alto del mundo, en el techo de los Andes. Uno se siente como si caminara sobre las aguas en sus islas de totora. El plan más habitual es pasar una noche en la isla del Sol, apreciar los antiguos tesoros incas en la isla de la Luna, recorrer el lago en un barco de totora y saborear una trucha recién pescada. Su tráfico acuático es escaso; un puñado de lanchas transporta pasajeros por el hermoso paisaje de granjas, casitas y leyendas. En contraste con el vecino Perú, la parte boliviana del lago conserva un carácter muy local y al turismo, aunque es bienvenido, no se le consiente todo.
En los valles y cerros que rodean el lago Titicaca, están los vestigios de una civilización equiparable al antiguo Egipto y Roma, el Centro Espiritual y Político de la Cultura Tiwanaku, que vivió siglos antes que los incas. Sus descendientes son los aimara, el pueblo andino que hoy vive en el lago, tanto en Bolivia como en Perú.

Si las ruinas arqueológicas de Tiwanaku —patrimonio mundial de la Unesco desde el año 2000— son el corazón de la antigua región del Titicaca, la isla del Sol es su alma. En la isla, la más grande del lago, la atracción más popular es el Camino del Inca, una sinuosa ruta circular de algo más de 10 kilómetros que atraviesa la columna vertebral de la isla, desde Yumani hasta las ruinas de Chincana, el yacimiento antiguo más conocido del lugar. La ruta pasa por bancales de cultivo de patata, bosques y pastos de llamas y por lugares como Titi-kala, supuesta cuna del Imperio inca, por el templo del Sol, y por la Escalera del Inca, que sube a la fuente del Inca, un manantial que los conquistadores españoles malinterpretaron como la Fuente de la Juventud.

Se cree que Tiwanaku fue un antiguo centro ceremonial donde vivía la élite de la época, protegida por un foso; o quizá fuera una bulliciosa ciudad de 40.000 habitantes con complejos cultivos en bancales, estanques de peces y acueductos que la unían al lago Titicaca. Sus templos, tallas de piedra y fragmentos de cerámica cuentan historias aún por descubrir y envueltas en conjeturas. Los gigantescos monolitos erigidos en honor de míticos ancestros colosales de la civilización Tiwanaku dominan el paisaje y la imaginación de los visitantes. La fecha más importante del calendario local es el 21 de junio, solsticio de invierno en Sudamérica y Año Nuevo aimara. Miles de personas acuden para ver cómo los rayos del sol naciente iluminan el templo oriental. Los lugareños visten coloridos trajes ceremoniales y los visitantes pueden unirse al evento: hay ofrendas, se elabora comida ceremonial y se celebra una gran fiesta donde corre el singani (aguardiente), se mastica coca y se baila animadamente.

