esplendor indiano en perfecto estado de conservación
Virginia CasiellesHistoriador del arte y especialista en el fenómeno migratorio de los indios, firma esta serie de artículos sobre la huella en piedra que dejaron en Asturias los emigrantes que triunfaron en América. Este especialista contará periódicamente en «Asturias Exterior» de LA NUEVA ESPAÑA, la historia constructiva y familiar de algunas de las casas indianas más destacadas de la región. Virginia Casielles es la autora del libro ““Una saga de maestros constructores”sobre la familia Posada Noriega, que construyó numerosas casas de este tipo en el Oriente, y también sobre “El pequeño indio”la exitosa versión infantil del libro anterior.
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Entre Cuba, Francia y Asturias se construyó la historia de la Casona de Somao. Una residencia indiana que habla de fortuna, prestigio y cosmopolitismo, pero también del papel decisivo de una mujer, Encarnación Valdés, que supo gestionar patrimonio, memoria y poder en un tiempo que no se lo ponía fácil.
[–>[–>[–>Hablar de Somao es hablar de indianos, de partidas y retornos, de historias de vida y, por supuesto, de arquitecturas escenográficas y coloniales. Una de ellas es la que la familia Álvarez Menéndez levantó en la zona de La Serradera en el año 1900, lugar privilegiado desde donde contemplar la desembocadura del Río Nalón y la playa del Aguilar al fondo, y cuya secuoya de gran desarrollo, plantada por Don Gabino, sigue siendo testigo de los 126 años que conforman su historia.
[–> [–>[–>Fachada principal de La Casona. / Virginia Casielles
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Su propietario, Gabino Álvarez Menéndez, natural de Somao, nació en 1848 y falleció en 1905. Era hijo de Alfonso Álvarez y Juana Menéndez; tuvo una sola hermana, María. Muy joven, con 12 años, emigró a Cuba y se instaló en Caibarién, el pueblo de los Cangrejos, también llamado la Villa Blanca (provincia de Villa Clara), reclamado por su tío José Menéndez-Viña, uno de los primeros emigrantes que dio Somao y propietario de El Noceo, casa familiar que dignificó a su vuelta de Cuba.
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Fue en Caibarién donde, con el tiempo, Gabino regentaba una casa de comercio propia, negocio de ultramarinos con el que llegó a amasar una gran fortuna. En estos colmados se vendían todo tipo de productos, tanto de lujo como de primera necesidad, y se alternaban los de importación, llegados de Europa, con los propiamente cubanos: tabaco y azúcar. En este negocio puso el señor Álvarez su empeño y sus esfuerzos durante más de 30 años, siendo él el gerente de la sociedad «Álvarez y Compañía».
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Gabino Álvarez Menéndez. / Ignacio Sandoval De Las Heras
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Los colmados o tiendas mixtas también recibían el nombre de pulperías o tabernas —dependiendo de la zona geográfica donde se ubicaran—. En ellos se vendían todo tipo de productos y eran una constante en las zonas rurales de Cuba. Se podía adquirir desde cualquier tipo de alimento hasta dispensarse bebidas alcohólicas o dar posada. En la mayoría de los casos, estos negocios tenían propietarios peninsulares, en gran medida catalanes; por ello, el término catalán en Cuba está muy asociado al de comerciante, aunque su origen no fuera necesariamente Cataluña.
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Además de su actividad comercial, el Sr. Álvarez desempeñó numerosas funciones en la sociedad cubana del momento, favorecido tanto por la cultura que adquirió como por su carácter afable. Llegó a ser teniente coronel del ejército de voluntarios y presidente de la junta jurisdiccional del partido Unión Constitucional, además de ejercer como teniente alcalde, también fue presidente del Casino Español de Caibarién. Su carácter modesto le llevó a rechazar en varias ocasiones los cargos de alcalde y diputado. Tras su regreso a España y, más concretamente, a Asturias, fue consejero en las empresas de ferrocarriles Vasco Asturiana y en la eléctrica «La Murense».
