¿Guerra económica contra EE UU?
La Unión Europea vuelve a descubrir, con demora y ruido, una verdad incómoda: en materia comercial, Estados Unidos firma acuerdos… y luego los reescribe por decreto. Hace apenas unos meses, Washington y Bruselas habían acordado un marco que limitaba los aranceles estadounidenses sobre las exportaciones europeas al 15%. Hoy Donald Trump amenaza con un 10% adicional —y con un 25% en junio— contra varios países europeos por un motivo tan extravagante como revelador: forzar una negociación para que Estados Unidos «compre» Groenlandia.
La anécdota es grotesca; El patrón, preocupante. Si la principal potencia mundial trata los compromisos comerciales como un papel, el mensaje es claro: La seguridad jurídica es condicional y depende del humor del inquilino de la Casa Blanca. Y, ante esta lógica del chantaje, la clase dominante europea se siente tentada a responder con el mismo lenguaje: represalias.
Desde el principio, Aranceles sobre 93.000 millones de euros de exportaciones estadounidenses. Pero de fondo asoma algo más ambicioso: activar el «instrumento contra la coerción económica», aprobado en 2023, que permite a la UE ir más allá de los aranceles y castigar, con un amplio alcance, al país que la «coaccione».
¿En qué se podría traducir ese «botón nuclear»? En primer lugar, en convertir a la gran tecnología estadounidense en un rehén político: impuestos ad hoc, exigencias regulatorias asfixiantes o restricciones de acceso al mercado europeo. Se vendería como soberanía digital; Se sufriría como un caos operativo: menos servicios, menos eficiencia publicitaria, migraciones forzadas a la nube, mayores costes para las empresas europeas.
En segundo lugar, en restringir las exportaciones europeas de bienes críticos a EE.UU.: maquinaria especializada u otros productos difíciles de sustituir a corto plazo. En tercer lugar, en cerrar aún más el paso a las importaciones estadounidenses —energía incluida—justo cuando Europa ya ha encarecido su precio al romper con Rusia.
Y, Si el delirio se intensificara, entraríamos en la guerra fría financiera: ventas coordinadas de deuda pública estadounidense o, en el caso extremo, obstáculos en las operaciones bancarias internacionales. Medidas como ésta no son bisturíes: son granadas. Estados Unidos pagaría más para financiarse; Europa podría desencadenar el pánico si se obstaculiza su acceso al dólar, especialmente con pasivos bancarios denominados en esa moneda.
La conclusión es sencilla: Las guerras económicas castigan a quienes las declaran y a quienes las sufren. Trump perjudica a las familias y empresas estadounidenses con sus aranceles; Europa haría lo mismo con los europeos si responde aumentando el precio (o cortando el acceso) a bienes, servicios y finanzas. O se impone la racionalidad o el coste lo pagarán ambas partes. Y, como siempre, pagará la población, no los políticos que juegan a la geoestrategia con el bolsillo ajeno.
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