ESTRENOS NETFLIX | El injusto batacazo del regreso de ‘Bronca’
Hace tres años, en abril de 2023, Netflix sorprendió con una de las series más afiladas y corrosivas de su catálogo reciente: ‘Beef’, conocida en España como ‘Bronca’. Uno de esos éxitos inesperados con los que la gran N roja suele sorprender a mitad de año, tal y como por ejemplo ya hizo con ‘Adolescencia’. Aquella primera temporada de ‘Bronca’ era un artefacto casi perfecto: una historia mínima como es un incidente de tráfico en un aparcamiento, se convertía en una espiral de odio, frustración y autodestrucción entre Danny y Amy. Un relato tan concreto como universal, con un cierto sabor coreano.
[–>[–>[–>Por eso, convertir aquel milagro irrepetible en una antología anual era una apuesta arriesgada. No porque fuera imposible continuarla, sino porque implicaba cambiar su naturaleza. Y eso es exactamente lo que ha hecho esta segunda temporada: mutar. El problema es que el público no siempre acepta las mutaciones, aunque estén bien ejecutadas. En esto de las series antología, hasta ‘American Horror Story’ ha decidido tirar de nostalgia y volver para su nueva temporada al escenario en el que se ambientaba su tercera entrega, ese aquelarre de brujas de Nueva Orleans. Apostar sobre seguro, ya que la serie de la factoría de Ryan Murphy llevaba dos años de parón. Mientras que otra serie como Mr. & Mrs. Smith ha elegido regresar para su segunda temporada en Amazon también como una antología con otra pareja de protagonistas.
[–> [–>[–>La primera ‘Bronca’ era una guerra de guerrillas emocional: el choque entre dos individuos heridos, representantes de dos formas distintas de fracaso contemporáneo. La nueva entrega, en cambio, es otra cosa. Aquí la bronca ya no es democrática. Se ha vuelto dinástica, estructural, casi aristocrática. Los conflictos no nacen en un parking, sino en clubes de campo, despachos y salones donde todo parece bajo control… hasta que deja de estarlo. El cambio no es menor. Donde antes había impulsos, ahora hay estrategia. Donde antes había reacción, ahora hay cálculo. Ya no asistimos a una explosión emocional, sino a una lenta combustión. Había algo de «odiamos a los ricos» que tan bien había sabido explorar ‘The White Lotus’.
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Ese desplazamiento de lo visceral a lo estructural es, probablemente, la clave de su desconexión con el público. Tristemente la serie ha quedado fuera de los rankings de los títulos más vistos de la plataforma. Si la primera temporada nos interpelaba directamente, esta nos observa desde la distancia. Es más fría, más elegante, más analítica. Y también, inevitablemente, menos accesible. Oscar Isaac y Carey Mulligan se destrozan en clubes de campo y galas benéficas, mientras aparentan ser un matrimonio feliz. Es una guerra civil dentro de un palacio de cristal. Pero esta no es una historia sobre las crisis de esta pareja. Estamos ante una partida de ajedrez a varias bandas.
[–>[–>[–>Una de estas peleas es vista y grabada con el móvil de manera accidental por una joven pareja de trabajadores del club, Austin y Ashley. El incidente les abre la puerta a escalar profesionalmente dentro de la empresa. Ni ellos mismos ven lo que hacen como una extorsión, pero lo cierto es que sus ascensos les van cambiando, aunque partían de un idealismo que despreciaba todos los males del capitalismo. A través de Austin y Ashley, la serie nos tiende una trampa: nos invita a juzgar a la élite desde su idealismo para luego demostrarnos que el sistema es un virus que nos infecta a todos en cuanto vemos una grieta por la que escalar. Ya no es una lucha de clases; es una asimilación. Lo irónico es que en el descenso a los infiernos de la otra pareja, también aprende a volver a amarse. Aunque puede que para ellos ya sea demasiado tarde.
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Ya podíamos pensar que esta vez íbamos a ver una historia sobre la guerra entre las dos parejas, cuando entra un tercer elemento en la ecuación. La nueva dueña del club, una millonaria coreana que, tras su apariencia de desvalida anciana, se encuentra todo un depredador en la cima de la cadena alimenticia. Si en la primera temporada buscábamos la humanidad en el otro, en esta entrega la ‘anciana depredadora’ nos recuerda que, en la cima de la pirámide, la empatía es una debilidad biológica que no tiene lugar.
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[–>Y sin embargo, sería un error confundir distancia con debilidad. El final de esta segunda temporada es, precisamente, donde la serie demuestra su ambición. No hay redención, ni catarsis, ni iluminación compartida como la que cerraba el arco de Danny y Amy. Aquí solo hay aceptación. Aceptación de los roles, del sistema, de la imposibilidad de escapar de ciertas estructuras. El sistema permanece, aunque las personas cambien. Solo el personaje de Oscar Isaac que parecía el más corrupto de todos es el único sobre el que cabe esa hipotética redención. Es un cierre desolador, pero coherente con el mundo que retrata.
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La ironía es evidente: ‘Bronca’ no ha fracasado por ser peor que antes, sino por ser distinta. Por exigir más y ofrecer menos consuelo. Por cambiar el espejo por el escaparate. Al final, la verdadera bronca no está en la pantalla, sino fuera de ella. En un espectador que, quizás, ya no busca verse reflejado, sino sentirse atravesado. Y en ese cambio de expectativas, puede que haya dejado atrás una de las propuestas más incómodas y valiosas de la temporada.
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