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Don Gabino y Doña Encarnación / Ignacio Sandoval De Las Heras
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Gabino Álvarez contrajo matrimonio en dos ocasiones. La primera fue con su prima hermana Antonia Menéndez Grande (1858-1888), fallecida en Cuba, con quien tuvo un hijo, Gabino Álvarez Menéndez, propietario de otra de las grandes villas indianas de Somao, «Villa Radis». En segundas nupcias, en 1895, se casó con su sobrina Encarnación Valdés (1876-1958), hija de su única hermana, María Álvarez, y Francisco Valdés. Tras el matrimonio regresaron a Caibarién y, en 1897, nació allí su primer hijo en común, Alfonso, al que seguirían Eulalia, Rolindes y María de las Nieves.
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En 1899 Gabino y su familia ya figuran viviendo en Asturias, y será en el año 1900 cuando se concluya la residencia familiar de don Gabino y doña Encarnación en Somao. La obra se debe, con casi total certeza, al padre de Encarnación, Francisco Valdés, por entonces un destacado maestro de obras de la zona, además de reputado carpintero y ebanista. Fue él quien resolvió los espacios interiores con tal maestría que el resultado se aproxima más a un proyecto de arquitecto, por lo que muchas fuentes apuntan a García Nava como artífice de la obra. Todo en la casa es suntuoso y grandilocuente; su escala impresiona, y de ahí el nombre con el que se conoce: La Casona.
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Doña Encarnación, ya viuda, con sus cuatro hijos. / Ignacio Sandoval De Las Heras.
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Se alza ante nosotros dominante e imponente al elevarse sobre un basamento al que se accede mediante una amplia escalinata ceremonial de piedra, flanqueada por balaustradas y jarrones ornamentales. Sus grandes ventanales y lucernarios anticipan la luminosidad que inunda el interior, dotando a la residencia de una presencia majestuosa.
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La fachada es simétrica y muy ordenada, y combina el revoco rojo con la sillería clara en marcos, impostas y esquinas. El conjunto se desarrolla en varios pisos y se articula mediante un cuerpo central rematado por una galería acristalada que, junto con el mirador de azotea abierto en el tejado —conocido como la Solanina—, cumple una función tanto visual como simbólica. Desde allí se domina el entorno y, al mismo tiempo, se subraya el carácter representativo de la vivienda, concebida como algo más que un espacio doméstico: un instrumento de proyección social, aunque sin abandonar una escala confortable y alejada de cualquier pretensión palaciega.
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Fachada lateral de La Casona con secoya. / Alejandro Braña
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Los balcones de forja, el arco de acceso principal y la profusión de molduras y cornisas la sitúan dentro de un clasicismo ecléctico muy del gusto burgués, capaz de transmitir estatus, modernidad y voluntad de representación. Estos rasgos, unidos al entorno ajardinado y a su posición dominante, refuerzan su condición de residencia singular, pensada para ser vista y reconocida en el paisaje, como es habitual en la arquitectura indiana.
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El elemento más característico de la casona es su balcón perimetral, concebido como un cinturón acristalado que introduce ritmo y luminosidad a modo de mirador continuo. Rodea tres de las fachadas y permite la salida desde prácticamente todas las estancias, actuando como elemento dinamizador del conjunto al aportar luz, calor y movimiento interior. La galería, sostenida por esbeltos pilares metálicos, se vincula directamente con la arquitectura de recreo frente al mar, propia de las primeras mansiones de balneario, asociadas al lujo, la distinción y el espíritu vacacional de la élite cubana. Uno de los mejores ejemplos, al que la podemos equiparar, es la residencia cottage Arechabala, en Varadero. Este rasgo tan singular convierte a La Casona en un ejemplo único en su estilo, no solo en Asturias, sino también en el conjunto del territorio español.