Cordilleras y yungas: incas en las cumbres
Entre los Andes y el Amazonas, la accidentada región de las Cordilleras es el corazón de la aventura boliviana, a solo unos kilómetros en coche desde La Paz. Aquí están muchas de las cimas de 6.000 metros del país, cubiertas de glaciares.
En Los Yungas es posible caminar hasta las cascadas, relajarse en pueblos como Chulumani y recorrer caminos de piedra perfectamente trazados por los incas. En rutas de larga distancia, como la de El Choro, se puede empezar más allá de las nubes para acabar en el trópico. El Camino de El Choro sale de La Cumbre, de fácil acceso, a 4.725 metros, para recorrer durante 3 días 57 kilómetros, hasta los Yungas subtropicales. Gran parte del recorrido transcurre por senderos incas con varios puentes colgantes.
En la Cordillera Real el gran ícono es el Huayna Potosí, un paraíso a 6.000 metros que encabeza la lista de cumbres que invitan a la escalada. Pero hay muchas más ascensiones: la Cordillera es una impresionante línea blanca dentada en el horizonte, con más de 600 picos que superan los 5.000 metros, la mayoría de fácil acceso, y algunos se encuentran a solo unas horas en coche de La Paz. Por ahora, no implica la burocracia del Himalaya y otros lugares. Muchas cumbres atraen a montañeros expertos, pero escalar en los Andes bolivianos es una aventura bastante accesible y muchas rutas de trekking, bicicleta y senderismo no implican escalada.
Una de las mejores rutas ciclistas del mundo es el descenso de 3.600 metros por la denominada “carretera más peligrosa del mundo”, con sus precipicios, sus vistas espectaculares y suficientes emociones para cubrir el cupo de todo el viaje. Las empresas turísticas de La Paz han diseñado las rutas para que este viaje de 63 kilómetros sea factible para casi todo el mundo. Aún está abierta al tráfico, pero lo que queda es solo una parte de lo que solía ser. Solo por la mañana, unas 100 bicicletas o más bajan a toda velocidad, participando en una de las rutas que se organizan desde La Paz. Van acompañadas de un coche de asistencia (la mayoría con una camilla en el lateral…). También es posible ver algún autobús turístico con pasajeros de rostro desencajado.
Los paisajes marcianos de la reserva Eduardo Avaroa
Situada a más de cuatro horas de Uyuni y sin apenas opciones de alojamiento, la reserva nacional más visitada de Bolivia es un lugar al que solo se puede llegar en todoterreno, y el viaje no es fácil. En la reserva nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, los viajeros emprenden una carrera contrarreloj por polvorientas pistas de tierra volcánica. La recompensa por el esfuerzo es un paisaje que parece el portal de entrada a otro planeta. Lagunas poco profundas de azufre, bórax y arsénico proyectan tonos dorados, rubíes y esmeraldas por los valles donde los flamencos baten sus alas rosadas. Fumarolas volcánicas vierten vapor y sustancias viscosas a la atmósfera; y los todoterrenos circulan por las rutas que usaban los pilotos del Rally Dakar, a más de 4.500 metros de altitud.

La laguna Colorada está considerada como la joya de la corona de la reserva. Sus bulliciosas colonias de flamencos son la principal razón para que, cada año, 40.000 visitantes se aventuren por carreteras agrestes hasta este remoto rincón de los Andes. Como destino, esta reserva rara vez decepciona, en cualquier época del año.
La Paz, alma urbana de Bolivia
En La Paz, una vez que uno se acostumbra a la altitud, se puede disfrutar de todo: museos, galerías, buenos restaurantes, caminatas, ciclismo y senderismo. Además, es una ciudad que se recorre en elegantes teleféricos.

Situada entre montañas a unos 3.650 metros sobre el nivel del mar, sus habitantes más pobres viven en la parte más elevada, El Alto, y la clase acomodada reside en los barrios periféricos, más templados y oxigenados, como la Zona Sur. El resto de la población habita la parte intermedia, en un vertiginoso laberinto de calles adoquinadas. Las extenuantes cuestas conducen a estrechos callejones que, a su vez, van a parar a mercados al aire libre, que son caleidoscopios de telas estampadas, frutas y hortalizas, bajo la atenta mirada de las vendedoras cholitas.
No es la capital de Bolivia, pero los orgullosos paceños subrayan que es la sede del Gobierno. La Paz es rica en historia y cultura; prueba de ello son los museos y las galerías de arte, y también los flamantes murales de temática variada, que van desde la iconografía aimara hasta el mundo natural, o los grafitis que denuncian los últimos pecados de la clase gobernante.
El Centro y el Prado, los barrios centrales, son puro ajetreo. Además del paseo obligado por sus plazas, la ciudad presume de la revolución gastronómica de los últimos 10-15 años. Comenzó en el 2013 con el danés Claus Meyer y su compatriota, la chef Kamilla Seidler, que crearon en la Zona Sur Gustu, que sigue siendo uno de los grandes restaurantes bolivianos. La sucesora de Seidler, Marsia Taha, también ha recibido prestigiosos premios por su labor pionera al destacar ingredientes bolivianos hasta ahora ignorados. La revolución culinaria se propagó con rapidez y, hoy, algunos de los mejores ejemplos de la mejor cocina boliviana se hallan en el centro de La Paz.
Y, sobre todo, es obligado pasear por sus numerosos mercados: son el alma de la ciudad, lugares llenos de vida y color, pintorescos y siempre animados. Por ejemplo, el Mercado Rodríguez, uno de los mejores, o el Mercado Camacho, con cinco pisos llenos de comida.
Otro barrio interesante es Sopocachi, el barrio bohemio y cultural, el que más cafés concentra alrededor de la peatonal plaza Abaroa, pero, además, es un barrio de embajadas, bares, muchos restaurantes vegetarianos y un puñado de galerías.

