Irán y el apagón de la conciencia
Irán no es un titular. Es una tragedia en tiempo real. Y cuando un Estado empieza a temer a sus ciudadanos, lo primero que apaga no es el incendio: apaga la luz.
[–>[–>[–>En los últimos días, la represión ha alcanzado una escala que cuesta describir sin que parezca hipérbole. La organización de derechos humanos HRANA estima en más de 3.000 los muertos desde que comenzaron las protestas el 28 de diciembre de 2025 —con la mayoría identificados como manifestantes— y en más de 22.000 los detenidos. Teherán, por su parte, ha ofrecido cifras distintas y ha atribuido las muertes a «terroristas». En un país que restringe el acceso y controla el flujo informativo, esos recuentos no pueden verificarse de forma independiente en tiempo real. Precisamente por eso, el corte de conectividad documentado por Reuters y NetBlocks durante el estallido no es un detalle técnico: es una decisión política. Reduce la prueba, enfría el relato y dificulta la rendición de cuentas.
[–> [–>[–>Es tentador contar Irán como un cuento lineal: antes, modernidad; después, oscuridad. La historia, sin embargo, es más incómoda —y por eso más útil—. Bajo los Pahlaví, Irán se occidentalizó con prisa: modernización, élites urbanas, estética de progreso. Hubo también censura, policía política y una modernización impuesta desde arriba. No era una democracia liberal; era un Estado autoritario que confundió reformas con obediencia. Cuando colapsó, no fue por conquista extranjera: fue por implosión interna.
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El punto decisivo —y a menudo mal contado— es este: 1979 no fue «la llegada del Islam» a Irán, sino la conversión de lo religioso en arquitectura de poder. La revolución popular terminó cristalizando en un Estado diseñado para que la soberanía popular nunca sea plenamente soberana: Constitución, veto clerical, tribunales, fuerzas de seguridad. La brutalidad no es un accidente; forma parte del mecanismo.
[–>[–>[–>A esa ingeniería se le añadió una narrativa histórica que el régimen explota con eficacia. En la memoria iraní, 1953 –el golpe contra Mosaddegh, con participación estadounidense y británica– funciona como herida fundacional: la prueba de que la democracia era tolerable solo si obedecía. No explica por sí sola la teocracia, pero sí explica su propaganda: convierte cualquier protesta en «conspiración», cualquier disidente en «agente». Cuando un régimen deja de discutir con sus ciudadanos y empieza a acusarlos de ser instrumentos, ya no gobierna: ocupa.
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Pero si uno quiere comprender por qué el país arde hoy, debe mirar menos catecismo y más vida cotidiana. Alguien cercano que ha viajado recientemente me describía un país agotado. No agotado por la teología, sino por lo básico: el precio del pan, el valor de la moneda, la imposibilidad de reponer mercancía. «Los bazares no venden —me decía— y si venden no pueden reponer stock por la inflación». En un país donde el bazar es más que un mercado, esa frase suena a diagnóstico nacional.
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[–>Los datos acompañan. El FMI sitúa la inflación iraní en torno al 41,6% (World Economic Outlook, octubre de 2025), una cifra que pulveriza ahorros, descompone salarios y transforma el día a día en táctica defensiva. A esto se suma un factor que en Europa se subestima: la presión migratoria afgana. ACNUR documenta alrededor de 773.000 refugiados registrados (principalmente afganos) y estima varios millones de afganos no documentados en el país. Sanciones, aislamiento financiero e inflación no crean por sí solos una dictadura, pero erosionan el contrato social y multiplican el resentimiento: la gente puede sobrevivir un tiempo sin libertad; lo que no perdona es la sensación de que el futuro ha sido confiscado.
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En ese mismo relato hay un detalle que vale más que cien informes: el civismo cotidiano. Me contaron una costumbre local del bazar –quizá una norma no escrita en ciertos sectores– que funciona como ritual de solidaridad entre comerciantes: cada tienda deja un taburete fuera; si vende algo, lo mete dentro. Si llega otro cliente, lo envía a la tienda de enfrente para que también venda. Solo cuando todos han vendido algo «pueden seguir vendiendo». No lo presento como folclore exportable ni como estadística nacional; lo presento como una escena real que revela algo esencial: una sociedad capaz de gestos comunitarios mientras el Estado sustituye legitimidad por coerción.