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Capilla-Panteón. / Virginia Casielles
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En el interior se emplearon maderas nobles y se conservan pinturas en techos y paramentos, obra de pintores asturianos. Influenciado por el espíritu afrancesado de la época, todo el mobiliario fue traído desde Francia, tras varios viajes del matrimonio por Europa y una estancia prolongada en ese país. Como era tradición, la casona cuenta con un salón del piano, muy probablemente destinado a los hombres por su decoración y mobiliario, y un salón rosa, de marcado carácter femenino, con muebles de palo de rosa procedentes de las Indias Orientales y doseles que fueron regalo de bodas de Gabino a Encarnación. La Casona de Somao sigue rezumando hoy intelectualidad y cosmopolitismo, cultura y estudio, cualidades a las que contribuyó de manera decisiva Encarnación. Formada en una educación religiosa en el colegio del Santo Ángel —primero en Pravia y después en Avilés—, recibió una enseñanza basada en la disciplina, la moral católica y la aceptación de un destino que, en su tiempo, era frecuente: el matrimonio entre tíos y sobrinas como estrategia para mantener la fortuna dentro del ámbito familiar.
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Esposa de principios del siglo XX y madre de cuatro hijos, la muerte de su marido supuso un punto de inflexión en su vida. Viuda joven —lo sobrevivió durante cincuenta y tres años—, tuvo que asumir la jefatura del hogar y la gestión de un ingente patrimonio familiar. Esa responsabilidad forjó un carácter firme y decidido, capaz de actuar con autonomía, aunque siempre matizado por un temperamento afable y generoso que la hizo muy querida.
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Interior de vidrieras de Maumejean de la cúpula del panteón. / Virginia Casielles
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Fue una madre especialmente atenta a la formación de sus hijos e hijas, a quienes procuró una educación sólida en estudios clásicos, ciencias e idiomas modernos como el inglés y el francés. Pero su compromiso con la educación no se limitó a su familia; también se extendió a sus vecinos, ya que gracias a su aportación económica, junto con la de otros indianos relevantes como Marcelino Cantera, Encarnación Menéndez Grande o Fermín Martínez, se construyeron las escuelas de Somao.
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Además, mostró una notable capacidad emprendedora y una clara visión de futuro, reflejada en importantes inversiones inmobiliarias. A ella se debe la construcción de uno de los edificios de carácter cementerial más singulares que se conservan, así como la adquisición de propiedades en Oviedo, Gijón, Madrid y el sur de Francia. Entre todas ellas destacan el edificio que levantó en Madrid en 1926, obra del arquitecto José Carnicero, siguiendo los parámetros modernistas. También, la residencia que adquirió en Biarritz, una de las estaciones balnearias más exclusivas de finales del siglo XIX.
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Salida del panteón hacia La Casona. / Virginia Casielles
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Biarritz, conocida como «la reina de las playas y la playa de los reyes», se consolidó desde 1830 como lugar de recreo de la aristocracia y la alta burguesía europea. A ello contribuyeron tanto el contexto de las Guerras Carlistas, que mantuvieron sitiada a San Sebastián, como la presencia estival de Napoleón III y la emperatriz Eugenia de Montijo. Allí, Encarnación, gran amante del país vecino, fue propietaria de la residencia El Castel Covadonga, una arquitectura propia del eclecticismo burgués, con tintes regionalistas y de arquitectura de balneario, que la vinculó con una de las sociedades culturalmente más avanzadas de la Europa del momento y reforzó el carácter cosmopolita de su entorno familiar.
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Encarnación fue una mujer fuerte y decidida, cuya influencia resultó determinante en hijos y nietos. Sin romper con el sistema social de su tiempo, supo desenvolverse en él con inteligencia, responsabilidad y una notable capacidad de adaptación. Vivió de sus inversiones y encontró en la religión un espacio de refugio y estabilidad. En este ámbito fue fundamental su relación con su confesor espiritual, Amando García Rubiera, presbítero de sólida formación, licenciado en Teología y canónigo por oposición de la Real Colegiata de La Coruña durante once años, además de capellán de honor y predicador supernumerario del rey Alfonso XIII.
