La llamada desde Budapest
El martes, en un mitin celebrado en Budapest, el vicepresidente de EE UU, JD Vance, sacó su móvil y marcó el número de Donald Trump. Quería regalarle a Viktor Orbán el espaldarazo definitivo: la voz del hombre más poderoso del mundo bendiciendo en directo su posible quinto mandato consecutivo. Cinco mil húngaros contenían el aliento. Del altavoz salió una grabación automática: «El buzón de voz del número al que llama no ha sido configurado». Silencio. Vance sonrió, tragó saliva y dijo: «Intentémoslo otra vez». Al segundo intento, Trump descolgó.
[–>[–>[–>Pero la imagen ya estaba hecha. Y las metáforas, cuando son buenas, no necesitan explicación.
[–> [–>[–>Hungría vota mañana. Y lo que se decide en las urnas de un país de diez millones de habitantes importa más allá del Danubio. Viktor Orbán lleva 16 años construyendo lo que él bautizó como «democracia iliberal». Un sistema donde se vota pero no se delibera, donde hay parlamento pero no contrapesos, donde hay prensa pero no libertad de prensa.
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Orbán no fue siempre así. En junio de 1989, con 25 años, subió a un estrado en la plaza de los Héroes y exigió ante doscientas cincuenta mil personas la retirada de las tropas soviéticas y elecciones libres. Había setenta mil soldados rusos en suelo húngaro. Siete minutos de discurso insolente lo convirtieron en el líder de una generación que enterraba el comunismo. Aquel joven que estudió con una beca de George Soros lo acusa hoy de conspirar contra Hungría. Mantiene una relación de complicidad con Putin y persigue al periodista que levanta la alfombra de esa fraternidad. Las derivas del poder no son un accidente: son una elección diaria que se hace en silencio hasta que un día ya no se reconoce al que empezó.
[–>[–>[–>Su gobierno presentó cargos contra Szabolcs Panyi por revelar que el ministro de Exteriores húngaro informaba al ruso sobre lo que se debatía en los consejos de la UE. En la Hungría de Orbán, espía no es quien traiciona al país, sino quien lo cuenta.
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El rival que puede cambiar esto es cuña de la misma madera. Se llama Péter Magyar. Abogado, conservador, exmiembro de Fidesz, el partido de Orbán. Exmarido de una ministra. Conoce la cocina por dentro. Dimitió de sus cargos escandalizado por el indulto presidencial a un cómplice de abusos sexuales a menores. La presidenta cayó. La ministra cayó. Magyar fundó el partido Tisza y hoy las encuestas le dan una ventaja clara sobre Fidesz. Es la primera vez en 16 años que alguien amenaza de verdad el poder de Orbán.
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[–>Para Europa, lo que ocurra mañana no es un tema menor. Orbán ha vetado más decisiones que nadie en la historia de la Unión. Bloqueó paquetes de ayuda a Ucrania. Mantuvo la dependencia húngara del petróleo y el gas rusos, mientras el resto de Europa pagaba el precio de la libertad. Y lleva años erosionando el estado de derecho y desafiando las reglas comunitarias.
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Todo eso puede terminar este domingo. O no. Porque las elecciones húngaras no son unas elecciones normales: el sistema electoral está diseñado para que Fidesz pueda ganar la mayoría parlamentaria sin ganar la votación popular. Magyar necesita algo más que ganar. Necesita arrasar. Vance viajó a Budapest para evitarlo. Se implicó en la campaña de Orbán de una forma impropia de un vicepresidente norteamericano, rompiendo los usos diplomáticos más elementales. Acusó a la Unión Europea de interferir en las elecciones húngaras, mientras él hacía lo propio. Y cuando quiso invocar la voz de su jefe para sellar la operación, salió el contestador automático.
[–>[–>[–>Hay algo shakespeariano en esa escena. El criado que cruza medio mundo para demostrar que su señor respalda al vasallo, y el señor que no coge el teléfono. Quizá estaba ocupado con Irán. O simplemente no le importaba tanto. Los autócratas, cuando huelen la derrota ajena, suelen soltar la mano.
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El ambiente en Budapest es de mucha tensión. Los húngaros con los que hablo son conscientes de que están decidiendo si Europa recupera un país secuestrado desde dentro o si la democracia iliberal de Orbán sobrevive otros cuatro años. Lo que no podrán alegar es falta de señales. Ni siquiera las de un buzón de voz.
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