Con el Prerrománico hay una política de bombero, cuando algo está mal se actúa
Las cuatro décadas de Patrimonio Mundial que acaba de cumplir el Prerrománico asturiano es el mismo tiempo que el restaurador Jesús Puras Higueras (Madrid, 1962) lleva en Asturias. Y en esos cuarenta años hay pocos templos que su arte no haya tocado: San Miguel de Lillo, Santa María del Naranco, Santullano, Santo Adriano, Valdediós…
[–>[–>[–>¿Qué opinión le merece el estado de este patrimonio?
[–> [–>[–>No es un estado de conservación preocupante el que haya que actuar de forma urgente, porque los monumentos no se están cayendo. Cada uno tiene sus problemas puntuales. Y quizá el que ha sufrido un deterioro más grave ha sido Santullano por asuntos de la contaminación y por cuestiones políticas.
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¿Qué quiere decir?
[–>[–>[–>En el año 1996 Cultura solicitó un informe. Yo lo redacté pero no le hicieron caso, porque no les interesaba intervenir. Pero ahí ya se decía lo que luego han dicho los técnicos del Instituto de Patrimonio Cultural Español (IPCE), que se estaban disolviendo las pinturas. En Santullano todos los políticos han estado mareando la perdiz porque la primera solución que tenía, revocar el edificio, no les interesaba. Yo lo dije en 1996, y hasta que los de Madrid no han dicho lo mismo se han perdido dos décadas.
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Ese es un ejemplo de problema puntual. ¿Qué más?
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[–>Es el más doloroso, porque hubo tiempo para meterse con él a fondo, se perdió el tiempo. Luego, en el resto de edificios hay pequeños problemas. En Santa María hay filtraciones de humedad, en Lillo hay zonas donde no está solucionada la estanquidad de la cubierta, y en Valdediós el deterioro es muy lento porque está en una zona rural.
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¿Cree que es un problema que se solapen varias gestiones, la de la Iglesia, el Principado, el Estado..?
[–>[–>[–>Es complejo. Y puede parecer contradictorio lo que voy a decir, pero yo no veo mal ni la gestión ni la protección. Lo veo razonablemente bien. Pero sí hay problemas. Y hay cuestiones que se deberían regular. En Santullano, por ejemplo, una de las alteraciones es la enorme afluencia de público. Es una parroquia con mucha feligresía, cuando había un entierro, se llenaba y la humedad relativa del aire subía una barbaridad, se quedaba por la noche, se condensaba en las pinturas y contribuía a su proceso de deterioro. Por otra parte, hay que decir que a veces la protección hace que las intervenciones no sean diligentes. Por ejemplo, a Valdediós le sale maleza y entre que se procede, se informa y se licita pasan dos meses.
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¿Su balance de estos cuarenta años?
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Se ha ido siempre con una política de bombero. Cuando había una edificio que estaba muy mal íbamos a ello y restaurábamos. Pero ha cambiado mucho todo. Cuando yo llegué aquí, la primera vez que fui a Lillo había que pedir la llave en el bar, te la daban y abrías. Era una cosa increíble, algo ahora impensable. Pero en este momento la gestión que se hace de los edificios, la veo cuidadosa.
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¿Qué se puede hacer, qué se debe hacer?
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No lo sé. Con el Prerrománico hay siempre una especie de miedo a actuar. Y, por otra parte, hay poco dinero. Entonces, o inviertes en cultura una barbaridad, cosa que no se hace, o se hace poco a poco, que es como se está haciendo.
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¿Y en el ámbito de la restauración?
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Me gustaría añadir que se están utilizando en los tratamientos un consolidante inorgánico que es irreversible. Se ha hecho bajo informes del IPCE, pero rompe con cualquier normativa internacional. Cualquier elemento tiene que ser reversible, y esas partículas irreversibles condicionan el aglomerante de las pinturas. Ha sido un error en Lillo y en Tuñón. Nunca habría debido de pasar, porque las pinturas tienen su propio conglomerado y deberíamos fijarlo, pero nunca alterarlo.
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