La cultura no es solo un arma política
Un crítico español, a la vuelta del Festival de Berlín, se quejaba de que apenas había podido escribir de cine. Responsabilizaba al presidente del jurado, Win Wenders, al encender una polémica que atrajo toda la atención y contaminó el certamen. El director de «París Texas», probablemente siguiendo instrucciones de la dirección del festival, aseguró que no condenaría la matanza de Israel en Gaza, porque «el cine debe mantenerse al margen de la política».
[–>[–>[–>Esas palabras motivaron que la gran escritora y activista india Arundathi Roy cancelara su participación. La directora de la Berlinale, Tricia Tuttle a la cabeza, respaldó a Wenders asegurando que nadie debe obligar a nadie a opinar de nada. La respuesta fue una carta firmada por más de 80 profesionales del cine, entre ellos Javier Bardem y Tilda Swinton, en la que criticaban la doble vara de medir de la Berlinale y denunciaban que se había pedido a los participantes no hablar del genocido en Gaza.
[–> [–>[–>Hay que tener en cuenta que el festival prohibió, en la anterior edición, el acceso a la inauguración de diputados de extrema derecha y que en 2003 proyectó un vídeo de Volodimir Zelenski, en el que el líder ucraniano afirmaba que «el cine no puede cambiar el mundo, pero sí inspirar a gente para que lo cambie». Cuando menos, el festival ha sido incongruente al limitar las opiniones sobre Gaza.
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No podemos olvidar que Alemania es un país que aún sigue traumatizado por el Holocausto, que las muchas compensaciones económicas que tuvo que pagar por el genocidio judío no han sido suficientes para lavar su conciencia. Baste como muestra que estamos probablemente ante el único país del mundo en el que la frase «desde el río hasta el mar», usada como apoyo a la causa palestina, ha sido considerada por los tribunales constitutiva de delito, ya que lleva implícita la desaparición del Estado de Israel.
[–>[–>[–>El debate sobre el uso del arte como arma política es tan antiguo como el propio arte. Nadie puede negar que toda creación es política, desde el momento que está hecha para compartir con el resto de ciudadanos. Pero también hay que reconocer que no toda película, canción o libro ha de ser necesariamente de combate, munición para la lucha política. No todas las películas pueden ser como las de Leni Riefensthal, Serguéi Eisenstein o Michael Moore, ni las canciones como las de Quilapayún, ni los libros como los de Michel Houellebecq.
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Parece injusto, cuando no indignante, que se tache de facha y censor a un tipo como Wenders, autor de películas tan revolucionarias como «Perfect Days», la historia de un hombre capaz de encontrar la felicidad en una vida sencilla como limpiador de retretes públicos de Tokyo. Quiero pensar que las palabras que despertaron la ira solo son el fruto de un error al expresarse.
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[–>Bien es verdad que vivimos un tiempo en el que resulta difícil abstraerse de los dramas de la actualidad. Y buena parte de la responsabilidad de que eso sea así recae sobre los despropósitos de un presidente Trump, a quien le dan igual legitimidades y status quo que ha costado mucho conseguir. No es de extrañar que Bruce Springsteen componga una canción titulada «Streets of Minneapolis», que el grupo irlandés U2 lance el álbum «American Obituary» o que Bad Bunny intérprete un manifiesto antitrumpista en la Super Bowl.
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Pasado mañana, se celebrará en Barcelona la entrega de los premios Goya. Seguro que nuestros artistas prestarán su voz a quienes no la tienen: las víctimas de Gaza, de Trump o de la extrema derecha. Bien está, pero si convertimos, año tras año, la ceremonia en un mitin que acaba enterrando entre reivindicaciones –siempre en el mismo sentido, por cierto– el trabajo de nuestros artistas, le haremos un flaco favor a nuestro cine. Con el exceso de reivindicación ocurre lo mismo que con el exceso de información, que acaba consiguiendo el efecto contrario al perseguido.
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