Espero poder ver la facultad de Ciencias en El Cristo antes de que termine mi mandato en 2030
«El aula me sigue impresionando mucho, pero sí, claro que la echo de menos». El catedrático de Derecho Constitucional Ignacio Villaverde camina por la etapa más intensa de su segundo mandato al frente de la Universidad de Oviedo. Los frentes abiertos con otras administraciones le ocupan al Rector su tiempo más de lo que le gustaría y son un obstáculo para focalizarse en esa docencia e investigación que tanto echa de menos. Pero en el despacho del responsable de la gran institución académica asturiana la actualidad manda. Y ahí están, acechando con fuerza, el traslado de facultades de Llamaquique a El Cristo y el aterrizaje de universidades privadas.
[–>[–>[–>—No le faltan retos urgentes… ¿Cuáles cree más acuciantes?
[–> [–>[–>—Tenemos varios retos muy concretos. El primero es avanzar en el proyecto del campus del Cristo. Este año es decisivo y es muy importante que todas las administraciones estemos alineadas para empezar a dar pasos, siendo conscientes de la complejidad de una actuación de esa envergadura. Otro reto es contar cuanto antes con la autorización del Gobierno del Principado para arrancar la nueva relación de puestos de trabajo del personal administrativo, algo fundamental para avanzar en la reestructuración administrativa de la universidad. Y hay otros dos grandes desafíos ligados a nuestras dos misiones esenciales: la docencia y la investigación. En docencia ya tenemos el informe de los grupos de trabajo con propuestas para renovar nuestro modelo docente y ahora estamos redactando un plan para aplicarlas. Y en investigación seguimos avanzando en el cambio del modelo de gestión. Estamos en una fase muy fangosa, pero necesaria, y espero que a finales de este año podamos tener ya en marcha ese nuevo modelo.
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—El último ranking europeo de universidades les sitúa en el puesto 300, con 24 españolas por delante ¿Cree que es suficiente?
[–>[–>[–>—No es suficiente para este rector. Siempre he dicho que los rankings no me preocupan, pero sí me ocupan, porque aportan información útil sobre la posición institucional y el desempeño de la universidad. Mi obligación es hacer mi trabajo lo mejor posible para que la Universidad de Oviedo esté mejor posicionada. Dicho eso, creo que no está nada mal estar entre las mejores 1.500 universidades del mundo y entre las mejores 25 de España, sobre todo si tenemos en cuenta que hoy hay unas 30.000 instituciones universitarias en el mundo y cerca de 100 en España. Probablemente estamos en una posición acorde con nuestro tamaño y nuestra historia, pero no voy a dejar de esforzarme para que la Universidad esté donde merece su comunidad universitaria.
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—Para mejorar, la internacionalización es clave, una gran asignatura pendiente para su rectorado. ¿Basta con el campus Ingenium o hacen falta más proyectos?
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[–>—Ingenium es, precisamente, otro de los grandes retos inmediatos. Tenemos que consolidarlo como algo más que un acuerdo entre diez universidades europeas. Es lógico que todavía se perciba así, porque aún hay que dar pasos para que se vea como lo que realmente aspiramos a que sea: una verdadera alianza universitaria europea. En este momento hemos dado tres pasos muy importantes. El primero, aprobar los planes de transformación institucional dentro de cada universidad para que Ingenium deje de verse como un simple convenio y pase a entenderse como una gran alianza universitaria. El segundo, avanzar hacia una entidad jurídica única, con personalidad jurídica propia, que nos permita actuar con una sola voz. Y el tercero, impulsar una oferta formativa conjunta ligada a programas de movilidad.
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Ingenium es, precisamente, otro de los grandes retos inmediatos. Tenemos que consolidarlo como algo más que un acuerdo entre diez universidades europeas.
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—Hablemos del campus del Cristo, su reto más acuciante y el más delicado. ¿No cree que está quedando como el responsable de frenar la operación para liberar espacios para los juzgados en Llamaquique?
