Estrés y cáncer, una relación difícil de encontrar
Atravieso el parque y oigo a una madre reprender cariñosamente a un niño de unos 3 años. «Es que estoy muy estresado», le dice en tono de disculpa. Leo que los residentes de primer año se quejan de estar quemados, de burn out, el síndrome que ocurre cuando, de manera mantenida a lo largo de años, la demanda excede a la capacidad de soportarla.
[–>[–>[–>Hace 100 años nadie hubiera utilizado esta palabra. Nombrar es muchas veces poseer. Esa palabra que erróneamente eligió Selye para darle un nombre a lo que observaba en las ratas a las que sometía a todo tipo de perrerías, delimitó, hizo visible, un estado de ánimo que hace 100 años quizá no se sintiera de la misma forma. Sin embargo, probablemente estuviera sometidos a más presión e incertidumbre que ahora.
[–> [–>[–>La supervivencia del cazador recolector dependía de su pericia y del azar. Cada día era una aventura. El primitivo agricultor vivía en un estado de zozobra ante el capricho inextricable de los accidentes meteorológicos y las plagas. Las condiciones laborales eran brutales y los hogares muy inseguros, lo mismo que las calles. No sabíamos curar las enfermedades. Una madre perdería la mitad de sus hijos antes de los 5 años. La guerra era una actividad celebrada, admiramos a depredadores como Alejandro Magno o Julio César, qué decir de Napoleón. Pero no se había inventado la palabra estrés, no lo sufrían. Y no se podían observar sus consecuencias. Al estrés se le atribuyen muchas enfermedades. Incluso el cáncer.
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Nadie piensa que el estrés sea la causa de la mutación, del cambio en el ADN, que transforma y convierte a la célula en una rebelde, sorda a las órdenes del organismo, ambiciosa por hacerse con todo el espacio en su incesante reproducción hasta acabar ocupándolo, matando al cuerpo que la alberga. Pero sí se piensa que ese organismo debilitado por el estrés no supo frenarla a tiempo. Como no supo resolver la exigencia y está en permanente tensión, el cerebro intenta acomodarlo descargando una hormona con múltiples acciones: el cortisol. Una de ellas es el aplanamiento del sistema inmunológico: se hace más incompetente para detectar lo que es extraño. En teoría, será más susceptible a enfermedades infecciosas y no sabrá batallar esas células rebeldes que se quieren hacer con el poder: las cancerígenas.
[–>[–>[–>Medir el estrés es muy difícil. Nos gustaría tener un indicador biológico: la tensión arterial, la variabilidad del ritmo cardiaco, la secreción de cortisol. Ninguno es suficientemente. Por eso, por la dificultad de clasificar bien el grado y duración del estrés, es muy difícil encontrar asociaciones. Porque ni son todos los que están ni están todos los que son. Esa contaminación difumina los resultados. De nada sirve examinar la asociación en miles de sujetos, como veremos ahora, porque el error persiste.
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Efectivamente, la técnica denominada meta-análisis no resuelve ese problema. Ahora se publica uno en el que logró reunir cerca de 500000 personas procedentes de 22 estudios a los que siguieron durante años para recoger los casos de cáncer. Los investigadores analizan los datos de cada uno de los sujetos y los juntaron para tener una muestra enorme. Cuando aceptaron participar, a cada sujeto le habían preguntado si habían experimentado la pérdida de un ser querido recientemente, cómo eran sus relaciones sociales, la calidad del apoyo social, si sufrían distrés y calificaban el grado de neuroticismo. En el curso del seguimiento diagnosticaron más de 35000 cánceres. Los números son impresionantes. La primera sorpresa es que no encontraron que las personas que se califican como estresadas tuvieran más cáncer, ni tampoco las que consideraban que tenían una personalidad neurótica, un rasgo que se asocia a estrés. No disfrutar de una buena relación social se asociaba a varios cánceres, especialmente los que sabemos que dependen del tabaco. Así que los investigadores estudiaron esa asociación primero entre los que fumaban, no encontraron nada, después entre los que no fumaban y tampoco. Por tanto, la causa era el tabaco. Lo mismo ocurría con la ausencia de apoyo social: el cáncer ocurría con más frecuente entre ellos, pero resulta que también fumaban y bebían más. La hipótesis es que esas situaciones de desamparo llevan al consumo de sustancias para paliar esos déficits.
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[–>¿Podemos decir de manera taxativa que el estrés no es un factor que facilite el desarrollo del cáncer? Creo que no porque el papel de esos agentes de aduanas que vigilan la entrada de sujetos extranjeros es muy importante en la lucha permanente contra el cáncer. Y todo hace pensar que el estrés crónico debilita ese ejército que llamamos inmunidad. Pero las pruebas no lo soportan, quizá porque clasificamos mal y esa contaminación hace difícil encontrar asociaciones cuando existen.
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