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Detalle de techo y paredes del Salón Rosa. / Virginia Casielles
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Para él mandó construir una vivienda en Somao, conocida como la Casina o Casa de don Amando, quien no solo la acompañó en lo espiritual, sino que también contribuyó a la formación intelectual de sus hijos e hijas. Su figura representó, además, una continuidad simbólica de las redes masculinas de apoyo de las que dependía una mujer joven y viuda en una sociedad que no siempre se lo ponía fácil, circunstancia que se vio favorecida, conviene recordarlo, por una posición económica más que holgada.
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Su gusto estético y su conocimiento de las últimas tendencias quedan patentes en todas las intervenciones que promovió. Fue ella quien, con la ayuda de su confesor, obtuvo un permiso eclesiástico especial para construir una capilla-panteón familiar en su jardín privado, algo que entonces estaba prohibido, y trasladar allí los restos de su marido, fallecido en Oviedo y enterrado hasta el momento en el cementerio de Muros de Nalón. A la concesión de este permiso contribuyeron sus numerosas obras pías, entre las que destacaron las aportaciones realizadas al centro parroquial del pueblo. Logró, además, que la obra fuera proyectada por el arquitecto diocesano Emilio Fernández Peña, quien lo firmó en enero de 1909.
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La capilla-panteón es un edificio de planta de cruz griega, enmascarada al exterior, y de clara influencia bizantina. Cuenta con dos alturas: una superior, destinada a capilla de culto, y otra inferior, reservada a la cripta, a la que se accede mediante una escalera de mármol a través de una artística verja.
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Detalle de la escalera de La Casona. / Virginia Casielles
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En el interior destaca la riqueza decorativa, con suelos hidráulicos, zócalos de azulejo de Talavera, mármoles y mosaicos que recubren las bóvedas. En estos últimos, la flor de lis adquiere una presencia especial al formar parte del escudo familiar, aunque son los vitrales los elementos de mayor protagonismo. Estos se disponen alrededor del tambor octogonal de la cúpula, con representaciones de las virtudes cardinales y teologales, así como de la Paz, y también en dos de los ábsidiolos del cuerpo central. Son obra de los vitralistas franceses Maumejean, muy característicos por sus estilos art nouveau y art déco, llenos de detalle y colorido, y están fechados en 1910. Los del ábside del altar están dedicados a San Ignacio de Loyola, como símbolo de la entrega total a Dios; en el frente oeste se representa la Anunciación, y en la zona de descenso a la cripta se sitúa la vidriera dedicada a San Francisco de Asís.
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La habitación rosa. / Alejandro Braña. «Asturias por descubrir»
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Al exterior, el edificio presenta un volumen compacto y simétrico, articulado en torno a un cuerpo central cubierto por cúpula. Se eleva sobre un zócalo que remite a la Secesión vienesa, mientras que la decoración, basada en pináculos, contrafuertes y ángeles de cuerpos estilizados y alas abiertas casi en disposición radial, remite claramente al lenguaje modernista. La elección del cromatismo azul para las bóvedas no es casual, ya que simboliza la conexión entre la tierra y lo celestial, lo eterno, lo divino y la gloria.
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Sala del piano con el retrato de Alfonso Álvarez, padre de Gabino. / Alejandro Braña. «Asturias por descubrir».
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Gabino y Encarnación representan dos tiempos de una misma historia. Él encarna el viaje, el riesgo y la ambición que llevaron a muchos asturianos a cruzar el océano; ella, la permanencia, la gestión y la capacidad para dar continuidad a lo alcanzado. Juntos construyeron la Casona de Somao, mucho más que una casa: un espacio que une la experiencia americana con la tierra natal, un reflejo del esfuerzo convertido en legado y de una vida que se mantiene a través del tiempo. Esa continuidad la sostienen hoy sus descendientes, que cuidan la casa y su historia, manteniéndola como un vínculo real y presente con sus raíces.
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