El fin de la ingenuidad con China
Europa ya no mira a China de la misma manera. Y China tampoco mira a Europa como lo hacía hace una década. Escribo estas líneas desde Pekín, en una misión oficial del Parlamento Europeo que nos llevará también a Wuhan, uno de los grandes polos industriales y tecnológicos del país. Durante años, Europa habló de China casi exclusivamente como una oportunidad económica. Un mercado inmenso, un socio comercial imprescindible, una fábrica global capaz de producir a gran escala y costes muy bajos. Hoy la conversación es otra. Más compleja. Más incómoda. Más estratégica.
[–>[–>[–>El viaje de esta semana refleja bien ese cambio de época. En apenas tres días nos hemos reunido con representantes del Congreso Nacional Popular chino, con el embajador de la UE, con empresarios europeos instalados en el país, con responsables del nuevo Plan Quinquenal chino, y hemos visitado empresas vinculadas al vehículo eléctrico, la inteligencia artificial y la innovación biomédica. Todo ello mientras Europa redefine su relación con Pekín bajo una palabra que se ha convertido en habitual en Bruselas: derisking.
[–> [–>[–>Reducir riesgos, no romper relaciones. Nadie en Europa plantea un desacoplamiento total con China. Sería imposible, pues sigue siendo el segundo socio comercial de la Unión Europea y nosotros somos uno de los principales destinos de las exportaciones chinas. Pero sí estamos entrando en una fase de mayor cautela y menos ingenuidad.
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El punto de inflexión lo ha marcado la guerra de Ucrania. En Bruselas no olvidamos que Pekín suministra a Rusia el 80% de componentes de doble uso, tecnología, electrónica y maquinaria industrial, sosteniendo indirectamente la ventaja rusa en el conflicto. El Parlamento Europeo ha endurecido mucho su posición sobre esta cuestión y las últimas sanciones europeas ya incluyen empresas chinas vinculadas al apoyo ruso.
[–>[–>[–>Ahora bien, el cambio no es solo geopolítico. Es también industrial: Europa ha reconocido hasta qué punto depende de China en sectores críticos. Materias primas, baterías, paneles solares, productos químicos o componentes esenciales para automoción y defensa. La dependencia europea no es teórica: es real, inmediata y profundamente vulnerable.
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Lo vimos en 2025, cuando China endureció sus controles de exportación sobre tierras raras y magnetos permanentes. Varias fábricas europeas tuvieron que ralentizar o paralizar su producción porque determinados componentes simplemente dejaron de llegar. No fue un accidente. Fue una señal deliberada de hasta dónde puede llegar la coerción económica cuando un país controla los materiales que otro necesita para funcionar.
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[–>En su XV Plan Quinquenal —la hoja de ruta política y económica del país para los próximos años— China deja claras sus prioridades: liderazgo tecnológico, autosuficiencia industrial y control de las cadenas de suministro estratégicas. No es solo una estrategia económica. Es una estrategia de poder y seguridad nacional.
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El problema para Europa es que China ya ha demostrado cómo opera su estrategia industrial. Primero ocurrió con el acero y los paneles solares. Después con las baterías y el vehículo eléctrico. Ahora el patrón se extiende a sectores como la inteligencia artificial, los semiconductores o la biotecnología: subsidios masivos, sobrecapacidad y exportaciones a precios que Europa difícilmente puede igualar.
[–>[–>[–>No estamos ante una distorsión puntual del mercado, sino ante un modelo económico estructuralmente orientado a producir más de lo que consume y a exportar ese excedente al resto del mundo. Y, en un contexto de desaceleración demográfica y debilidad del consumo interno, con un ambicioso objetivo de crecimiento del PIB cercano al 5%, Pekín seguirá necesitando apoyarse en su capacidad industrial para sostener el crecimiento.
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Europa ya está viendo las consecuencias: más dependencia, más presión competitiva y un déficit comercial con China que supera los 300.000 millones de euros al año.
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Por eso Bruselas está reaccionando con instrumentos que hace apenas unos años habrían parecido impensables: aranceles sobre coches eléctricos, controles a inversiones extranjeras o mecanismos anti–coerción. Pero sabemos que el problema no se resolverá únicamente con más barreras comerciales. La cuestión de fondo es otra: reciprocidad.
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Mientras las empresas chinas acceden al mercado europeo con relativa facilidad, muchas compañías europeas siguen encontrando en China obstáculos, restricciones y condiciones que distan mucho de existir aquí. Y eso está obligando a la UE a replantearse algo que durante años evitó hacer: una política industrial propia. No para copiar el modelo chino, sino para proteger sectores estratégicos, reducir dependencias y reforzar su capacidad tecnológica en un mundo cada vez más competitivo.
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La paradoja china resume bien la complejidad del momento. China genera más del 30% de las emisiones mundiales, pero al mismo tiempo lidera las renovables, domina el refinado de tierras raras y avanza a gran velocidad en tecnologías estratégicas como la inteligencia artificial. Es, a la vez, el mayor emisor del planeta y uno de los motores de la transición energética global.
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Europa observa todo esto con una mezcla de admiración, preocupación y urgencia. Porque lo que está terminando no es la relación con China, sino una etapa de ingenuidad europea. Y viendo lo que se decide estos días en Pekín, conviene que no sigamos actuando como si el mundo de hace diez años siguiera existiendo.
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