El copipego
El copipego siempre ha existido, pero fue con la llegada de la escritura con ordenador que ha alcanzado cotas exageradas. Copiarse a sí mismo (autoplagio) o a los demás (plagio), son dos variedades del mismo delito contra la propiedad intelectual y una falta ética que puede ser grave, si de ello se derivan consecuencias relevantes.
[–>[–>[–>La facilidad con que se puede copiar y pegar fragmentos de un texto previamente escrito (basta tocar tres teclas, las famosas «ctrl», «c» y «v» o manejar adecuadamente el ratón), para que se produzca el milagro y aparezca como novedoso, lo que dijimos antes o lo que escribieron otros. Nunca resolver problemas de falta de imaginación fue una cosa tan fácil. La literatura de todo tipo está bien pertrechada de textos copiados, que perturban la buena marcha de aquellos autores que fundamentan su trayectoria en el trabajo original. Y todo ello sin entrar en la escritura por terceros o la que fácilmente puede obtenerse utilizando el ChatGPT. Un gran aporte de habilidades que explican una buena parte de la abundancia de relatos existentes en la actualidad.
[–> [–>[–>En el ambiente médico, es especialmente preocupante el enorme abuso del copipego en las historias clínicas de los pacientes. La razón reside en la necesidad de anotar todas las incidencias, en un texto compartido por diferentes profesionales. Como antecedentes, resulta más fácil remitirse a lo escrito por los compañeros, que vieron previamente al enfermo, en lugar de redactar unas frases personales, sobre la impresión que nos genera el caso. La mejor manera de resolver este dilema, sería que existiera siempre un médico responsable del paciente y los demás actuasen únicamente como consultores. Este «médico de cabecera» tendría, entre otras, la función de actualizar periódicamente, en un pequeño resumen, todas las informaciones que se deriven de las interconsultas realizadas. Todo ello reduciría notablemente el copipego innecesario.
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Lógicamente, una introducción tan contagiosa de esta forma de escribir, debe disfrutar de algunas ventajas. La primordial es la reproducción exacta y rápida de grandes bases de datos, especialmente si se trata de información que debe transcribirse sin errores y con una precisión absoluta. Este sistema garantiza que la copia es igual al original y en caso de existir falsedades, serán atribuibles a la fuente y no al transcriptor. El copipego con referencia adecuada, es también una señal de éxito del primer autor y el hecho de resultar referenciado es un premio al trabajo personal. Lógicamente, si la cita se realiza de la forma correcta: «Al César lo que es del César», Mateo 22:15-21.
[–>[–>[–>El autoplagio en la música es un hecho bien conocido y fruto, en muchas ocasiones, de la necesidad de responder a las presiones de los mecenas y a las urgencias de los plazos de entrega. Uno de los casos, quizás más célebres, es el de Georg Friedrich Händel (1685-1759) y su famosa ária «Lascia ch´io pianga» de la ópera Rinaldo, estrenada en 1711 en el Queens Theatre de Londres. La melodía original procede de su primera ópera, «Almira, Königin von Castilien», estrenada en Hamburgo en el año 1705. (Händel nació en Halle, Ducado de Magdeburgo, actualmente Alemania y se trasladó definitivamente a Inglaterra en 1712, para ser nacionalizado en 1727). En esta ópera, estrenada en Roma en 1707, una zarabanda del tercer acto, es el sustrato de la melodía que luego el propio compositor introduciría en el Oratorio «Il trionfo del tempo e del disinganno», con el famoso canto «Lascia la spina, cogli la rosa». Finalmente, la versión que le proporcionó mayor reconocimiento fue la última, como parte destacada de su famosa ópera Rinaldo, con la especial participación de los denominados «castrati», Nicolò Grimaldi y Valentino Urbani.
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En tan sólo el transcurso de seis años, Händel utilizó la misma melodía, con ligeras modificaciones, en tres ocasiones distintas y para expresar estados de ánimo bien diferentes. En el primer caso, se trata de un desafío amoroso de la realeza, ambientado durante la Edad Media en Valladolid. En el segundo, el texto: «Lascia la spina, cogli la rosa, tu vai cercando il tuo dolor», invita a disfrutar de la belleza de la vida, dada la fugacidad del tiempo. Finalmente, es en la tercera y última ocasión, con motivo de «Rinaldo»: «Lascia ch’io pianga mia cruda sorte, e che sospiri la libertà», texto basado en el poema épico «La Jerusalen liberada» de Torcuato Tasso (1544-1595), cuando se expresa el profundo dolor de la cautividad y se exalta el anhelo de libertad. La melodía, lenta y muy emotiva, encuentra su mejor compañero en este texto histórico. Carlo Broschi (Farinelli) (1705-1782), con su prodigiosa voz, se encargó de inmortalizarla. La famosa película del mismo nombre, dirigida por el belga Gérard Corbiau (1941 – ) en 1994, nos transmitió toda la fuerza de la relación entre el compositor y el castrati más famoso de todos los tiempos.
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[–>Tengo una especial aversión al copipego, e imagino que este sentimiento es compartido por muchos docentes. Un excelente maestro que disfruté hace muchos años, siempre repetía: «Si no puedes mejorarlo, cópialo», pero no hagamos nuestra una de las pocas afirmaciones de Miguel de Unamuno (1864-1936) que no comparto, cuando insistía en ¡Que inventen ellos!, y procuremos ser siempre, si no los mejores, al menos ser originales.
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