El fracaso de la civilización
Aun en este tiempo de tinieblas, hablar de aniquilar una civilización no es solo una hipérbole peligrosa; es también la prueba de una preocupante ligereza con conceptos que, en manos de un líder global, deberían manejarse con mesura. Y mucho más por parte del que ignora el significado que verdaderamente tienen. La palabra «civilización» no es un eslogan de campaña ni un recurso retórico vacío, encierra siglos de historia, cultura, acuerdos y conflictos que han ido moldeando el frágil equilibrio del mundo.
[–>[–>[–>Trump, en sí mismo, ejemplifica el fracaso de la civilización. Resulta paradójico que quien recurre a ese lenguaje sea un gran síntoma del deterioro de los estándares que sostenían esa misma civilización política que ahora invoca. Aunque tampoco se puede decir que el presidente de Estados Unidos sea una anomalía aislada, sino el reflejo de una deriva que ha normalizado el exceso, la simplificación y la confrontación como herramientas de poder. Su figura encarna, en muchos sentidos, el fracaso colectivo: el de unas instituciones incapaces de contener el ruido, una opinión pública saturada y una clase política que prefiere la conveniencia al coraje.
[–> [–>[–>En este contexto de riesgo extremado para el mundo, la responsabilidad recae inevitablemente sobre el Partido Republicano. Mientras sus dirigentes sigan rehuyendo el coste político de plantar cara, cualquier mecanismo institucional que impulse el traspaso de poderes –desde la Enmienda 25 hasta un eventual impeachment– seguirá siendo poco más que una posibilidad teórica. No basta con reconocer el problema en privado; la gravedad de la situación exige una respuesta pública y decidida que empieza por Estados Unidos. El peligro no reside únicamente en las palabras de Trump, propias de un sujeto que parece haber perdido la cabeza –un día habla de la destrucción de Irán y al siguiente de un gran renacer para ese país–, el peligro está en la normalización y aceptación de las mismas. Como si nada.
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