[–>[–>[–>—Bueno, ya soy el malo de la película. Tengo incluso un pequeño disgusto personal conmigo mismo porque creo que no he conseguido trasladar bien algunos mensajes, al menos a la judicatura asturiana. Cuando digo que el problema de la dispersión judicial o del hacinamiento de las sedes judiciales no lo ha causado la Universidad ni es responsabilidad nuestra resolverlo, no quiero decir que no seamos sensibles a ese problema. Al contrario: desde el primer momento nos pusimos a disposición del Principado y de la judicatura para contribuir a una solución. Y éramos muy conscientes de que la solución pasaba por la Ciudad de la Justicia en Llamaquique. Pero también era importante explicar que para poder ofrecer una salida necesitábamos antes despejar el futuro de nuestro campus de Llamaquique con la ampliación en El Cristo. Si no tenemos a dónde ir, no podemos liberar los espacios que se nos piden.
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—Si está tan dispuesto a ayudar, ¿por qué es tan difícil trasladar la Facultad de Ciencias?
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—Es muy complejo. Primero, porque no tenemos todavía un destino definitivo disponible. Y segundo, porque no estoy dispuesto a hacer traslados provisionales que perjudiquen la calidad docente e investigadora. La Facultad de Ciencias y sus departamentos desarrollan una actividad de altísimo nivel y no voy a poner eso en riesgo. Tienen que irse a un lugar digno y definitivo. Además, el traslado de una facultad con laboratorios y equipamientos tan sensibles es técnicamente muy complejo, logísticamente muy difícil y también muy caro.
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—Había una posibilidad a priori cercana y adecuada… ¿Por qué se opuso a usar la antigua Escuela de Minas para ello?
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—Porque nunca estuvo realmente encima de la mesa como una solución viable, ni provisional ni definitiva para Ciencias. Y quien diga lo contrario, que enseñe un documento. Nosotros incluso explicamos por escrito a la Consejería de Presidencia de Rita Camblor por qué esa opción era inviable. Cuando llegamos al gobierno de la Universidad en 2021, el campus de Llamaquique estaba completamente saturado. El plan inicial era aprovechar el traslado de Minas a Mieres para liberar espacio en el edificio de la calle Independencia y trasladar allí de forma definitiva una de las facultades, que entendíamos que podía ser Ciencias. Pero eso no significaba dejar libre el actual edificio de Ciencias para terceros, sino utilizarlo para aliviar la saturación de otras facultades de Llamaquique.
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Sí contemplamos usar Minas para llevar Ciencias, pero no para liberar esa facultad para la judicatura; y fue antes de que se abriese la posibilidad de El Cristo
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—Entonces sí contempló llevar Ciencias a Minas… ¿Qué cambió?
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—Sí, pero nunca se contempló para liberar Ciencias para la Justicia. Cambió que en septiembre de 2022 el presidente del Principado anunció que los antiguos espacios hospitalarios del Cristo se destinarían a ampliar ese campus y a reubicar allí Ciencias, Informática y Formación del Profesorado. Ese proyecto generó ilusión en las facultades y en los departamentos, porque por fin abría la puerta a disponer de edificios adecuados para tres grandes áreas académicas. A partir de ahí decidimos evitar traslados provisionales y aguantar mientras se desarrollaba el proyecto del Cristo. Y fue entonces cuando optamos por utilizar el edificio de Independencia para centralizar allí dependencias del gobierno universitario, una vieja aspiración y algo que además era mucho más asequible económicamente que habilitar laboratorios y otras instalaciones para docencia e investigación.
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—Deciden levantar ese “edificio de despachos” que tanta controversia ha generado.
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—Eso me parece profundamente injusto. No estamos hablando de “despachitos” ni de un “templo a la burocracia”. Estamos hablando de espacios para prestar servicio a más de 25.000 personas que forman la comunidad universitaria. La Universidad de Oviedo es una institución muy grande. No podemos pretender estar entre las mejores universidades del mundo teniendo a doce profesores compartiendo un despacho. Eso hay que resolverlo y hacerlo también es defender la calidad universitaria.
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—¿Y la solución definitiva para Ciencias va a ser el edificio de Silicosis?
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—Sí, esa es la solución definitiva. Lo que puede haber de provisional es la habilitación de algunas aulas en Silicosis para que la Facultad de Ciencias pueda trasladarse ya de forma completa, con sus departamentos, despachos, laboratorios y docencia. La idea es que todo esté allí. Más adelante, cuando el Materno, que es el edificio más grande a reformar, se convierta en el gran aulario del campus, las clases pasarán a ese inmueble, pero estamos hablando de un tránsito mínimo y dentro del propio campus.
