Infantilización de la política
Dicen que en Moncloa hay un nuevo asesor de imagen. Utilizando la jerga actual, un «spin doctor» (moldeador de la opinión pública) o «puppet master» (maestro de marionetas). Algunos síntomas recientes así lo indican. Hemos visto al presidente del Gobierno vestirse con la camiseta de la selección nacional de fútbol para informar sobre el paro. Le hemos visto intentar conducir un coche de Mario Kart, construido con piezas de Lego, en su sorprendente visita al museo del videojuego. Le hemos visto encendiendo una vela de incienso en la intimidad de su despacho y exhibir su objeto más preciado: una botella con mensaje de un niño gazatí, que no sabemos cómo habrá llegado hasta La Moncloa.
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En la red social TikTok, habitualmente los fines de semana, el presidente suele ejercer de prescriptor cultural. Ha recomendado libros de David Uclés, Javier Cercas o Rosa Montero y discos de grupos sobre los que debo confesar mi ignorancia, salvo Extremoduro y Burning. También es frecuente que nos comparta sus esforzadas rutas en bicicleta, demostración de su envidiable buena salud. En suma, que nos muestra una cara más humana a través de sus actividades más lúdicas y menos solemnes.
[–> [–>[–>No es Pedro Sánchez el único líder al que le gusta juguetear con su imagen. El campeón de este ansia exhibicionista es Donald Trump, capaz de presentarse en una rueda de prensa bailando, ataviado siempre con una gorra beisbolera, que utiliza incluso como medio para transmitir mensajes políticos. Tan popular es la gorra que se ha convertido en el producto estrella de la Trump store, donde se vende el merchandising generado por el presidente.
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En el manejo de las redes, es Trump también el verdadero maestro. Hasta tiene su propia red social. Ya se sabe que a los políticos no les gusta que nadie se interponga entre ellos y el pueblo. No ha tenido ningún pudor en llamarla Truth (Verdad). Sin ir más lejos, esta misma semana, a través de ella, ha contestado a las peticiones de paz de «Pope Leo», al que llama «débil», por «su actitud ante el crimen y ante las armas nucleares».
[–>[–>[–>Siempre a la última, el presidente norteamericano se ha convertido en un experto en el manejo de la Inteligencia Artificial. Su respuesta al Papa la acompañó el presidente de una imagen de IA en la que un angelical Trump aparece caracterizado como Jesucristo, imponiendo sus manos a un enfermo, con un fondo repleto de barras y estrellas, águilas imperiales y aviones de combate.
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No sé si los propios políticos son los que han frivolizado la forma de hacer política o es todo consecuencia de la banalización del mundo impuesta por las redes sociales. Parece que la política fuera un entretenimiento, un juego, una manera de enredar -nunca mejor dicho-, en la que todo tiene que ser lúdico, divertido. Claro, que no sé qué da más miedo, si estos políticos aparentemente enrollados -por utilizar lenguaje viejuno-, o los mandatarios más circunspectos que no se prestan al espectáculo, tipo Putin, Netanyahu o los mismísimos ayatolás.
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[–>Tal vez uno se haya quedado trasnochado y esta sea la estrategia correcta para acercarse a la sociedad actual. Puede que los políticos de hoy se hayan humanizado y se relacionen mejor con los ciudadanos de lo que lo hacían los de épocas pasadas. Me permito dudarlo. No parece que los jóvenes -al menos, los que tengo cerca- vean con simpatía estos intentos de acercamiento de los mandatarios. Es más, no hay nada que consideren más ridículo que a un cincuentón o un setentón intentando imitarles. Resulta tan irrisorio como cuando hacemos el mono y tratamos de hablar a los bebés en su supuesto idioma: «cuchi cuchi», «ñam, ñam», «bua, bua».
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Hubo un tiempo, no sé si mejor, en que a los ciudadanos se les trataba como adultos. O al menos así nos parecía. Los jóvenes de hoy no se merecen que se les trate de camelar con eslóganes huecos y poses para Instagram. Saben muy bien distinguir la verdad de la mentira. Conocen mejor que nadie los trucos de las redes sociales. A ellos les vamos a enseñar cómo funcionan los «reels» o las «TikTok stories». Eso sí, luego esos mismos políticos se quejan de lo perniciosas que son las redes y pretenden prohibirlas, cuando son ellos los primeros en alimentarlas.
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