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crónica de una inflación anunciada

crónica de una inflación anunciada
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  • Publishedmayo 17, 2026




La reciente escalada de la inflación en Estados Unidos, que alcanzó el 3,8% interanual en abril de 2026 —la tasa más alta desde mayo de 2023— ha sido recibido con la habitual letanía de justificaciones situacionales por parte de la corriente económica y las autoridades políticas. El fenómeno se atribuye, casi exclusivamente, a la crisis petrolera derivada del conflicto con Irán, destacando que los precios de la energía aumentaron un 17,9% interanual. Esta explicación es incompleta y, en última instancia, engañosa.

El conflicto geopolítico es sólo un catalizador de los precios relativos; Es la «cerilla» que enciende una hoguera cuyo combustible ya estaba acumulado. La causa del aumento de la inflación en EE.UU. no está en los pozos de petróleo, sino en la Reserva Federal.

Como afirmó Milton Friedman, «La inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario»: un aumento persistente de la cantidad de dinero en circulación por encima del crecimiento de la producción real de bienes y servicios. Sin un exceso de liquidez previo, el shock energético habría provocado un ajuste en otros consumos, pero no una subida generalizada del IPC.

La Reserva Federal, al igual que otros bancos centrales, ha cometido un grave error: abandonar el seguimiento de los agregados monetarios y otros indicadores de liquidez. Ha sucumbido a una especie de «modelo de neokeynesianismo» que prioriza el deflactor del consumo privado (PCE), las encuestas de empleo, complejos algoritmos de predicción y otras variables, descuidando la relación entre masa monetaria e inflación.

Esta arrogante complacencia ha privado al instituto emisor estadounidense de una brújula esencial y ha permitido que se acumule un exceso de liquidez en las tuberías del sistema económico.

El Estado gasta lo que no tiene, los bancos financian ese gasto y la Fed valida la operación manteniendo la liquidez necesaria.

Los datos apoyan este diagnóstico. En diciembre de 2025, los depósitos en los bancos comerciales estadounidenses ascendían a unos 18.555,4 millones de dólares; En marzo de 2026, esa cifra ascendía a 18.945,5 millones. Esto representa una tasa de crecimiento anualizada cercana al 8,7%.

Dado que estos depósitos constituyen el componente dominante de la oferta monetaria amplia (M2), el mensaje para cualquier observador objetivo es inequívoco: mantener el ritmo actual de expansión monetaria es incompatible con el objetivo oficial de inflación del 2% (referencia: Institute of International Monetary Research, Monthly Updates, abril de 2026).

El M2 en su conjunto ha mostrado un importante repunte, pasando de niveles cercanos a los 22.353 billones de dólares en diciembre de 2025 a 22.686 billones en marzo de 2026, con tasas interanuales entre el 4,5% y el 5,5%. Si bien estas cifras no alcanzan los excesos delirantes de la era post-Covid, superan la tasa de crecimiento del PIB real, que apenas se acerca al 2%. Esta brecha es lo que alimenta la inflación subyacente.

Este crecimiento monetario se combina con un déficit fiscal crónicamente alto que financia el Tesoro, en gran medida a través de la deuda absorbida por el sistema bancario y los fondos del mercado monetario. Estos fondos, otro pilar fundamental del M2, han experimentado un relativo estancamiento en lo que va de 2026 tras registrar un crecimiento explosivo en 2025, con tasas anualizadas que oscilaron entre el 15% y el 25%.

Este canal se ha convertido en el principal vehículo de monetización encubierta del déficit: el Estado gasta lo que no tiene, los bancos financian ese gasto y la Fed valida la operación manteniendo la liquidez necesaria. El resultado es un distorsión macroeconómica donde conviven una bolsa boyante y precios de activos inflados con presiones inflacionarias latentes que acabarán explotando ante cualquier retroceso de la oferta.

La inflación representa un fracaso moral de la política pública

El abandono de los agregados monetarios suele justificarse por la supuesta inestabilidad de la velocidad de circulación del dinero. Se argumenta que, dado que la relación entre M2 y el PIB nominal es volátil, el dinero ya no «importa». Este argumento ignora que dicha inestabilidad es a menudo endógena a la propia política discrecional del banco central.

Cuando se inyecta artificialmente abundante liquidez, la velocidad tiende a caer temporalmente porque el dinero permanece «estacionado» en activos financieros o saldos de precaución, pero se recupera con fuerza inusual tan pronto como se liberan las expectativas inflacionarias. En ese momento, el dinero comienza a «quemarse» en manos de los consumidores, acelerando la transmisión de la oferta monetaria al IPC.

Y siempre debes recordar algo básico. La inflación representa un fracaso moral de la política pública. Es un impuesto regresivo, el verdadero “impuesto a los pobres”. Los hogares de ingresos bajos y medios asignan una proporción mucho mayor de su presupuesto a bienes esenciales (alimentos, energía, vivienda), cuyos precios suelen ser los primeros en dispararse y los más difíciles de reemplazar.

Mientras que las clases más ricas tienen mecanismos para proteger sus activos (invirtiendo en activos reales, acciones, oro o instrumentos financieros indexados), los trabajadores ven cómo sus salarios siempre se ajustan con un doloroso retraso. Se produce el llamado Efecto Cantillon: los primeros receptores del dinero recién creado (el Estado y el sector financiero) se benefician de su poder adquisitivo antes de que suban los precios, mientras que los últimos en recibirlo (los empleados) ya encuentran un mercado más caro. Se trata de una redistribución masiva e injusta de la riqueza del sector privado productivo al Estado y de los ahorradores a los deudores privilegiados.

Los indicadores actuales son preocupantes. Anticipan que la inflación estadounidense puede estar más cerca del 4-5% que el 2% deseado en los próximos trimestres, incluso si la tensión en el Estrecho de Ormuz disminuye y el shock energético se modera.

El exceso de dinero persiste en el sistema, los saldos fiscales siguen desequilibrados y, lo que es más preocupante, Las expectativas de inflación de los agentes económicos muestran claras señales de no estar ancladas.



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