«Espero estar todo el rato saliéndome del encuadre y criticando al fotógrafo»
Carlos Barral (Oviedo, 1969) presenta su tercer poemario, «La vida corriendo hermosa hacia los desagües» (Eolas), resultado de tres años de escritura con versos hijos de los años después del covid y prólogo de Rodrigo Cuevas.
[–>[–>[–>Un libro-río que se encauza en diez capítulos.
[–> [–>[–>La idea primigenia era haber volcado todo ese caudal de una manera anárquica, como es la vida, pero luego, contrastando con gente con criterio, como T. S. Norio, convenimos que al lector le vendrían bien ciertas estructuras que sirvieran para que todo conviva de una manera orgánica y bonita.
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¿De dónde salen estos poemas?
[–>[–>[–>Estoy escribiendo toda la vida, como todo el mundo, de la celebración, de la complejidad de estar vivo y de lo que significa. La forma de articularlo es una posibilidad, pero podría estar escribiendo un solo libro durante toda la vida. Al final aquí hay un volumen que, aparte de la centralidad que ocupa la muerte de mi madre, creo que sintetiza un momento claro vital de cierta madurez. Aunque uno espera no tener la mayoría de edad nunca, sí que es cierto que o eres un cretino integral o empiezas a entender que esto tiene un fin al que te vas acercando. Eso está también en la escritura. Uno va depurando un estilo, determinadas maneras poéticas.
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¿Son esos los desagües, el final?
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[–>Estamos en la vanguardia del final. Siempre he sido el pequeño en la familia y ahora ya me empiezo a rodear de gente mucho más joven que yo. Tengo hijas. La paternidad te va marcando unos tiempos y te va situando en un lugar del que no es posible ni muy recomendable huir.
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El capítulo V está dedicado a su madre, Esther.
[–>[–>[–>No es un gran epitafio para la lápida, sino un proceso que duró los últimos años de su vida, para acompañar la degradación de una vida. Me resultó muy sanador poder llorarlo, poder contar lo que estaba viviendo en tiempo real, con ella, y la parte posterior a su marcha. Es un capítulo para compartir, algo que desgraciadamente vamos a vivir la mayoría. Poder despedirnos de nuestros padres no deja de ser un regalo.
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Portada de «La vida corriendo bella hacia los desagües». / lne
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Escribe en asturiano por primera vez.
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Hay cinco poemas en asturiano en la sección «Camín de fueyes tristes», aparte de otros, porque quería darle la importancia que tiene. Es una herramienta hermosa que tenemos a nuestro alcance, que no domino como quería, que me he atrevido a usar y estoy muy contento de abrir esa espita. Es nuestra lengua, necesita cariño y yo estoy encantado de dárselo en la medida de mis posibilidades. Hay un proceso de acercamiento humilde, me queda leer más en asturiano y practicarlo más.
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Eso de acercarse al final… Todavía es joven.
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No es una edad provecta los 56 años, por eso hay todavía mucho entusiasmo, por eso te permite valorar con mucha más intensidad el logro de estar vivo. Lo intento certificar de manera palmaria con mi hecho existencial diario, celebratoriamente. El libro tiene mucho de canto comunal, disfrutón y folixero de cualquier minucia. Por otra parte, cada vez me veo más capaz para decir lo que quiero con relevancia literaria, y mejor cirujano para poder llegar con el escalpelo a lo que quiero, quitar lo que pueda sobrar, y que eso redunde en que haya menos hojarasca.
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Mantiene la protesta, la contestación.
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Si no, seríamos una foto fija en el panorama. Yo espero estar todo el rato saliéndome del encuadre y criticando al fotógrafo y pidiéndole cosas, entre ellas dignidad y paz. El mundo sigue siendo igual de hermoso que de perverso, donde pesan tanto las penas como las grandezas. No es posible escribir poesía y no tener sensibilidad con los que sufren.
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