Pero donde van todos los turistas es a El Alto, barrio obrero que se ha convertido en un escaparate de lo que La Paz presume: su esencia indómita, con exhibiciones de lucha libre y con la atrevida arquitectura de los cholets (mansiones de nuevos ricos). Las vistas son de las más espectaculares de la ciudad: desde sus miradores terrestres y, sobre todo, desde dos de los descensos en teleférico más vertiginosos. Y si hemos olvidado cualquier cosa, es muy probable que podamos comprarla en el kilométrico mercado 16 de Julio, al aire libre, que ocupa más de 400 manzanas y abre jueves y domingos, los mismos días en los que hay lucha libre de cholitas, su principal atractivo. Estas cholitas son implacables mujeres aimara del Altiplano que luchan contra siglos de racismo y machismo, exhibiendo su coraje en el cuadrilátero. Usan pollera tradicional, bombín, trenzas y zapatillas; pero al subir al ring destaca más su orgullo que su vestimenta: por el altavoz suenan sayas (danzas populares) tradicionales, mientras las combatientes toman posiciones y algunas de ellas danzan la centenaria morenada, una burla de las clases bajas a sus opresores.

Santa Cruz y la Gran Chiquitania
La ciudad más moderna de Bolivia, Santa Cruz, es también la más poblada del país, aunque conserva la placidez de una pequeña ciudad. Estamos en la zona del Camino de los Jesuitas o de la llamada Ruta del Che. Al este se encuentra Gran Chiquitania, donde se instalaron las misiones jesuíticas entre los siglos XVII-XVIII, dispuestas alrededor de amplias plazas, con su turbulenta historia. Y al oeste, las frondosas colinas se abren a kilómetros de senderos y a la abundante fauna del parque nacional Amboró, el Codo de los Andes, donde se unen los ecosistemas de los Andes, el Chaco y la cuenca del Amazonas.

La pintoresca Samaipata, un tranquilo pueblo en la cordillera oriental, se ha convertido en uno de los principales destinos turísticos del oriente boliviano como principal punto de partida para las excursiones Amboró y también para una de las visitas imprescindibles en Bolivia: el Fuerte de Samaipata, las ruinas del puesto fronterizo oriental de los incas. Declarado patrimonio mundial por la Unesco en 1998, el gigantesco templo excavado en la roca y las ruinas que lo rodean ocupan la cima de una colina, con vistas impresionantes.
Al sur, la bonita ciudad de Vallegrande es el lugar donde se expuso el cuerpo del Che Guevara antes de su entierro, y es la base principal de la llamada Ruta del Che, un proyecto turístico comunitario que repasa los últimos movimientos del revolucionario por las colinas donde fue capturado, cerca de La Higuera.
El camino de los Jesuitas
La región de la Gran Chiquitania toma su nombre de los indígenas chiquitanos (o “gente pequeña”), un término acuñado por los españoles, sorprendidos por las bajas puertas de sus viviendas. La gran atracción de la zona es el llamado circuito de las misiones jesuíticas, que recorre seis pueblos misioneros remotos y sus elaboradas iglesias. Las misiones (o reducciones) datan del siglo XVIII, y quedaron olvidadas durante siglos, lo que les permitió sobrevivir con una mínima interferencia. Gracias al minucioso trabajo realizado entre 1970 y 1990 por el arquitecto Hans Roth (1934-1999), estas iglesias únicas recuperaron su esplendor. El inmenso valor de síntesis de las culturas jesuítica y chiquitana (guaraní) llevó a la Unesco a declarar la región patrimonio mundial en 1990.

