Hidrógeno verde, el milagro que no hace milagros
El hidrógeno verde se ideó en sesudos despachos para convertirse en la gran sensación de la transición energética: limpio, abundante y llamado a borrar la mácula del pecado original del CO₂ manzana podrida colgada de las chimeneas del viejo paraíso de la empresa pesada. El entusiasmo fue tal que en 2020 se anunciaron más de 1.500 millones de euros en ayudas públicas para iniciar el proceso. Seis años después, el panorama verde pinta tonos grises: las calculadoras echan humo (no se sabe si contaminante) porque no salen las cuentas.
[–>[–>[–>El problema no es tecnológico, sino básicamente terrenal: el precio. Producir hidrógeno verde exige disponer de mucha electricidad barata. Tanto que el consejero delegado de Repsol, Josu Jon Imaz, un expolítico de puerta giratoria, ha reconocido que solo será competitivo cuando la electricidad cueste entre 10 y 15 euros el megavatio hora. Hoy ronda los 65. Con esos números, el negocio quiebra. Mientras tanto, las empresas ajustan expectativas o aguardan tiempos mejores, que solo llegarían con una facturación eléctrica más amable.
[–> [–>[–>¿Se trata entonces de un bluf, de un delirio, una quimera? Se antoja más bien una promesa impaciente. El hidrógeno verde llegará, pues muchos expertos lo consideran imprescindible a largo plazo. Pero hoy, con costes de producción hasta el doble o el triple que las alternativas fósiles, la pregunta es legítima: más que una revolución inmediata, ¿no estaremos ante una promesa adelantada a su tiempo? ¿El milagro incapaz de hacer milagros?
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