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—Luego, pese a que no le gusta la provisionalidad, sí va a tener algo de transitorio…
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—Exacto, sí, hay una parte que lo será, precisamente con esa voluntad de contribuir a la solución del problema de la Justicia en Llamaquique. Yo creo que es la prueba más evidente de que queremos ayudar, y por eso vamos a habilitar unas aulas provisionales en Silicosis, para poder dejar el edificio de Ciencias a disposición ya del Principado.
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Hay una parte del traslado de Ciencias a Silicosis que será provisional, pero implicará un movimiento mínimo y dentro del campus de El Cristo; es la prueba más evidente de que queremos ayudar, y por eso vamos a habilitar unas aulas provisionales
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—¿Está dispuesto a agilizar ese traslado lo máximo posible?
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—Sí, por supuesto. La voluntad de la Universidad siempre ha sido contribuir y ayudar. No vamos a ser nosotros quienes entorpezcamos o ralenticemos el traslado. Entre otras cosas porque la propia Facultad de Ciencias tiene ganas de ir a un edificio nuevo, con buenos laboratorios, buenas aulas y mejores condiciones. Pero necesitamos ayuda y que el resto de administraciones hagan también su parte.
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—¿En qué estado están los edificios del Cristo?
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—Están vandalizados, vaciados, pero estructuralmente están bien. Eso es lo importante. Se necesita una inversión fuerte, claro, porque no se trata solo de pintar y alicatar, sino de reutilizar edificios hospitalarios como espacios universitarios. Pero no hay daños estructurales. Eso nos lo confirmó expresamente el equipo redactor del anteproyecto.
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—¿En qué plazo cree que podrá completar el traslado de Ciencias?
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—El anteproyecto para El Cristo hablaba de cinco años de ejecución en tres fases. Pero eso era en 2024. Estamos en 2026 y seguimos pendientes de pasos que no dependen de la Universidad. Ahora mismo el Principado tiene que avanzar en cuestiones imprescindibles, como un Plan Especial de Reforma Interior para todo el ámbito, sin el cual no se pueden tramitar licencias urbanísticas ni licitar las obras. Y también hay que despejar el marco financiero; es decir, cómo y en qué plazos se va a financiar toda la operación. Así que agradezco la implicación personal manifestada por el Presidente.
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—Concrete más los plazos, por favor.
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—Yo soy consciente de que no voy a ver terminado el campus del Cristo como Rector, pero sí espero poder ver la facultad de Ciencias en su ubicación definitiva en Silicosis antes de que termine mi mandato en 2030.
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—¿Se está notando la implicación personal que anunció Barbón para desbloquear el proyecto?
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—Yo agradezco mucho que el Presidente haya decidido involucrarse personalmente en un proyecto que él mismo anunció en 2022. Mantengo un contacto prácticamente semanal con los consejeros implicados -el nuestro, Borja Sánchez; el de Justicia, Guillermo Peláez, y el de Ordenación, Ovidio Zapico- y entiendo que él lidera la operación como Presidente del Principado, pero el trabajo diario lo tenemos que hacer sus consejeros y yo. Ese trabajo se está haciendo.
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—Desde el Principado surgen críticas a su inflexibilidad para agilizar todo esto y que, además, la Universidad no para de pedir dinero. ¿Se resiente la relación, como dijo el Alcalde de Oviedo?
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—Bueno, el Alcalde de Oviedo dice eso porque le interesa políticamente: no olvidemos que el año que viene hay elecciones. No se resquebraja. La relación entre dos instituciones como el Gobierno y la Universidad siempre es compleja. A veces hay desencuentros, porque no siempre coinciden los intereses o las agendas institucionales y políticas. Pero hasta ahora siempre hemos encontrado una salida dialogada. A mí no me gustan los conflictos ni exteriorizarlos. No participo de esa cultura tan asturiana de escenificar desencuentros. Me siento más deudor de esa otra cultura del trabajo discreto y de que las administraciones deben mostrar que son capaces de llegar a acuerdos. Y si llegar a acuerdos significa pedir más dinero para la Universidad de Oviedo, lo voy a pedir como hacen otros sectores con el Principado. Claro que sí. Porque no estoy pidiendo dinero para mí, sino para los asturianos. Si la Universidad funciona bien, quien gana es Asturias.
