El pan centenario de San Pelayo, obra de arte en horno de leña para un bollo de otro mundo que es seña de identidad de Grado
Tiene nada menos que 106 años de historia y hace un pan de leña que es seña de identidad de Grado. La calidad de su producto es famosa en Asturias y el nombre de la Panadería San Pelayo una referencia en el sector. En sus elaboraciones se cuece mucho más que una masa: con ellas va la tradición del oficio de tres generaciones de una misma familia. Y entre sus variedades, el bollo de cuernos, una pieza de la casa «de siempre», con forma, sabor y textura únicos, algo así como una obra de arte difícil de encontrar en un mundo donde lo que lleva tiempo y cariño escasea.
[–>[–>[–>Harina, agua, levadura y sal. Es con lo que se prepara la masa del pan de San Pelayo. «Y no uso sal química, uso sal marina, concretamente de las Marismas del Odiel, en Huelva, que tiene yodo que ayuda a prevenir el hipotiroidismo. Todo lo que hago lo miro mucho, en eso soy muy obsesivo», explica José Luis González Cañedo, actual titular de la panadería. Él la cogió de su tío, Joaquín Cañedo García, un hermano de su madre. Este, a su vez, había tomado el testigo de su padre, José Cañedo García, abuelo materno de quien hoy sigue al frente de un establecimiento al pie de la carretera Nacional 634, que pilla de paso a quien circula en dirección a la recta de Peñaflor, aunque a este negocio fundado en 1920 no se llega por casualidad, sino a propósito.
[–> [–>[–>A pie o en coche son muchas las personas que cada día peregrinan a este pequeño local para comprar un pan especial, que consideran «diferente» y que sale de una tahona con modos de elaboración pacientes e ingredientes naturales, tal y como se hacía antaño. Y no son pocos los que acuden específicamente a por un bollo de cuernos. «Es de masa bregada y le echamos un poco de aceite de oliva. Hay que formarlo a mano, el bollo de cuernos tiene su proceso, y el de cocerlo en horno de leña, que eso también es otra historia. Que tengamos horno de leña en Asturias somos dos y vamos a decir uno más por si se me olvida alguno…», señala José Luis González Cañedo.
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El bollo de cuerno de la panadería San Pelayo. / P. T.
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¿Hay en algún otro lugar una panadería artesana que haga el bollo de cuernos? Puede haber alguna pieza parecida en la forma, pero no es el que se hace en San Pelayo, «no tiene nada que ver». El pan bregado se hace a mano y «a mano ahora no hay casi nada». Tampoco hay ya muchas bregaderas, un sistema con dos rodillos «que hacen que la masa quede más fina». También los patones, otro tipo de pieza singular, se hacen de este modo desde hace muchísimos años en este establecimiento con muchas otras elaboraciones, algunas de escanda, que cultiva la propia familia, con cuatro hectáreas en Peñaflor. La manteca para las coletas también la compra artesana, de casa, «de paisanas que desnatan la leche».
[–>[–>[–>Un tráiler de castaño
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José Luis González Cañedo, el panadero de San Pelayo como le conoce todo el mundo, enseña siempre las entrañas de la panadería. Muestra el gran horno de leña y las zonas de trabajo para preparar las masas. «Para el horno me traen un tráiler de castaño al mes. Y aquí ves sacos de harina, nada más. Todo es natural. Incluso para el pan de molde. Y no voy a cambiar. Lo mucho o lo poco que me quede, no lo voy a cambiar. Lo veo clarísimo. Trabajo muchísimo, pero me va bien porque no engaño», explica.
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Él se puso al frente del negocio un 9 de abril de 1980. Se lo alquiló a su tío materno por 32.000 pestas de la época, que no era poco para aquel tiempo. Sabía el oficio porque de adolescente, «cuando estaba estudiando venía a echar una mano en lo poco que podía y como podía, para ganar algo, que no tenía un duro». Y hasta hoy, camino ya de las cinco décadas elaborando un pan que lleva el buen nombre de Grado dentro y fuera de sus fronteras.
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[–>El día que lo deje, no sabe qué pasará. No tiene relevo, pero José Luis González Cañedo no piensa en dejar de trabajar. A sus 69 años ya podría estar ya retirado, aunque «no tengo excesivo interés en jubilarme mientras me respete la salud». «No valgo para estar mirando amanecer y oscurecer sin hacer nada», señala. De momento seguirá al pie del horno, de la noche a la madrugada, haciendo el pan que cada día hace honor a la fama de un establecimiento que tiene por derecho propio un lugar destacado en historia del comercio de Grado.
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