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La investigadora asturiana que monitoriza desde Madeira la basura marina y los riesgos invisibles del plástico en el mar: “Falta conciencia”

La investigadora asturiana que monitoriza desde Madeira la basura marina y los riesgos invisibles del plástico en el mar: “Falta conciencia”
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  • Publishednoviembre 30, 2025



La casualidad decidió el destino y la estancia de seis meses se ha prolongado ya por trece años. Soledad Álvarez Suárez (Gijón, 1986), emigrante de familia de emigrantes, hija de un lensense y una allerana que cambiaron Gijón por Castellón, se había licenciado en Ciencias Ambientales en la Universidad de Valencia y solicitado una beca Leonardo da Vinci imaginando que tendría que refugiarse en Alemania, Noruega o «algún destino del norte de Europa» de esos que estaban tan «de moda» en 2012, pero le tocó a ella en primavera eterna de Madeira.

Había una plaza para realizar unas prácticas durante medio año en un parque ecológico del Ayuntamiento de Funchal, capital de la isla, y aceptó la oportunidad de conocer más sobre la zona de nidificación de la pardela paloma (puffinus puffinus).“un ave marina pelágica que sólo llega a tierra para anidar y pone un solo huevo al año”. Le gustaba el trabajo y el lugar y cuando se le acabó la beca quiso seguir intentándolo. Encadenó ese proyecto iniciático con otros hasta que esos seis meses se convirtieron, de momento, en estos trece años que lleva mirando al mar desde “la perla del Atlántico”…

Mirándolo con ojos expertos, formados y avezados, porque desde 2016, sin plan ni guión, la hija de un marino mercante ha acabado colaborando en toda su extensión en el cuidado de los mares, trabajando como técnica de investigación en el Centro de Ciencias Marinas y Ambientales (MARE-Madeira), ahora en un proyecto que monitorea los impactos de la basura marina. Se ocupan, entre otras cosas, del control de los niveles de plásticos y microplásticos, de modo que La ecologista gijonesa tiene un asiento en primera fila para calibrar las dimensiones que está adquiriendo un problema a veces invisible sobre el que, dirá su frase, falta “más conciencia”.

Su contribución a la labor de “monitorización” del plástico que llega a las playas le da una base para evaluar esta contaminación que las corrientes marinas arrastran a todas partes y que cada vez ha reunido evidencia científica de sus riesgos para la salud y los ecosistemas. “Hay estudios que han demostrado que hay microplásticos en los pulmones, en las heces, y que incluso se transfieren al feto a través de la placenta”.

También traen consigo el problema añadido de “los químicos asociados a ellos en la superficie”, componentes del plástico, entre otros metales pesados, que son capaces de operar “como disruptores endocrinos, modificando la segregación de nuestras hormonas y alterando el buen funcionamiento del organismo”, advierte Álvarez. Hay mucha investigación pendiente sobre el impacto del plástico y los contaminantes emergentes en la salud y los ecosistemas marinos, pero hasta ahora “lo que sabemos seguro es que hay mucha basura en los mares”, explica Soledad, y que el plástico “está en nuestro cuerpo y lo respiramos, lo ingerimos…” También que “al año se producen millones y millones de toneladas de plástico” y que “no se deshace y se queda ahí para siempre…”

En su trabajo de campo, el plástico se puede observar en presentaciones muy variadas, ninguna de las cuales es inocua: desde las bolas de materia prima como las que generaron la “marea blanca” en Galicia y Asturias a principios de 2024 hasta “fragmentos de plásticos de mayor tamaño que se degradan con la acción del mar, el viento o el sol hasta volverse diminutos” o incluso “fibras de ropa”. La ropa sintética es plástico”, apunta, “y cada vez que la lavamos en la lavadora suelta millones de fibras que van directamente al mar, porque son tan finas que no se recuperan en las depuradoras de aguas residuales”. Es cierto que hay investigaciones sobre bacterias que son capaces de “comer” plástico, pero la solución puede no ser tanto, aventura el investigador, como “no producir tanto plástico”.

Soledad Álvarez recoge residuos en una playa de Madeira. MARE-Madeira


Mientras tanto, en la muy turística isla de Madeira, especialmente saturada de visitantes desde que se vendió como “destino seguro” tras la pandemia, Soledad Álvarez colabora en trabajos de campo y procesamiento de datos para proyectos de investigación del MARE sobre la contaminación de los océanos. El centro está asociado a la Universidad de Madeira e integrado en ARDITI, entidad público-privada que gestiona varias unidades de investigación en todo el país.

La ubicación tiene sentido. Ayuda que Madeira sea una isla y que debido a su origen volcánico es posible encontrar grandes profundidades muy cerca de la costa. “Es como un laboratorio flotante”, resume el ambientalista asturiano. Vivir aquí, además, se ha vuelto más complicado desde que el boom turístico pospandemia ha empezado a desbordar algunas zonas y crear problemas de vivienda, pero «el clima es espectacular», «la gastronomía es muy parecida» a la de España y «las distancias son muy cortas».

«Todo está cerca» en esta isla de aproximadamente 250.000 habitantes, señala Álvarez, y el aeropuerto de Funchal –ahora «Cristiano Ronaldo»–, que en su día fue clasificado como uno de los más peligrosos del mundo, no da tanto miedo desde que su pista construida en terrenos ganados al mar fue ampliada de ochocientos a más de 2.000 metros. “Sí tenemos un problema cuando hay viento cruzado, algo que es relativamente común aquí y que impide que los aviones despeguen o aterricen”.

El aeropuerto es importante cuando vives en una isla y tienes a tu familia lejos. Soledad apenas tiene recuerdos de su vida en Asturias, porque sus padres se mudaron a Castellón cuando ella sólo tenía tres años, pero el rabillo del ojo no abandona el Principado. Repite que “tengo muy presente Asturias”en Castellón aprendió a tocar la gaita en el Centro Asturiano, del que su padre es director, y ya trajo a Eduardo, su único hijo de ocho meses que «ya es asturiano».



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