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La relación con el Principado siempre es compleja; a veces hay desencuentros, porque no siempre coinciden los intereses o las agendas institucionales y políticas, pero hasta ahora siempre hemos encontrado una salida dialogada
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—¿Y con la judicatura? Como hombre de Derecho le tiene que doler especialmente la brecha abierta con el TSJA…
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—Si me permite la broma, yo ya he descartado poder ser magistrado por el cuarto turno (risas). Hablando ahora en serio, pasa algo parecido. Hay un desencuentro porque sus tiempos y su agenda no coinciden con los de la Universidad. Pero mi responsabilidad es proteger la agenda de la Universidad de Oviedo, no la del Consejo General del Poder Judicial o la del Tribunal Superior de Justicia. Eso sí: ellos saben que la Universidad siempre está dispuesta a ser parte de la solución. Lo único que pedimos es que se respete la autonomía universitaria y las decisiones que corresponden a la institución.
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—Otro foco caliente para usted es la llegada de las universidades privadas, que ve con reticencias. ¿No es sana la competencia?
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—No me gusta ese paradigma tan economicista. Para que haya competencia tiene que haber un mercado, y yo no creo que exista un mercado universitario en el sentido empresarial del término. Las universidades, especialmente las públicas, no funcionan ni deben funcionar con criterios de empresa. Yo siempre hablo de complementariedad. Las privadas cubren espacios a los que a veces las públicas no podemos llegar. Eso no quita que también sean un estímulo para mejorar. Quiero que la Universidad de Oviedo siga siendo líder, por ejemplo, en Ciencias de la Salud, y vamos a seguir trabajando para ello.
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—Usted ha dicho que no se puede impedir la implantación de universidades privadas, y eso ha dolido en la Consejería del Principado que dirige IU.
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—No lo digo yo, lo dice el Tribunal Constitucional. La jurisprudencia es muy clara: el modelo español de educación superior es un servicio público que puede ser prestado tanto por universidades públicas como por privadas. Y no se pueden establecer normas discriminatorias o diferencias no razonables entre unas y otras. Otra cosa distinta es exigir condiciones de calidad para implantarse. Ahí sí hay margen. Hay comunidades autónomas más laxas y otras mucho más exigentes. Y yo creo que lo que hay que hacer es precisamente eso: ser muy exigentes con la calidad y con los compromisos de los proyectos privados que quieran implantarse.
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No se pueden establecer normas discriminatorias contra las universidades privadas; otra cosa diferente es ser muy exigentes con la calidad de las que vengan
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—¿Por qué le preocupa tanto que estudiantes de universidades privadas hagan prácticas en la sanidad pública?
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—Me preocupa si eso va en detrimento de nuestros estudiantes. En todo caso, la Consejería me ha trasladado que la Universidad de Oviedo no va a perder plazas de prácticas ni de rotatorio. Y si se crean nuevas plazas, entiendo que la universidad pública debería tener prioridad para poder aumentar también su oferta formativa. En los hospitales universitarios (HUCA, San Agustín y Cabueñes), además, la presencia de estudiantes de universidades privadas debe ser autorizada por la universidad pública, porque así lo marca la normativa estatal. Otra cosa son los centros asociados, donde la Consejería tiene más capacidad de decisión.
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—¿Entonces de dónde van a salir esas plazas de prácticas para las que la privada ya tiene convenio, incluso estipulando lo que pagarán el Principado por cada una?
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—Lo desconozco. También es verdad que hay que distinguir las plazas en atención primaria, donde hay más flexibilidad, de las plazas en especialidades médicas, donde hay criterios mucho más rígidos. Imagino que están hablando de la atención primaria en los hospitales asociados, pero que, desde luego, no están hablando de las que realmente nos condicionan a nosotros para poder ofertar más plazas de acceso a Medicina y Enfermería en Asturias, que son las especialidades.