La película ganadora de la Palma de Oro en 1986, La misión, recreaba los últimos días de los sacerdotes jesuitas en Sudamérica (con Jeremy Irons y Robert de Niro al frente de misiones en Argentina y Paraguay). Ahora cada pueblo e iglesia tiene su propio encanto, y las carreteras asfaltadas los han abierto al mundo. Todas las reducciones jesuíticas bolivianas contaban con una gran plaza central con la iglesia a un lado y edificios residenciales bajos dispuestos en cuadrícula. Todas las iglesias, excepto San José (de piedra), utilizaban materiales locales, como madera de guayacán para las gigantescas columnas talladas, caña para los techos y mica (en Santa Ana y San Rafael) para realzar el estuco.
San Francisco Javier es la más antigua de la región, fundada en 1691, y es uno de los destinos vacacionales favoritos de las familias adineradas de Santa Cruz. Pero todas las misiones tienen su encanto: Concepción, o “Conce”, es un pueblecito acogedor con una amplia plaza central, centro de todos los proyectos de restauración de las misiones y una de las más visitadas por su iglesia, de gran belleza y detalle. Y están también San Ignacio de Velasco, San Miguel de Velasco, San Rafael de Velasco, San José de Chiquitos o Santa Ana de Velasco, tal vez la más entrañable, completamente desconectada del mundo moderno.
Cuenca del Amazonas: el sonoro reino tropical
La Amazonia boliviana es una de las regiones más extensas e interesantes del país, pero la menos visitada. No es apta para todos los públicos. Aquí se pueden descubrir y admirar ecosistemas frágiles, explorar la selva tropical con un guía experto y conocer la riqueza de las culturas, tradiciones y lenguas indígenas de la región.
Si solo hay tiempo para una cosa, hay que ir a Rurrenabaque, campo base desde el que visitar el parque nacional Madidi, cuna de una sólida industria etno-ecoturística establecida por y para las comunidades locales. Este parque es lo mejor de la Amazonia boliviana, lleno de fauna salvaje autóctona y de casi todos los ecosistemas de Bolivia, desde selva tropical hasta sabanas, bosques nubosos y tundra alpina. Según la ciencia, es uno de los lugares más biodiversos del planeta.

Visitar el oeste de la Amazonia boliviana resulta una experiencia inolvidable: aquí hay que asumir que los trayectos son lentos y a veces incómodos, que en esta región manda la naturaleza y el ser humano es un mero invitado. Para disfrutarlo como se merece, lo mejor es recorrerlo en circuitos guiados a pie y rutas en barco por el río, y alojarse en un ecolodge gestionado por la comunidad local. Y si el calendario lo permite, divertirse con los lugareños en la anual Fiesta de Moxos, en la ciudad de San Ignacio de Moxos, para luego recuperar la calma entre la vegetación de la reserva de la biosfera Estación Biológica del Beni.
En los alrededores del parque viven unos 50 pueblos indígenas, incluidos los leco, tacana, araona, esse ejja, t’simane y mosetene, que han sido centinelas ancestrales de los ecosistemas. Hoy combinan las tradiciones antiguas y la vida moderna, y muchos se dedican al ecoturismo. Las rutas por la jungla y las visitas a estas comunidades para conocer su estilo de vida y sus tradiciones son una magnífica opción para descubrirlas de forma respetuosa.
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