La novela de los hidrocarburos
Publicada por primera vez en 1992, diecisiete años después del asesinato de su autor, «Petróleo» es la obra póstuma más estudiada de Pier Paolo Pasolini (1922-1975), y a estas alturas, cumplido ya medio siglo de la muerte del escritor y cineasta boloñés, quizá también la más célebre de toda su producción. Objeto hasta ahora de cuatro ediciones en Italia, la última de las cuales toma como base Miguel Ángel Cuevas para traducir de nuevo el texto al castellano, la novela presenta una morfología deliberadamente inacabada, fragmentaria y dispersa, imputable casi por entero a la refutación de los códigos líricos y narrativos que se consuma en la etapa final (casi diríamos terminal) de la multiforme creación pasoliniana: en el poemario «Transhumanar y organizar» (1971), en «La Divina Mímesis» (1975), su reescritura en prosa del «Infierno» de Dante, y en la película «Salò o los 120 días de Sodoma» (1975), las dos últimas ya dadas a conocer post mortem. Es su apuesta, llevada al límite (repulsión), por un producto de imposible digestión consumista.
[–>[–>[–>Paralelamente, a «Petróleo» se le ha llegado a otorgar con los años un papel decisivo en el nunca bien esclarecido asesinato del escritor, la noche del 1 al 2 de noviembre de 1975. Y más desde que Marcello Dell’Utri, aliado de Berlusconi y condenado por asociación mafiosa, anunciara en 2010 la recuperación de un fragmento del libro, «Vislumbres sobre el ENI» (el Apunte 21 en esta edición), en el que PPP daría cuenta de los pormenores del complot para matar a Enrico Mattei, presidente del Ente Nazionale Idrocarburi (ENI), a bordo de un avión, en 1962. (Y, sobremanera, del papel que habría tenido en la conjura Eugenio Cefis, quien le sucedió en la petrolera, y más tarde sumó a su plutocrático currículo la presidencia de la química estatal Montedison y la dirección de la siniestra logia masónica P2.) El apunte no tiene texto, solo título, y la prima de Pasolini, Graziella Chiarcossi, coautora de la primera edición de la novela y albacea del manuscrito, se apresuró a negar que hubiera sido nunca escrito. Sin embargo, sigue siendo un misterio por qué en el Apunte 22a, cuatro páginas más adelante, el autor invita al lector a retroceder hasta el Apunte 21 si quiere «refrescarse la memoria». Según Dell’Utri, que afirmaba haberlo leído, el mítico «Lampi sull’ENI» fue robado del propio estudio de trabajo del novelista, en su piso de via Eufrate 9. Y, efectivamente, después de su muerte se registró un robo en la vivienda y los cacos, además de joyas, se llevaron también «papeles».
[–> [–>[–>Fueran fascistas o sicarios de la mafia, o sicarios de la mafia pagados por fascistas, lo único seguro es que Pino Pelosi, el amante de Pasolini aquella noche, no actuó solo. Se ha dicho que el escritor acudió al Idroscalo de Ostia para recuperar unas bobinas con material de «Salò» que le habían sido robadas en Cinecittà. Ahí está el cebo; pero la paliza, la tremenda paliza que le causa la muerte, no se la da Pelosi, se la dan otros. ¿Quiénes? No se sabe con exactitud. ¿Por orden de quién? Se supone. ¿Por qué? Eso sí está claro. Lo resumió lapidaria y católicamente Giulio Andreotti: «Se lo estaba buscando». ¿Y cómo o con qué «se lo estaba buscando»? En «Petróleo», aunque nadie la haya encontrado aún, está probablemente la respuesta.
