El hilo que nos une
Mi primer recuerdo de niño fue golpear con una escoba, con tres años de edad según información paterna, a un ejemplar de LA NUEVA ESPAÑA, pues salía un anuncio con el dibujo de la cara de un hombre sonriente con aire maléfico, algo que aún entreveo. Pero del segundo recuerdo tengo conciencia plena; fue a los cinco años, pues esa edad tenía cuando mis padres viajaron a Francia, llevándome con ellos, para dar un abrazo a un tío de mi madre, exiliado desde la derrota republicana.
[–>[–>[–>Y es la imagen de una máquina de tren, de color verde, con un gran ojo iluminado allá arriba, gigantesca –lógico, yo debía de medir un metro– entrando ruidosa en el andén de la Estación del Norte, en Oviedo. Arrastraba una retahíla de vagones azules con un gran escudo dorado con leones en su lateral. No recuerdo la hora, pero sí que era de noche.
[–> [–>[–>Aquellos vagones, perdón, coches, pues vagón es el de carga, no el de personas, siguieron funcionando bastantes años, porque tuve la suerte de disfrutarlos ya adulto cuando se iba a Madrid en coche-cama –la manera más maravillosa de viajar, hacerlo mientras se duerme era una forma insuperable de ganar tiempo, se ahorraba una noche de hotel, y el quiti-quiti-clot, quiti-quiti-clot, quiti-quiti-clot superaba con mucho a contar ovejas–.
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Un gran letrero recorría el lateral del coche: «Companhia internacional dos carruagems-camas e dos grandes expressos europeus». Al lado de la alarma había otro curioso: «Em caso de perigo, puxai pela argola». Acabé sabiendo que alguno de aquellos coches habían pertenecido en su día al «Orient-Express».
[–>[–>[–>Salía de Oviedo después de las diez de la noche. Se fumaba el último cigarrillo en el pasillo mientras las luces cruzaban la ventanilla y se observaba al personal: aquel hombre de treinta y tantos años que llevaba un traje con elegancia, no forzado, y zapatos bien lustrados tenía aire de agregado de consulado, o de espía, que tanto se parecen en sus secretos, y la mujer de la derecha, cercana a los cincuenta, bellísima con su melena canosa resaltando sobre una chaqueta fina de lana negra, cadena discreta, pendientes clásicos de oro y falda estampada hasta los pies calzados con princesitas plateadas, si no era una princesa monegasca poco le faltaba. Comenzado el puerto llegaba la hora de la retirada. Unas abluciones en el lavabo, el pijama, bajar algo la persiana de la ventanilla, y a la cama. Se apagaba la luz general del compartimento y bajo la lamparilla de cabecera levemente azulada, que iluminaba muy bien, se leía un poco.
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Tres llamadas del telefonillo daban el aviso: «Buenos días, señor; media hora para Madrid». Y al poco, los coches azules con el filete dorado, se detenían con suavidad en el andén decimonónico de Príncipe Pío ya amanecido. Así era.
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[–>Llevo toda mi vida defendiendo la importancia de valorar la belleza de las cosas que nos rodean, incluso hoy que reina la prisa corriendo detrás de no se sabe muy bien qué. Porque los sentidos siguen existiendo. Ahora se viaja en AVE, que sumado a la obra del siglo –la Variante de Pajares– han traído como resultado unas posibilidades de traslado y de confort como no hubo jamás. Días atrás decidí ir a León. A nada, a disfrutar de su guapura, sus tesoros y su Húmedo.
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Subirse a un tren de largo recorrido hoy tiene cierto sabor a cruzar a Berlín Oriental. Una fila de penitentes cariacontecidos va aproximándose por un camino encintado a la zona cero donde dos vigilantes con chaleco fosforito de obra van examinado al personal, uno al frente de la máquina de grandes fauces engullidora de maletas y abrigos, y el otro, con un cachivache en la mano que recuerda al molinillo de la masa del pan, pasándolo por delante y los lados del chaval de Erasmus sospechoso de yihadista, o de la dependienta de mercería con indudables posibilidades teóricas de ir cargada de cocaína. La cosa tiene su aquello pensando que tranquilamente alguien puede recoger después una saca llena de granadas de piña en el andén; basta con entregársela por encima del leve cierre separador.
[–>[–>[–>A las once y algo de la mañana el zumbido del tren llenó la estación. Los coches, con aspecto de cohete –lo son en realidad–, tenían un elegante color entre blanco roto y beige, rematados con una cinta magenta. Los viajeros, variopintos y gente de orden se amontonan y presionan ante las puertas de los coches, como si los asientos no estuviesen numerados, para a continuación atascar los pasillos quitando el anorak al rapacín, intentando meter la maleta en el estante superior que es un poco más estrecho y reculando para dejarla en la zona diseñada para maletas ante la que ha pasado hace unos instantes, para descubrir más tarde que su coche es el siguiente.
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Una vez recuperada la calma, el convoy comienza a deslizarse con suavidad. Los asientos son muy confortables, dotados de pantallas en las que ver películas e información del viaje, con grandes ventanales, ideales para ir disfrutando del paisaje como en un documental de la 2. Tengo suerte, veo que llevo como compañera de viaje a una mujer de cincuenta y tantos conversacionera y risueña. Rubia, pantalón negro, jersey marrón grisáceo y foulard a juego. Muy dinámica, inquieta, algo eléctrica.
