JUEGO DE SERIES | ¿Qué tienen en común «The Pitt», «The Bear» y «Separación»?
¿Qué tienen en común The Pitt, The Bear y Separación? Las tres han sido las series del momento mientras se estuvieron emitiendo, cada una en plataformas distintas y con contenidos muy diferenciados. Pero bajo esa superficie, en los ojos de sus protagonistas, aparece una misma sombra: la del colapso laboral. Entre ellas, bien podrían formar parte de una misma trilogía no declarada: la del quemado, burnout en inglés. Una radiografía de un mal silencioso que va erosionando la vida contemporánea sin hacer demasiado ruido. Gente que acaba consumida por su trabajo, incapaz de sostener el ritmo de una presión constante que nunca termina.
[–>[–>[–>Desde el principio de The Pitt sabíamos que el personaje del doctor Robbie (Noah Wyle) tenía grietas, aunque la serie solo nos las mostraba veladamente, como un rastro de migas de pan que iban reconstruyendo el camino que le ha llevado hasta ahí. A ojos de su equipo médico, sigue siendo un referente, una figura de liderazgo en los momentos de mayor tensión que sabe tomar decisiones.
[–> [–>[–>La segunda temporada, recién finalizada en HBO Max, nos situaba además ante una cuenta atrás implícita: ese día, al terminar su turno (cada episodio de la serie transcurre en tiempo real durante una hora de guardia en Urgencias de un hospital de Pittsburg), Robbie iniciaría un periodo sabático para recorrer el país en moto. Para más señas es el 4 de julio, la fiesta nacional de Estados Unidos. Un día plagado de celebraciones y, por tanto, de accidentes que saturan las urgencias. En la temporada anterior, ya vimos que Robbie tenía problemas y ahora esta parece que es la solución por la que ha optado. La crisis del COVID ya le dejó tocado, marcado por la impotencia de no poder responder a lo que tenía delante. La sucesión de crisis encadenadas en cada nueva guardia, con sucesiones de momentos de caos han ido haciendo el resto.
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En la primera temporada, una de esas crisis fue un tiroteo. En esta segunda, un ciberataque que obliga al hospital a funcionar sin sistemas informáticos, como si retrocediera décadas en el tiempo, y a asumir al resto de pacientes de urgencias de otros centros que han quedado inutilizadas por la emergencia. Sin red, sin soporte digital, con un equipo en el que conviven profesionales veteranos y médicos jóvenes formados ya en otra lógica.
[–>[–>[–>Ya dijimos que The Pitt siempre ha puesto el foco en otra cosa: el factor humano. En cómo la resistencia del equipo permite sostener un sistema al borde del colapso. En ese sentido, la serie conecta con una forma de televisión que parecía haber quedado atrás: el drama médico de estructura episódica, donde los casos se abren y se cierran, pero dejan huellas acumulativas. Cada paciente desaparece, pero algo queda. Dos muertes especialmente duras y la obligación de tener que comunicar a un amigo un diagnóstico de cáncer funcionan como puntos de inflexión para Robbie.
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A partir de ahí, el personaje empieza a mostrar síntomas que su entorno ya no puede ignorar. Se vuelve más rígido. Más intransigente. Menos capaz de tolerar el error, hasta el punto de reducir el grado de empatía hacia los miembros de equipo. No porque sea un jefe especialmente duro, sino porque empieza a actuar como si cada fallo del personal fuera también suyo. Como si el sistema solo pudiera sostenerse a través de él. Y desde ahí, la desconexión se vuelve imposible. El final de temporada, con Robbie abrazando a un bebé abandonado en Urgencias, queda suspendido entre dos lecturas: la posibilidad de un alivio o la confirmación de un bloqueo. Tampoco es un final desesperante, porque los más jóvenes acuden a un karaoke a desintoxicarse de la rutina y a divertirse.
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La comparación con The Bear (Disney) es inevitable. Otra serie, otro entorno, el mismo patrón. Aquí el desgaste se traslada a los fogones de un restaurante de lujo, donde la presión no es médica, sino creativa y operativa. El tiempo es otro, pero la exigencia es la misma: no fallar, no detenerse, no bajar el ritmo. El trauma personal de Carmy Berzatto (Jeremy Allen White), unido a una cultura culinaria marcada por la excelencia extrema y la toxicidad heredada, construye la idea de que el éxito en su campo profesional y la estabilidad emocional son, en el fondo, incompatibles. Parecen caminos que no se cruzan.
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En Separación (Apple TV), el planteamiento es aún más radical. Mark Scout (Adam Scott) encarna la solución extrema al burnout: dejar de ser una sola persona. La división entre vida laboral y personal se convierte aquí en una separación literal de la conciencia. Dos identidades que no se conocen entre sí, diseñadas para evitar el sufrimiento por el estrés fuera del trabajo. Pero la serie convierte esa premisa en una pregunta incómoda: qué ocurre cuando la desconexión no elimina el problema, sino que lo institucionaliza. El trabajo deja de ser un contexto y se convierte en una forma de existencia autónoma.
[–>[–>[–>En las tres series, el trabajo deja de ser un escenario para convertirse en una forma de encierro. No siempre visible, pero constante. No siempre explícito, pero estructural. Las tres siguen además en emisión, lo que hace que cualquier lectura sea provisional. Pero precisamente ahí reside parte de su interés: no en lo que concluyen, sino en lo que están poniendo en juego. Quizá todavía sea pronto para saber hacia dónde van. Pero no para reconocer lo que están contando.
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