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Pero el libro, además de una dimensión política, tiene una dimensión obsesivamente literaria, de literatura en busca de, como decía antes, la creación incómoda, indigesta, delictiva, de imposible asimilación por el poder y el establishment cultural; y tiene también mucho de compendio de saberes y técnicas ya probadas, con un peso significativo de la escritura ensayística y del tratamiento y el guion cinematográficos; y es el diario de una inmersión, no ya en la convulsa Italia de los «años de plomo» y la esquilmación de los bienes públicos por una oligarquía político-empresarial-criminal, sino en los métodos y los abordajes narrativos capaces de plasmar por escrito ese gigantesco y repugnante atraco, del que se distrajo a los bienpensantes con la tristemente olvidada «estrategia de la tensión» y una difusión obscena de la cultura consumista, cuya denuncia, especialmente por su impacto en las clases campesinas y el lumpenproletariado, es un leitmotiv en toda la obra de PPP. De todo ello, también, va «Petróleo», la «novela» –a la que a veces, siguiendo la «Comedia», llama «poema»– que Pasolini presenta como el intento de «construir una forma», no «una historia»; y aclara: «Una forma consistente simplemente en ‘algo escrito’» (Apunte 37). Una forma consistente (o resultado de) la búsqueda (truncada, quimérica) de una forma.
[–>[–>[–>Se trataría, pues, de desplegar los materiales de una novela que su autor sólo ha querido concebir «in fieri» (haciéndose), mostrándolos en ese estado «borboteante», por oposición al relato «en ensartado» –más ligado a la identidad y el desarrollo del héroe-protagonista, según Viktor Shklovski–, para preservarlos de la amenaza de lo legible, lo discernible, lo asimilable; lo estable, en definitiva. De ahí proceden las metamorfosis tirésicas (de cambio de sexo, de hermafroditismo incluso) que experimenta su personaje central, Carlo Valletti, desdoblado en un Carlo político y un Carlo sexual, las dos pulsiones que alimentan toda la escritura pasoliniana; y, en mayor medida aún, la condición movediza de un texto inclasificable, deudor tanto de la mitografía como del periodismo de investigación, el ensayo, el poema en prosa y la novela realista. Sin género, o constituido a la vez por todos.
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Este verdadero work in progress, que no avanza nunca hacia el artefacto narrativo concluso más que para evocarlo, debería haber alcanzado, si su autor no hubiera muerto molido a golpes, el estado de «edición crítica de un texto inédito», con «cuatro o cinco manuscritos […] concordantes y discordantes» cuya comparación permitiría al lector ofrecer «una obra monumental, un ‘Satiricón’ moderno» (p. 699). Es comprensible que Pasolini recurra a Petronio y Dante, más que joyce ya libraa quienes rechaza expresamente por sus escritos (p. 698), porque quizás todavía se siente tentado por cierta idea de lo clásico o se percibe heredero de ella; pero tras la abjuración de la «Trilogía de la vida» («Il Corriere della Sera», junio de 1975), cuya propuesta erótico-vitalista fue consumida como pornografía, y concluido en esa fecha el rodaje de «Salò», su reverso, lo que le tienta, sobre todo, es el aspecto mítico que entraña el clásico (griego, indio, árabe) y, con ello, una mayor disponibilidad de recursos y significantes para mostrar, con tanta imaginación como propósito para denunciar, Desbordante e inconexo, el oscuro carrusel de la vida político-económica italiana. Por eso leer «Petróleo» es como seguir la cámara durante un larguísimo de viaje (obvio en el apartado titulado «El Merda», subtitulado «Visión») y por eso, además, su trabajo debe estar relacionado con el «cine de poesía» con el que PPP etiquetó su propio trabajo detrás de la cámara. Poema narrativo sustentado en la teoría y la práctica del poema visual, un guión crecido hasta convertirse en novela por una metástasis incontrolada, la estructura de «Petróleo» imita la composición por partes, incluso por acumulación de detalles (amplificada en detrimento de las líneas argumentales, que pasan a ser secundarias y se entrelazan libre y caóticamente), característica de los poemarios, en los que la intervención compositivo del lector lo exige un autor que se atreve a hablarle directamente, a apelar a su inteligencia y a su complicidad, pero no a mostrarle el camino, como hace el narrador de toda novela que se precie. El camino, en «Petróleo», debe ser abierto por cada lector, a veces a machetazos, a veces conteniendo el vómito, pero siempre siendo consciente de que lo que lee, por extraño o repulsivo que le parezca, cualquiera que sea su naturaleza o su estatus genérico, no podría haber sido escrito de otra manera.
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Petróleo.
Pier Paolo Pasolini
Traducción de Miguel Ángel Cuevas
Nórdica, 740 páginas 32,50 euros
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