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—Usted es hombre de servicio público. ¿No cree que en una comunidad con déficit de profesionales sanitarios sería bueno formar a más graduados?
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—Todos los rectores de universidades públicas tenemos la sensación de que se nos ha trasladado un problema que en realidad no es del sistema universitario. Si uno mira el número de personas que se presentan al MIR, al EIR o a otras pruebas, y lo compara con las plazas que se ofertan, ve que hay una diferencia importante. El problema no parece ser de número de egresados, sino de número de plazas en el sistema sanitario. Cada vez hay más facultades de Medicina, públicas y privadas. Los datos no indican que falten plazas universitarias, sino plazas de formación en el sistema público sanitario.
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Los datos no indican que falten plazas universitarias en Medicina o Enfermería, sino plazas de formación en el sistema sanitario público
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—¿Puede afirmar que un médico o una enfermera formados en una universidad privada serán peores profesionales que los de una pública?
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—Es una pregunta muy complicada. No me gusta responder de forma categórica a eso. Lo que sí puedo decir con absoluta seguridad es que la calidad de los egresados de las universidades públicas es incuestionable. Y en el caso de la Universidad de Oviedo, también. Ahí están, por ejemplo, los resultados en el MIR, que son un termómetro relevante —aunque no el único— de la calidad de la formación que reciben nuestros estudiantes en Ciencias de la Salud.
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—Y por si fueran pocas sus batallas, tambien protagonizó un frente con el alcalde de Siero por el centro de inteligencia artificial. ¿No cree que llegaron demasiado lejos?
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—Yo creo que a veces tengo dos defectos: soy demasiado confiado y demasiado paciente. Ya hubo señales tempranas de que el proyecto del Centro de Estudios sobre el Impacto Social de la Inteligencia Artificial (CEISIA) no iba bien en Siero, pero aun así confié. Intenté entender la preocupación y la incomodidad del Alcalde, que quería una herramienta de gestión urbanística rápida y barata. Barata podía ser; rápida, siempre dijimos que no era posible. La Universidad incluso tuvo que arreglar el espacio cuando eso correspondía al Ayuntamiento. Hubo muchos problemas para arrancar el proyecto y eso desgastó al primer director. Pese a todo, el centro logró en poco tiempo una reputación muy importante en la reflexión y el desarrollo de herramientas de inteligencia artificial. De hecho, ahora tiene muchas ofertas. Pero llegó un momento en que las descalificaciones al nombre de la Universidad de Oviedo eran ya insostenibles y, por dignidad institucional, lo correcto era marcharse.
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—Con tantos frentes abiertos, ¿le queda tiempo para centrarse en lo académico?
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—Es evidente que todo esto desgasta. Los rectores de universidades del G9, que somos únicas en nuestras comunidades autónomas, estamos mucho más expuestos y eso nos coloca muchas veces en el centro del debate público. Además, las universidades, por algún motivo, siempre hemos sido oscuros objetos de deseo. A veces parece que todo el mundo sabe exactamente qué tienen que hacer las universidades públicas y tienen ideas maravillosas para ellas. Y sí, eso te quita tiempo para lo importante, que es gestionar la Universidad, mejorarla y hacerla avanzar. También desgasta en lo personal y en lo humano. Pero yo vine a esto voluntariamente y tengo que asumir ese coste.
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Ser magistrado del Constitucional no solo me tentaría, es que no tendría ninguna duda en decir que sí; pero fuera de eso, la política no me tienta nada
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—¿Qué será Ignacio Villaverde cuando termine su etapa como rector?
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—Un feliz profesor de Derecho Constitucional, encarando el final de su trayectoria profesional y académica. Mi vocación está ahí. Me gustaría volver a mis clases, a mis artículos, a la investigación, y también dedicar más tiempo a mi familia, que se lo debo.
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—¿No le seducen las mieles del Tribunal Constitucional o de la política?
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—Ser magistrado del Tribunal Constitucional sería, para cualquier constitucionalista, un sueño. Sería un colofón impensable. Pero eso tiende a imposible y por eso reconozco que no solo me tentaría, es que no tendría ninguna duda en decir que sí. Precisamente. Pero, fuera de eso, la política no me tienta nada. Me interesa como estudioso, como espectador, no como protagonista.
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