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Por megafonía Renfe agradece haber elegido este medio de transporte. Lo hace en castellano y catalán.
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–¡¿Por qué en catalán?!–se queja más que pregunta mi acompañante
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–Porque este tren va hasta Castellón; debe de ser valenciano, que suena muy parecido.
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–En Asturias no se habla valenciano; ni en toda Castilla. Lo lógico será que lo usen cuando entre en el reino de Valencia ¿no le parece?– responde.
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En Soto de Ribera comentó que no era muy de tren, para ella eran aburridos, aunque era cierto que hoy teníamos grandes ferrocarriles, con algunos problemas, al parecer. Pero ir en aquel AVE era estupendo, había que reconocerlo.
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Amplitud, baños de primera, bien iluminados, coche-cafetería donde poder estirar las piernas, tomar un café, un sándwich o un pelotazo de whisky, según cada uno. Pero los nuevos tiempos también han llegado ahí: Tras un pequeño mostrador –ya no hay barra, que es un elemento fundamental en un chigre–, una mujer en los cuarenta, pelo rubio teñido, en cola de caballo, elegante con su uniforme marrón, con una cafetera último grito y el microondas a su espalda atendía al personal. Pedí un café y una tostada con aceite y salsa de tomate, a la manera andaluza.
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–Tiene que elegirlo en los expositores– respondió con un tono altivo y algo afectado, con lo guapa que es la naturalidad. No era momento para explicarle que yo no quería trabajar para Renfe sin cobrar. Pero ella no tenía culpa ninguna, simplemente se ganaba el pan allí, y en cuanto a sus modos, cada uno era como era.
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Prueba de la calidad de los trenes y de las vías es que el café ya no se cae del miserable vasín de cartón; todo va como una seda –salvo de Oviedo a Pola de Lena, que la cosa está fea–, y en lugar de la música de los bujes quiti-quiti-clot, quiti-quiti-clot, no se oye nada, salvo un leve «ssuuiiiiiit».
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–No puedo creer que esto sea la Robla; hace diez minutos estábamos en Pola de Lena…– comenta la vecina con cara de pasmo.
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La nueva estación de León, con sus andenes enterrados en plan refugio antiaéreo, recuerda al tenderete provisional de la de Gijón. Arquitectos caídos en los brazos del chabolismo, sin gusto ni respeto, dando la espalda a la belleza del edificio histórico. Pero uno no acepta el desgraciado mantra actual de «ye lo que hay». Por eso muestra su descontento siempre que tiene ocasión. Comulgar a lo bobo, no.
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Quiero a León porque en esa ciudad pasé los horrorosos años universitarios. La cosa salió bien, pero en contra de la opinión oficial, la época de estudiante es dura. Solo lo pasan bien los tunos, aunque ligan mucho menos de lo que dicen. Y también porque los veranos de mi infancia estuvieron llenos de días soleados y cuentos de Enid Blyton en un pueblín cercano de aquella capital, cuando tanto asturiano disponía de casa en León con motivos tan poderosos como secar e ir de adoración a las bodegas. Aquello sí eran vacaciones, y no amontonarse diez días con una pulserina en un hotel con barra en la piscina llena de paisanos con barriga en Punta Cana quemando dos extras.
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Hoy, la que fue sede de la Legio VII, en realidad una base militar para tener subyugados a los astures levantiscos de Lancia y del otro lado de las montañas cantábricas, es una ciudad reguapa, muy bien cuidada, y con las dimensiones adecuadas para ser disfrutada. Las dos márgenes de la Calle Ancha, del Húmedo a San Isidoro, ofrecen mil rincones para andar de mangancia, y también para disfrutar culturalmente. Catedral, Botines, Palacio de los Guzmanes, murallas… Personalmente me inclino por San Isidoro. Su museo tiene maravillosas piezas e información para paladear la historia… bastante entreverada con la fabulación. Quizá una crítica sin mala intención: duele un poco la inexistente referencia al Reino de Asturias. Todo es Reino de León, como si el mundo hubiese empezado allí. En puridad, cuando los reyes de Asturias se trasladan por motivos tácticos a León, lo que nace es el Reino Asturleonés, Asturias y León unidos. Habían sido los mismos antes de Roma, y tras la conquista la capital de todo el territorio es Astorga, Astúrica Augusta. La misma tierra, las mismas gentes. La Asturias de hoy tiene nombre leonés. Y Ordoño II era hijo de Alfonso III, rey de Asturias. Es la dinastía asturleonesa.
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Y en tiempos mucho más recientes, la Guerra Civil, también por motivos tácticos se crea el Consejo Soberano de Asturias y León, en vigor hasta el hundimiento del frente norte. La realidad tozuda es que asturianos y leoneses somos hermanos; hay un hilo de la historia que nos une, digan lo que digan las ínfulas nacionaliegas que dividen. Y ahora el tren: ¿Se han dado cuenta que tenemos los asturianos el «Prieto picudo» y los leoneses sidra fresca –bien escanciada– a una hora? Un Orient-Express con las maneras del siglo XXI es el otro hilo que nos une.
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