[–>[–>[–>Esa es la paradoja iraní contemporánea: un pueblo con vida social, cultura y orgullo nacional, atrapado en un sistema cuya obsesión es controlar. Controlar la disidencia, controlar el relato, controlar incluso el cuerpo. El velo, aquí, no es un debate folclórico: es un termómetro político. Fue símbolo operativo de la rebelión de hace unos años y vuelve a aparecer como parte de la misma disputa: quién manda sobre el cuerpo y, por extensión, sobre la vida. La ley exige cobertura en espacios públicos; la calle, cada vez más, responde con desobediencia cotidiana. Quien ha viajado recientemente lo describe con una naturalidad inquietante: «muchas mujeres no lo llevan». Ese gesto, precisamente por ser cotidiano, es más subversivo que una consigna. No pretende convencer al régimen; pretende ignorarlo.
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Cuando un régimen se agota por dentro, busca oxígeno fuera: enemigos, frentes, «resistencia». Irán vive en un vecindario hostil y actúa como potencia asediada. Rivaliza con Arabia Saudí, mantiene una enemistad estructural con Israel y soporta presión constante de Estados Unidos y Europa. Ese entorno alimenta la lógica paranoica del poder: todo desacuerdo interno se convierte en complot externo. A su vez, Teherán busca profundidad estratégica apoyando actores armados aliados en la región –Hezbollah en el Líbano, los hutíes en Yemen– y, por interés geopolítico, también a Hamás pese a su carácter suní. No es teología; es contabilidad de utilidades.
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Hasta aquí, el horror verificable. Lo siguiente es el espejo moral. En muchas capitales occidentales y universidades hay multitudes movilizadas por Gaza, mientras Irán acumula miles de muertos y la calle global permanece comparativamente fría. No se trata de competir en dolor ni de jerarquizar víctimas; se trata de entender por qué la solidaridad se distribuye con una lógica que no siempre es ética.
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Gaza produce un flujo constante de imágenes; Irán, cuando se incendia, se vuelve opaco. Sin prueba, el ciclo mediático se enfría; y cuando el ciclo se enfría, la impunidad respira. A eso se suma un factor de narrativa e infraestructura: Israel/Palestina se ha convertido –para bien y para mal– en un marco identitario con décadas de organización, símbolos y consignas; tiene músculo, calendario, lenguaje común. Irán rompe guiones y exige pensamiento en lugar de reflejo: el opresor no es «Occidente», sino una teocracia que se define como antioccidental. Eso obliga a sostener dos ideas a la vez —solidaridad con palestinos y condena de un régimen regional que reprime a su propio pueblo— y hay quien prefiere la comodidad de lo binario.
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Y está el miedo. Un régimen que restringe dentro también intimida fuera. La diáspora sabe que un mensaje puede volverse contra familiares, y esa amenaza convierte la solidaridad en una decisión de riesgo, no en un gesto identitario. A esto se suma una sospecha comprensible: tras años de guerras «humanitarias» que acabaron en ruinas, mucha gente teme que denunciar al régimen iraní se convierta en coartada para una escalada. Ese temor, sin embargo, tiene un precio: deja a los iraníes atrapados entre dos cinismos, el de su Estado y el del mundo que duda en mirar.
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Mientras tanto, Teherán parece empeñado en un paso todavía más grave: convertir el apagón episódico en estructura. Según The Guardian, activistas digitales alertan de planes para desconectar de forma duradera a la población de internet global y confinarla a una «red nacional» filtrada, con acceso restringido a quienes el régimen considere «fiables». Es decir: no solo censurar lo que se dice, sino rediseñar el espacio en el que se puede pensar.
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¿Y qué puede salir de aquí? Conviene decirlo con frialdad: nada garantiza una transición ordenada. La oposición está fragmentada; el régimen vende el miedo a lo que viene para justificar el horror de lo que hay; y la geopolítica convierte a Irán en tablero. Aun así, hay un punto que ya no admite maquillaje: cuando un Estado necesita matar y ocultar para sostenerse, está confesando su debilidad. La fuerza bruta puede ganar semanas; raras veces compra legitimidad.
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Lo genuino –lo insoportable– es que Irán no está «en la Edad Media». Está en el siglo XXI, con vigilancia, propaganda y control de la infraestructura digital. Lo medieval es la pretensión de que el Estado puede poseer la conciencia del ciudadano. Y una sociedad que aún practica solidaridad elemental para sobrevivir no debería necesitar heroísmo para respirar libertad. Cuando un Estado apaga la luz, lo que teme no es el desorden: es la libertad.
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