CUMBRE PEKÍN | La debilidad de Trump abre la puerta a concesiones inéditas a China en el estatus de Taiwán
Décadas atrás discutían Pekín y Washington de la devaluación del yuan, las violaciones chinas de la propiedad intelectual y Taiwán. Discuten ahora de inteligencia artificial (IA), las bridas estadounidenses a las exportaciones tecnológicas, la sobreproducción industrial china y Taiwán. Pasan los inquilinos por la Casa Blanca y sigue la isla mandando en el orden del día. Ha recordado Pekín en la víspera de la llegada de Trump que es la línea roja más gruesa y el requisito imprescindible de unas relaciones bilaterales saludables. Lo demás son sólo negocios, asientos contables en la balanza del comercio exterior. Taiwán es sagrado.
[–>[–>[–>Ha descendido Trump del Air Force One caída ya la noche pequinesa para encontrarse con cientos de risueños jóvenes chinos ondeando banderas chinas y estadounidenses a pie de pista. Le esperan dos días estresantes, con reuniones y ágapes oficiales variados, que fijarán el tono de su convivencia con China durante el resto del mandato. De su sintonía personal no hay dudas si escuchamos a Trump, pero en el camino de las dos superpotencias no faltan las amenazas latentes.
[–> [–>[–>«Los chinos entienden nuestra posición sobre el asunto y nosotros entendemos la suya», aclaró el secretario de Estado, Marco Rubio, en las vísperas de la llegada de Trump, sobre Taiwán. La posición estadounidense es sabida, pero caben los matices, y no son irrelevantes en un asunto tan erógeno. A Trump no le sobran las palancas de presión, debilitado tras perder la guerra comercial contra China y atascado en el conflicto iraní, así que Taipéi teme figurar en el menú de negociaciones. Son seguras las presiones chinas; la cuestión es hasta dónde llevará Trump su política fenicia.
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Venta de armas
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Trump podría, por ejemplo, sentar que Washington «se opone» a la independencia taiwanesa, separándose de la política seguida por todos sus antecesores del «no apoyo». Bastaría esa nimiedad retórica para escenificar su acercamiento a las tesis chinas, provocar un tsunami en el estrecho de Formosa y arruinarle el día a Lai Ching-te, presidente taiwanés. Un triunfo histórico para Xi Jinping. Pero los debates sobre Taiwán van mucho más allá de un enunciado. Alcanzan también a las ventas de armas y su visita coincide con un momento delicado.
[–>[–>[–>El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, es recibido por el vicepresidente de China, Han Zheng, en presencia de Elon Musk, tras su llegada a Pekín. / BRENDAN SMIALOWSKI / AFP
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En diciembre autorizó Trump una operación de 11.000 millones de dólares, la mayor de la historia. Tanto indignó a China que siguieron dos días de maniobras militares frente a las costas taiwanesas y la advertencia de Xi a Trump de que manejara «con cautela» esas ventas. Pero las armas aún no han llegado y ha avanzado Trump que lo discutirá con Xi en Pekín. Otra operación por valor de 14.000 millones de dólares está en sus fases finales de tramitación y podría aprobarse tras el regreso de Trump de Pekín. Con ese arsenal hacia Taiwán es previsible que mengüe el apetito chino por la soja y otros productos agrícolas estadounidenses. Trump sufre fuertes presiones internas para honrar una relación de casi medio siglo. Ocho senadores, demócratas y republicanos, le pidieron el viernes por carta que siga adelante con las operaciones. La cancelación es un escenario poco realista; a China podría bastarle con la reducción o el retraso.
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«Taiwán es el tema que más le interesa a Xi porque refuerza su estatura política a nivel interno y le coloca en una posición óptima de cara al Congreso del partido del año próximo», juzga Xulio Ríos, fundador del Observatorio de la Política China. Pronostica gestos, como la venta de armas fracturada en varios plazos o el freno del giro de Honduras a la órbita taiwanesa, pero ningún cambio drástico en la política estadounidense. Ocurre que también los gestos importan y el debate actual sobre la venta de armas es inédito. «Que se esté hablando de eso ya es interpretado por los taiwaneses como un incumplimiento de las seis garantías de Ronald Reagan. Pero no irá muy lejos Trump porque tendría una lectura interna muy complicada. El lobby taiwanés es muy potente en Washington. Y Taiwán es muy relevante para Estados Unidos, no sólo por sus chips, sino por su relevancia estratégica«, concluye.
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[–>Pocas simpatías hacia la isla
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La relación de Trump con Taiwán sufre de su acostumbrada inconsistencia. Tras ganar sus primeras elecciones atendió la llamada de felicitación de la presidenta taiwanesa y le tuvieron que explicar que con ella no podía hablar ni del tiempo. Poco después se preguntaba por qué tenía que respetar el principio de una sola China. En su segundo mandato ha mostrado muy pocas simpatías a la isla. La ha acusado de robarle la industria de microchips a Estados Unidos y la obligó a masivas inversiones en su país para evitar su furia arancelaria. Sobre el compromiso de defenderla de un ataque chino, férreo en tiempos de Joe Biden, ha sido mucho más tibio. A cambio ha animado a la isla a enriquecer a la industria armamentística estadounidense. En apenas un año ha firmado más ventas que su antecesor durante todo su mandato.
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Trump ha encontrado el entusiasmo del Gobierno independentista pero el Parlamento, controlado por la oposición, insiste en que hay mejores destinos para la riqueza de la isla. La semana pasada aprobó finalmente la partida especial de 25.000 millones de dólares para armamento. Están muy lejos de los 40.000 millones propuestos por Lai y su decepción fue compartida por los congresistas estadounidenses. Ese complejo contexto afronta Trump en Pekín, con el dilema shakesperiano de priorizar a su sector armamentístico o al agrícola.
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