Judas, el traidor
Disipados los aromas del incienso y calmadas las intensas emociones populares de la Semana Santa es buen momento para ocuparse del trasfondo: de las palabras y actitudes de algunas figuras de ese drama que se han convertido en arquetipos sempiternos. En aquella decisiva Pascua cristiana –o el paso de quien, habiendo salido de Dios, a Dios volvía– la figura central es indiscutiblemente Jesucristo: paradigma del inocente sin mácula. Judíos y romanos le hicieron a él lo que Atenas no hizo a su más famoso culpable / inocente, Sócrates. A este Mesías le escupen, golpean, ridiculizan y humillan (postrándose sarcásticamente ante él después de cubrirlo con un irrisorio manto de púrpura y una corona de espinas). Tras larga tortura y sudando espesas gotas de sangre, el crucificado clama: «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado».
[–>[–>[–>La segunda figura-símbolo de ese drama es Pilatos, cínico ambiguo, escéptico relativista, pero sobre todo «inventor» de la escenificación de auto-exculpación más genial de la historia humana: «lavarse las manos». Escribe San Mateo: «Entonces Pilatos… tomó agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo: inocente soy de la sangre de este justo. A lo que el pueblo responde: «su sangre sobre nosotros y nuestros hijos». Desvaría el pueblo con esa temeridad del que ignora la barbaridad que está diciendo y agravará aún más su desvarío pidiéndole a Pilatos que suelte a un asesino, Barrabás, pero sentencie a muerte al inocente perfecto: «crucifícale, crucifícale», le gritan. O sea, que el eje y motor de la política moderna, el pueblo, prefiere al asesino antes que al inocente. Aberración mil veces repetida en la historia. Incluso hoy: asesinos de ETA. Tampoco salen bien parados los oligarcas de turno, sumos sacerdotes, escribas y fariseos. Uno de ellos, Caifás, enuncia el dogma fundamental de toda tiranía: mejor que un hombre muera por el pueblo que perezca la nación entera. Idea que se ha aplicado a «esgaya» en el pasado y el presente.
[–> [–>[–>Evidentemente, el gran detonante de esta tragedia pascual es Judas Iscariote, traidor por antonomasia, el delator más famoso de la historia (más que Efialtes de Tesalia, Bruto, Fernando VII…), quien consuma su traición mediante un gesto de inigualable creatividad cínica: besar dulcemente al traicionado. Todas las generaciones han intentado encontrar explicación a esa insólita traición: vender al Hijo de Dios. Los Sinópticos la atribuyen al dinero. San Juan, el más hostil con Judas, lo tiene por ladrón: «como tenía la bolsa, se llevaba lo que le echaban en ella». Incluso lo califica de demonio («uno de vosotros es un diablo»). No fue el único en creer que Satanás había entrado en Judas, juguete en manos de poderes sobrehumanos. Otros atribuyen esa traición a la envidia. Otros a que era un nacionalista judío que esperaba la liberación de su pueblo, pero al ver que su Maestro no era un Mesías de restauración y revancha de Israel, lo entrega. Algunos consideran que esa traición no es más que un error de cálculo: Judas nunca pensó que aquello acabaría en crucifixión. Existen también hipótesis mucho más teológicas: Judas o el instrumento de cumplimiento del plan divino de salvación. Por esa vía caminaron De Quincey y Borges.
[–>[–>[–>
Por supuesto, una cosa así tiene consecuencias terribles. Mateo narra la desesperación de Judas: acorralado por remordimientos acude a los Sumos Sacerdotes para devolverles las malditas monedas de plata. «Pequé entregando sangre inocente», pero ellos reaccionan despectivamente, así que arroja las monedas al suelo y marcha a ahorcarse. Los Hechos de los Apóstoles lo describen más trágicamente: «Judas, tras comprar un campo con el dinero de su crimen, cayó de cabeza, reventó y se derramaron todas sus entrañas». Por eso a ese terreno se le llamó «Haqueldamá», es decir, campo de sangre.
[–>[–>[–>Sobre la historia de Judas existen, además, infinitas hipótesis heterodoxas, aventuradas o heréticas. Constan en los «Apócrifos», el «Evangelio de los Doce o de los Ebionitas», el «Evangelio de los Hebreos», los «Hechos de Pedro», en los textos gnósticos de los Cainitas, etc. Contra esas interpretaciones llamativas escribieron importantes autores (Taciano en su «Diatessáron», Ireneo de Lyon, el Pseudo Tertuliano, Epifanio de Salamina, e incluso el Papa Ratzinger). Todos esos documentos / comentarios son bien apologéticos, bien fieramente inculpatorios. Entre los primeros destaca un texto casi desconocido: el «Evangelio de Judas», breve escrito gnóstico-herético que reproduce, supuestamente, conversaciones secretas entre Jesús y Judas. Según ese escrito, Judas no es el ser pérfido pintado por la tradición, sino el discípulo amado de Jesús, a quien «traiciona» por petición de Éste y siguiendo un plan trazado por Él para hacer posible la redención del género humano. Por tanto, feliz traición. Por su parte, quienes claman contra el traidor consideran que Judas forma, con Caín y Herodes, la triada maldita. En esta línea, Papías, Obispo de Hierápolis y padre apostólico, recoge tradiciones orales que describen el final terrible de ese «ejemplo de impiedad»: Judas llegó a hincharse de tal modo que no podía pasar por donde pasa un carro, ni siquiera cabía la mole de su cabeza; los párpados de sus ojos llegaron a hincharse tanto que no podía ver la luz; sus partes vergonzosas echaban pus y gusanos; y después de castigos y tormentos murió en un lugar de su propiedad que quedó desierto y despoblado a causa del mal olor, tan enorme era la putrefacción que derrochaba su carne.
[–>[–>[–>
Sea como fuese, el punto final de esta historia lo había puesto ya el mismo Jesucristo, quien dijo de Judas la frase más terrible que pueda decirse de un ser humano, y probablemente la más dura de toda la Biblia: «Más le valdría no haber nacido». Por si eso fuera poco, a las piadosas mujeres que lloran viéndole arrastrarse hacia el Gólgata / Calvario les dice: no lloréis por mí, llorad por vuestros hijos, pues vendrán días en los que se dirá «dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron». Una profecía, quizá, sobre nuestro tiempo: con Judas peores que Judas Iscariote, como Hitler, Stalin, Mao, o monstruos semejantes.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí