El gafe es la ineficacia
El sanchismo como idea de gobierno se erigió como bien pudo sobre la idea de control, de modernidad tecnocrática y de una supuesta superioridad moral frente al pasado. La realidad ha ido desmontando ese decorado con la paciencia de una gotera. Ahora son los trenes, pero antes fueron la energía, el agua que se desborda, la vivienda, la inmigración, la seguridad jurídica. Y, entre la ironía y el cansancio, cualquiera podría preguntarse si no estaremos asistiendo a una versión laica y administrativa de las siete plagas.
[–>[–>[–>No es necesario invocar castigos divinos para explicar lo que ocurre. Bastan tres ingredientes muy terrenales, que son falta de previsión, abandono de lo esencial y una gestión ineficaz envuelta en relato. El problema es que, cuando estos factores se repiten una y otra vez, la explicación técnica empieza a sonar insuficiente. Entonces surge el gafe como palabra tabú. No como superstición, sino como una metáfora política. ¿Y si además de todos los pesares nos gobernasen unos cenizos?
[–> [–>[–>Los trenes que no llegan –o que llegan cuando ya nadie los espera– se han convertido en símbolo nacional. No es solo una avería, ni dos, ni una cadena de «incidencias puntuales», como insiste el argumentario oficial. Ni siquiera un siniestro de las características del de Adamuz. Es el colapso de un sistema que durante años se dio por garantizado mientras se invertía más energía en la propaganda que en el mantenimiento. El ministro de Transportes –no lo debe de estar pasando precisamente bien– insistía ayer en el prestigio de la alta velocidad española cuando la degradación es evidente y surgen las pruebas de las brechas en las vías y las muescas en las ruedas de los vagones. Puede que el gafe no exista pero sí una desconexión profunda entre el Gobierno y la realidad material del país. n
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